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Puerto Rico no es Cuba, y no tiene por qué acostumbrarse a lo que en Cuba se volvió costumbre
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
Hace algo más de diez años salí de Cuba rumbo a Estados Unidos. Mi vuelo estaba programado para el mediodía, pero un retraso cambió el guion. Llegué de noche a Miami. Ese detalle, que para otros pudo ser un contratiempo, para mí significó un sueño cumplido. Siempre quise ver Estados Unidos por primera vez iluminado, brillante en la oscuridad.
Venía de un país hundido en apagones. En Cuba la oscuridad era rutina y la electricidad un privilegio intermitente. Pero al aterrizar en Miami descubrí otro mundo. La ciudad resplandecía como un eterno día. Sus avenidas, desde Hialeah hasta Pompano, estaban encendidas de principio a fin. Allí entendí que la luz no es solo un servicio: es un derecho, un símbolo de progreso, de seguridad y de respeto a la vida.
Hoy, después de dos años y medio en Puerto Rico, vuelvo a enfrentarme a esa herida: los apagones, las calles sin alumbrado, las avenidas convertidas en trampas de oscuridad. Y la pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que una isla con recursos, con capacidad técnica, con acceso a tecnología, viva en estas condiciones? ¿Cómo es posible que la empresa encargada de la energía, LUMA Energy, y quienes ostentan el poder político permitan que la penumbra se normalice?
No nos engañemos. La falta de iluminación no es un simple problema de infraestructura. Es abandono, negligencia y desinterés. Es violencia encubierta. Porque en la sombra los crímenes encuentran terreno fértil. Y mientras se multiplican las promesas incumplidas, la ciudadanía sigue pagando el precio: más inseguridad, más miedo, más vidas expuestas.
Puerto Rico no es Cuba, y no tiene por qué acostumbrarse a lo que en Cuba se volvió costumbre. Aquí no hablamos de imposibilidad técnica ni de escasez absoluta: hablamos de falta de compromiso. El país no puede resignarse a vivir entre tinieblas mientras el dinero se escurre en contratos opacos y discursos vacíos.
La oscuridad no puede ser norma. Cada calle mal alumbrada, cada apagón prolongado, cada poste sin bombilla es una muestra de desprecio hacia la gente. Y un pueblo que se acostumbra a la sombra corre el riesgo de perder la esperanza.
La exigencia es clara: luz en las calles, energía en los hogares, seguridad en la noche. No más excusas. Puerto Rico tiene todo para brillar, lo que falta es voluntad.

