Share This Article
La obra se mueve en un sube y baja emocional que mantiene al público conectado, alternando entre comedia, momentos más ligeros y escenas de gran intensidad
BAYAMÓN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
Como parte del Festival de la Mujer, el Teatro Braulio Castillo de Bayamón presentó Historias de mujeres, escrita por la puertorriqueña Ibelle C. Ayala Rosado —quien también es autora de Amor es… bailar con ellas (2022)— y dirigida por Cristina Robles. La propuesta, en su estreno mundial, se construye a partir de una serie de monólogos —con algunos momentos en dúo— que giran alrededor de una palabra cargada de prejuicio: “puta”.
La obra se mueve en un sube y baja emocional que mantiene al público conectado, alternando entre comedia, momentos más ligeros y escenas de gran intensidad. Aunque predomina el formato de monólogo, en algunos momentos la estructura se abre a escenas en dúo que aportan dinamismo. Algunos segmentos incluso se prestan para la improvisación y la interacción con el público, algo que las actrices manejan con naturalidad.
Cada escena presenta una historia distinta, en la que la palabra central adquiere nuevos significados: puede ser insulto, juicio, defensa, ironía o incluso afirmación. Ahí está uno de los mayores aciertos de la obra: mostrar los distintos matices de un mismo término y cómo cambia dependiendo de quién la dice y desde dónde se escucha.
El texto se siente cercano. La autora contextualiza las historias dentro de Puerto Rico, incorporando lenguaje, referencias y experiencias que conectan fácilmente con el público. También introduce elementos de la religión católica —como la figura de una monja y una escena de confesión— que aportan otra lectura al tema.
El elenco, compuesto por Linnette Torres, Wanda Sais, Deddie Romero, Paola Mercado y Thalía Ortiz, sostiene la propuesta con un trabajo balanceado. Entre ellas, Torres, Sais y Romero se distinguen por su trayectoria, dominando el escenario y manejando con precisión los momentos de mayor carga emocional. En el caso de Torres, vuelve a demostrar su fuerza en personajes de alta sensibilidad.
Junto a ellas, las actrices más jóvenes —recién salidas de formación— logran integrarse con solidez. Su trabajo es limpio, creíble y comprometido. En una de las escenas finales en las que interactúan ambas, sobre un tema muy delicado, sostienen el momento con respeto y verdad escénica. Es un desempeño que demuestra que están a la altura de la propuesta.
La dirección de Cristina Robles mantiene un buen ritmo a lo largo de la función, logrando que cada historia tenga su espacio sin perder continuidad. Se percibe un trabajo enfocado en sacar lo mejor de cada actriz, aprovechando sus fortalezas. Además, hay movimiento constante en escena que evita que la estructura se sienta estática y aporta fluidez al conjunto.




En lo técnico, la producción está muy bien lograda. El diseño de producción de José Manuel Díaz, que integra escenografía y vestuario, se apoya en una propuesta donde los maniquíes vestidos funcionan como una galería simbólica de mujeres, mientras que los elementos móviles permiten transiciones ágiles. La iluminación de Lynette Salas acompaña con precisión los cambios de tono, y el trabajo de tramoya, a cargo de Christopher Romero y Ahmed Illich, contribuye a que estos cambios fluyan con naturalidad.
La respuesta del público fue evidente desde antes de comenzar: la sala estaba completamente llena, con una amplia mayoría de mujeres. Durante la función, las reacciones fueron constantes, pasando de la risa al silencio y a momentos de evidente carga emocional. En escenas más intensas, incluso se escuchaban risas nerviosas.
Como punto a considerar, la obra aborda temas delicados como la violencia, el abuso y la violación sin una advertencia previa. Aunque estos elementos generan momentos de gran impacto, una orientación inicial hubiera permitido que personas sensibles pudieran anticiparlo. Es un detalle que podría fortalecer la experiencia del espectador.
Historias de mujeres abre una conversación necesaria y pone sobre escena realidades que no siempre se abordan con esta franqueza. En el contexto del Festival de la Mujer, este tipo de propuestas cobra aún más relevancia, al atreverse a tocar temas sensibles que forman parte de muchas experiencias, aunque no siempre se hablen. Es una obra que conecta, incomoda por momentos y deja pensando. Finalmente, aunque esta primera temporada ya concluyó, se anticipa que la producción pueda presentarse en otros escenarios alrededor de la isla. Vale la pena estar pendiente a sus redes sociales para futuras funciones, porque son historias que merecen seguir siendo contadas.
