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La historia explora la realidad dura del feminicidio y cómo afecta a esposas, hijos, familiares, amistades y vecinos
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
El Teatro Rodante de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, siempre nos tiene acostumbrados a un trabajo de excelencia. En esta ocasión presentan Marardiente, escrita por Jennifer Duprey y dirigida, de forma excelente, por Jacqueline Duprey; una obra que tuvo esta noche su gran estreno mundial. La pieza aborda de forma directa el feminicidio, la violencia machista y cómo el abuso afecta a las familias, a los hijos, a las amistades y a toda una comunidad.
Desde que comienza la obra, la ambientación nos coloca en un pueblo pequeño de Puerto Rico, en la época actual. Un gran arco de metal domina el escenario y, junto a los sonidos de coquíes, perros y murmullos de playa, se crea la sensación de estar dentro de una comunidad real. Todo se siente cercano. Todo se siente posible. Desde la sala, fue fácil sentir el peso emocional del ambiente antes incluso de que iniciara el primer diálogo.
La historia explora la realidad dura del feminicidio y cómo afecta a esposas, hijos, familiares, amistades y vecinos. Es una obra que muestra cómo la violencia no ocurre aislada, sino que toca a todo el mundo alrededor. El libreto está tan bien trabajado que fácilmente podría adaptarse al cine; es completo, claro y emocionalmente profundo.
Las actuaciones fueron espectaculares. Luisa, interpretada por Lara V. Ortiz Irizarry, y Miguel, interpretado por José E. Segarra Bravo, llevan el peso emocional de la historia con mucha verdad y credibilidad. Las transiciones de humor y los momentos de afecto de Segarra Bravo son excelentes. También se destacan Wilmylied López Hernández como Claudia, Camila I. Rodríguez Díaz como Doris y Emilio García Canetti como Landi, todos con momentos poderosos que ayudan a construir el ambiente de pueblo y de conflicto interno.
Un detalle muy especial fue la participación de Geraldine N. Millán Rodríguez, quien interpretó varias canciones con una voz hermosa y profundamente emotiva. Sus intervenciones aportaron una ternura que contrastó con la crudeza del tema. Y habría que reconocer a todo el elenco, que contribuye a hacer creíble la historia. Bravo por este elenco, que lo da todo.
El público también fue parte esencial de la experiencia. Se vivieron las escenas con mucha atención: hubo risas genuinas en los momentos ligeros, respuestas espontáneas ante las tensiones y, en las partes más crudas, un silencio profundo que resultó impactante. La sala completa se mantuvo conectada con la historia de principio a fin, reaccionando con respeto y emoción a cada giro del libreto. Al finalizar la obra, ese compromiso se convirtió en una ovación de pie, un reconocimiento cálido y merecido para todo el equipo.
La dirección de Jacqueline Duprey fue clara y nítida. No buscó complicar la puesta, sino permitir que el texto hablara por sí solo. Su trabajo dio libertad al elenco para moverse con naturalidad entre lo real y lo simbólico, logrando un ritmo fluido y una interpretación honesta de un tema difícil. Aun en las escenas más crudas, se inclinó por la sensibilidad en vez del morbo. La directora utilizó el espacio del teatro con gran eficacia, coordinando más de 14 cambios de escena sin perder orden ni ritmo.








El equipo técnico también merece reconocimiento. Los tramoyistas hicieron un trabajo impecable, moviendo la escenografía y la utilería con una precisión exacta, casi como una coreografía de ballet. La iluminación y escenografía de Israel Franco-Müller, el vestuario de Miguel Vando y el diseño de sonido de Ambar Ruiz Duprey completaron una producción muy bien lograda. El programa de mano, además, está bellísimo y demuestra el cuidado que se puso en cada detalle del montaje.
Como todo montaje, hay elementos que se pueden ajustar. El uso excesivo de cigarrillos en escena provocó que la sala se llenara de humo en varios momentos, lo que resultó incómodo para parte del público y de verdad no aporta nada a la escena. Y la narradora sostuvo un tono un tanto lineal, que pudo haber tenido un poco más de dramatismo según la intensidad del libreto.
Aun con esos detalles, Marardiente es un trabajo excelente, potente y muy bien ejecutado. Tiene un mensaje urgente, actuaciones sólidas y una dirección que sabe equilibrar lo simbólico con lo real. El Teatro Rodante vuelve a demostrar por qué es una de las voces universitarias más importantes del país.
Esta obra se presenta del 4 al 14 de diciembre: de miércoles a sábado a las 8:00 p.m. y domingos a las 4:00 p.m. No tiene costo, pero se sugiere un donativo en la entrada. No se la pierdan. Vale completamente la pena.
