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El filme se acerca al transformismo habanero desde sus contradicciones, la precariedad cotidiana y las familias que se rompen o terminan construyéndose
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
He visto varias veces Viva, la película de Paddy Breathnach que sigue la vida de Jesús, un joven habanero que descubre en el transformismo una posibilidad de expresarse y ser visto. Conozco las canciones, las calles, la violencia de Ángel y su empeño por encontrar un espacio que pueda sentir suyo. Sin embargo, cada vez que regreso a la película descubro algo que antes había pasado por alto. Tal vez ocurre porque, para quienes conocemos Cuba y algunas de las historias que durante demasiado tiempo se contaron en voz baja, Viva no termina con los créditos.
Vuelvo porque reconozco gente. No necesariamente sus nombres o sus rostros, sino determinadas maneras de vivir, resolver, esconderse, cuidar y buscar un lugar donde poder ser. Jesús, interpretado por Héctor Medina, es un personaje de ficción, pero la historia escrita por Mark O’Halloran nació del acercamiento de los creadores de Viva al mundo del transformismo habanero, de escuchar historias y observar espacios que luego alimentarían la ficción. Quizás por eso Jesús resulta tan reconocible.
Al principio no ocupa el escenario. Está detrás, arreglando y peinando las pelucas de quienes sí pueden subir. Las prepara para que otros brillen mientras él permanece fuera de las luces. Allí comienza a crecer su deseo de convertirse en Viva, aunque descubrirá que tampoco dentro del transformismo basta con querer pertenecer.
Jesús no encuentra inmediatamente una comunidad dispuesta a recibirlo. Para algunos sirve para arreglar pelucas, no necesariamente para compartir el escenario. Hay rivalidades, celos y resistencias que la película no intenta esconder. El mundo drag tampoco aparece convertido en un refugio perfecto donde todas las heridas desaparecen por el simple hecho de encontrarse entre iguales. Allí existen afectos y solidaridades, pero también jerarquías, egos y exclusiones.
Es Mama, interpretado por Luis Alberto García, quien termina mirando a Jesús de otra manera. Tiene experiencia, autoridad y una historia que la película nunca explica completamente. Donde otros ven al muchacho que peina las pelucas, Mama reconoce la posibilidad de alguien que también puede ponerse una, subir al escenario y encontrar su propia presencia bajo las luces.
Hay algo profundamente revelador en que Jesús ni siquiera cante. Mueve los labios sobre canciones interpretadas por otras voces mientras buena parte de su vida consiste precisamente en intentar encontrar la suya. Convertirse en Viva no resuelve su pobreza ni modifica de repente el mundo que lo espera afuera, pero durante esos minutos deja de ocupar exclusivamente el lugar que otros habían decidido para él. Entonces reaparece Ángel.
Su padre sale de prisión después de quince años. Fue boxeador, bebe demasiado y carga una concepción de la masculinidad donde la vulnerabilidad parece inadmisible. Regresa después de una ausencia enorme y, sin embargo, pretende recuperar inmediatamente una autoridad sobre la vida de su hijo. Al descubrirlo actuando responde con violencia e intenta apartarlo de aquello que Jesús apenas comenzaba a conquistar.
La relación entre Ángel y Mama introduce además una ambigüedad que siempre me ha llamado la atención. Hay palabras, miradas y una familiaridad que permiten sospechar que aquel mundo que Ángel rechaza al descubrirlo en su hijo quizá no le resultaba completamente desconocido. La película no necesita explicarlo. Basta esa insinuación para recordar algo frecuente en sociedades donde la masculinidad ha tenido que demostrarse constantemente. Muchos hombres conocieron, trataron e incluso quisieron profundamente a personas homosexuales o transformistas, pero mantuvieron esas relaciones dentro de compartimentos cuidadosamente separados de la imagen que presentaban ante la familia, los amigos o el barrio.
Ángel llega además gravemente enfermo. Entonces ocurre uno de los movimientos más humanos de la película. Jesús, que apenas dispone de recursos para sostener su propia vida, comienza a cuidar al hombre que estuvo ausente durante buena parte de ella y que, al regresar, respondió con violencia a su identidad. Cocina para él, lo alimenta y lo acompaña mientras la enfermedad avanza. Ángel continúa siendo difícil. Se queja, protesta y conserva parte de aquella dureza incluso cuando depende del hijo al que pretendía controlar.
