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Queda claro que esto no es una protesta más, sino una generación diciendo que no va a soltar lo poco que le queda. Y cuando una generación llega a ese punto, el problema deja de ser la huelga y pasa a ser el país…
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
He caminado estos días con una pregunta clavada en el pecho, una de esas que no se responden desde la comodidad de una silla ni desde el juicio fácil, sino desde lo que se vive en la calle, en los portones, en las miradas cansadas de quienes siguen ahí sin saber cómo va a terminar esto. Qué está pasando realmente dentro de la Universidad de Puerto Rico y por qué tanta gente ha decidido arriesgarlo todo en un momento en el que nadie quiere perder nada.
Escribo también como vecino del recinto de Río Piedras, alguien que vive a escasos pasos de la universidad y que en estos días ha sentido el silencio en donde antes había movimiento, el vacío en donde antes se cruzaban estudiantes a todas horas. Desde mi llegada a Puerto Rico hace tres años he conocido de primera mano historias que no siempre se cuentan, realidades que no aparecen en los informes ni en los discursos oficiales. Una de las razones que me llevó a quedarme fue precisamente esa, poder servir a la comunidad universitaria, abrir un espacio donde estudiantes pudieran encontrar algo tan básico como un alimento seguro en la noche y, dentro de lo posible, aliviar cargas que muchas veces se viven en silencio.
He escuchado, he preguntado, he tratado de entender sin imponer respuestas. Y lo que uno encuentra no es una rabieta colectiva ni un capricho generacional. Lo que hay es una fractura. Una ruptura profunda entre quienes toman decisiones y quienes cargan con sus consecuencias todos los días.
Se ha querido reducir esta huelga a un problema de orden, de calendario, de interrupción académica. Se habla de clases perdidas, de semestres en riesgo, de jóvenes que supuestamente no miden las consecuencias. Pero se habla poco de las razones que llevan a un estudiantado completo a poner en pausa su propio futuro inmediato para sostener una protesta que, por su naturaleza, no tiene garantías.
Porque eso es lo que está ocurriendo. Aquí hay estudiantes que saben perfectamente lo que están perdiendo y aun así se quedan. Y cuando alguien hace eso, lo mínimo que merece no es juicio, es escucha.
También he visto cómo se intenta desacreditar el movimiento desde afuera. Se repiten las mismas frases de siempre, se cuestiona la legitimidad, se siembra duda sobre las intenciones. Es más fácil eso que reconocer que el problema no empezó en los portones, sino mucho antes, en decisiones que se tomaron sin construir confianza.
Y hay algo que no se puede pasar por alto. Esto no está ocurriendo únicamente en los portones del recinto de Río Piedras. Lo que estamos viendo se replica en cada una de las unidades del sistema de la Universidad de Puerto Rico a lo largo del país. Mayagüez, Ponce, Arecibo, Bayamón, Cayey, Humacao, Carolina, Aguadilla, Utuado y Ciencias Médicas. No es un foco aislado ni una reacción localizada. Es un movimiento que atraviesa toda la estructura universitaria. Río Piedras es visible, sí, pero no está solo. Lo que ocurre allí es reflejo de un malestar que se ha extendido a todo el sistema.
En medio de ese escenario, uno de los reclamos que más se repite, sin rodeos, es la exigencia de la renuncia de la presidenta de la Universidad de Puerto Rico, Zayira Jordán Conde. No se trata de una petición aislada ni de un grupo reducido. Es una demanda que ha ido tomando fuerza en distintos recintos y que refleja el nivel de desconfianza acumulado frente a su gestión.
La Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios ha dejado claro que esto no es un asunto aislado del estudiantado. Hay preocupación real en el profesorado, hay un señalamiento directo a las condiciones en las que se está sosteniendo la universidad.
Mientras tanto, la administración insiste en el lenguaje institucional del diálogo. Pero el diálogo no es una palabra, es una práctica.
En medio de todo este escenario, hay voces que no se pueden ignorar. Voces que no hablan desde la teoría, sino desde la experiencia vivida. Una de ellas es la de Joanna Cifredo, estudiante del Recinto Universitario de Mayagüez, joven trans puertorriqueña y una mujer que ha ganado reconocimiento por sus luchas.

Durante estos días conversé con ella. Lo que sigue no es una interpretación ni un resumen. Es su voz, tal cual.
¿Cómo describirías lo que se está viviendo dentro de la Universidad de Puerto Rico en este momento, más allá de lo que se ve desde afuera?
“Estamos viviendo momentos muy difíciles, en el sentido de que hay mucha incertidumbre y una presión constante por parte de la administración para reabrir el recinto, pero, entre todo el caos e inestabilidad provocado por las decisiones de esta administración, también hemos vivido momentos muy poderosos. Esta lucha ha sacado lo mejor de nuestra comunidad.
“Lo vimos en las asambleas y plenos, donde 1,500, 1,700, hasta 1,800 estudiantes llegaron —bajo lluvia, bajo advertencias de inundaciones— y aun así se quedaron, participaron y votaron a favor de una manifestación indefinida hasta que se atiendan nuestros reclamos.
He conocido a tantas personas en los diferentes portones, estudiantes graduados, aletas, estudiantes de intercambio, estudiantes de todo tipo de concentraciones y se unieron para apoyar el movimiento estudiantil. Estudiantes que vienen a los portones después del trabajo o antes de trabajar. Estudiantes que vienen a dejar agua y suministros entre turnos de trabajo. Viejitos que vienen a los portones con desayuno, almuerzo o cena.
Más allá de lo que se ve desde afuera, lo que estamos viviendo es una mezcla de tensión y resistencia, pero también de comunidad, solidaridad y compromiso colectivo”.
Mucho de lo que se discute se queda en titulares o en redes. Desde tu experiencia directa, ¿qué decisiones o acciones concretas de la administración son las que han provocado este nivel de movilización y paro?
“Desde el inicio, la designación de la Dra. Zayira Jordán Conde careció de respaldo dentro de la comunidad universitaria. No contaba con experiencia administrativa en la UPR ni con un conocimiento básico de nuestros procesos, cultura y reglamentos. Por eso, en asamblea, el estudiantado votó para solicitarle a la Junta de Gobierno que no considerara su candidatura, y múltiples organizaciones docentes hicieron lo mismo. Existía un consenso amplio de que no tenía la experiencia necesaria para liderar una institución como la nuestra.
“A pesar de ese rechazo claro, la Junta de Gobierno decidió ignorar los reclamos de la comunidad universitaria e imponer su nombramiento.
“Una vez en el cargo, su estilo de gobernanza ha sido poco transparente y poco colaborativo. Sin embargo, el detonante principal de la movilización en el Recinto Universitario de Mayagüez fue su decisión de destituir, de manera unilateral y en medio del semestre, a cinco rectores, incluyendo al nuestro, el Dr. Agustín Rullán Toro, para reemplazarlo por un rector interino, el Dr. Miguel Muñoz Muñoz.
Esta acción, tomada de forma abrupta, provocó de inmediato un clima de caos e inestabilidad dentro de la institución. Y deja una pregunta inevitable: ¿no anticipó el impacto de esa decisión, lo que evidenciaría una falta de experiencia? ¿O lo anticipó y aun así decidió proceder? No está claro cuál de las dos es más preocupante.
“Además, esta decisión tuvo consecuencias concretas para el estudiantado, incluyendo el retiro de becas educativas para nuevos integrantes del RUM por parte de la Fundación Ceiba, que calificó la movida como “sorprendente” y “preocupante”. Decisiones impulsivas como la que tomó la presidenta ponen en peligro la estabilidad de nuestra institución y la acreditación de la universidad”.

Eres una joven trans dentro de este espacio de lucha. ¿Cómo se entrecruza tu identidad con lo que está pasando en la universidad y por qué sientes que esto también afecta el futuro de personas como tú?
«Soy una de varias chicas trans que formamos parte activa de este movimiento estudiantil. Conozco al menos a cinco compañeras trans que han estado presentes en los portones, sosteniendo esta lucha. Y eso no es casualidad, venimos de una comunidad históricamente marginada. De esas cinco, solo una cuenta con el apoyo de su familia. Somos una población profundamente impactada por la pobreza y la exclusión social, por lo que el acceso a una educación universitaria asequible, inclusiva y equitativa no es un lujo, es una necesidad.
“También hay un componente de responsabilidad y de amor. Amamos esta universidad y sentimos el deber de defenderla, porque sabemos que, a diferencia de nosotras, muchas chicas trans en las otras Antillas como Cuba, Haití, República Dominicana o Jamaica ni siquiera tienen acceso a estas oportunidades. Eso nos impulsa a luchar para que la universidad pública, que es del pueblo, sea verdaderamente para todo el pueblo: para que más personas puedan estudiar, salir adelante y aportar a nuestra sociedad.
“Al mismo tiempo, esta lucha también es una reafirmación de existencia frente a una administración y a un gobierno que ha expresado su repudio hacia las personas trans. Estamos diciendo con claridad: seguimos aquí, no nos vamos a ningún lado, porque la UPR también es nuestra”.
Para quienes están fuera de la UPR y piensan que esto no les toca, ¿qué consecuencias reales tiene esta crisis para el estudiantado, para el país y para las comunidades que dependen de la universidad?
“La Universidad de Puerto Rico se fundó para servir al pueblo. Para que las clases pobres y trabajadoras tuvieran acceso real a una educación universitaria de calidad. Porque antes de la UPR, la educación universitaria era un privilegio reservado a los pocos que podían costear enviar a sus hijos a estudiar al extranjero.
“Desde entonces, esta universidad ha sido pilar de nuestro país. Aquí se han formado los ingenieros que construyeron nuestras autopistas, nuestra red eléctrica y nuestros puertos, los médicos, enfermeros, abogados, periodistas y maestros que han levantado cada rincón de Puerto Rico. La UPR ha sido nuestro mayor instrumento para la movilidad social.
“No se puede exagerar la importancia de las contribuciones que la UPR y sus alumnos han hecho al desarrollo social, cultural y económico de nuestro país. Eso sin hablar de las contribuciones que hemos hecho a las ciencias y a la medicina. Ninguna institución educativa en Puerto Rico ha contribuido más a la sociedad puertorriqueña”.
Después de escucharla, queda claro que esto no es una protesta más, sino una generación diciendo que no va a soltar lo poco que le queda. Y cuando una generación llega a ese punto, el problema deja de ser la huelga y pasa a ser el país.