El cuidado no borra el golpe ni los quince años de ausencia. Hay familias que pasan años separadas por el rechazo, la violencia, el orgullo o heridas que nunca encontraron palabras y que, ante una enfermedad terminal, vuelven a acercarse. No necesariamente porque todo haya sido perdonado, sino porque la proximidad de la muerte modifica nuestra relación con el tiempo y con los afectos. Algo de eso ocurre entre Jesús y Ángel.
Por eso me cuesta llamar reconciliación plena a lo que sucede entre ellos. Hacia el final Ángel consigue mirar a su hijo desde un lugar diferente y llega a verlo sobre el escenario. Hay algo nuevo en esa mirada, pero llega tarde. La enfermedad les concede un tiempo que quizás ninguno habría buscado de la misma manera en otras circunstancias. Ángel muere y deja abierta una pregunta inevitable. ¿Qué habría ocurrido entre ellos si Ángel no hubiese enfermado? La película tiene la inteligencia de no convertir la respuesta en una absolución.
Mientras cuida a su padre y trata de encontrar su lugar como Viva, Jesús continúa resolviendo las necesidades más elementales de su existencia. Su habitación, uno de los pocos espacios verdaderamente propios que posee, también la presta para que una amiga pueda encontrarse con su pareja. Cuando necesita dinero, las posibilidades se reducen todavía más. La intimidad, el cuerpo, la amistad, el trabajo y la supervivencia terminan cruzándose porque la precariedad no respeta fronteras.
Ahí encuentro la Cuba que más me interesa dentro de Viva. No la explicación política de Cuba, sino las personas que viven dentro de ella. La película entra en habitaciones pequeñas, camerinos improvisados y espacios donde la belleza se construye con muy poco. Mira a quienes deben conseguir comida, cuidar a alguien enfermo, trabajar, amar, equivocarse y levantarse al día siguiente. También mira una comunidad LGBTQ+ sin convertirla en una fotografía conveniente ni presentarla como un universo sin contradicciones.
Eso resulta especialmente importante en el transformismo. Desde afuera es fácil quedarse con el vestido, el maquillaje, la peluca y las lentejuelas. Mucho menos frecuente es preguntarnos quién llegó al camerino antes de comenzar la función y qué vida deberá retomar después de quitarse el maquillaje. Detrás del brillo puede haber un padre ausente, una familia rota, una habitación insuficiente, una enfermedad, una deuda, un amor que salió mal o alguien que pasó el día intentando conseguir lo necesario para vivir y por la noche debe subir a interpretar una canción bajo las luces.
Pero Viva tampoco convierte esas vidas en una colección de desgracias. Hay humor, deseo, amistad y cuidado. Existen rivalidades y egoísmos, pero también personas capaces de abrir una puerta cuando otros la mantienen cerrada. Hay familias que fracasan y otras que se construyen en lugares inesperados.
Resulta difícil, además, mirar a Jorge Perugorría interpretando a Ángel sin recordar Fresa y chocolate. El actor que décadas atrás dio cuerpo a Diego aparece ahora como un padre incapaz, al menos inicialmente, de aceptar aquello que descubre en su hijo. No hace falta forzar la comparación. Basta observar la distancia entre ambos personajes para comprender cuánto cabe entre esas dos películas y cuántas preguntas permanecen todavía abiertas.
Por eso recomiendo ver Viva y hacerlo sin reducirla a una película de temática LGBTQ+. Merece ser mirada por su capacidad para permanecer junto a personas que demasiadas veces observamos únicamente mientras están bajo las luces. Viva pudo haber sido cualquiera de nosotros. No porque nuestras historias sean idénticas a la de Jesús, sino porque muchos conocemos lo que significa buscar un lugar propio en un mundo que había decidido de antemano cómo debíamos vivir. Algunos encontraron familia entre amigos, aprendieron a callar para protegerse o tuvieron que conquistar incluso aquellos espacios donde pensaron que serían recibidos sin condiciones.
Quizás por eso sigo regresando a Viva. Comienzo mirando a Jesús y termino pensando en quienes estuvieron antes, en quienes se marcharon y en quienes todavía permanecen allí. Pienso también en todos aquellos a quienes alguna vez vimos solamente bajo las luces, sin preguntarnos qué ocurría después. La función termina, el maquillaje desaparece y el escenario queda vacío, pero la vida de quien estuvo sobre él continúa. Viva nos invita a quedarnos un poco más y mirar.
EN RESUMEN
🎬 Viva se estrenó en 2015 bajo la dirección de Paddy Breathnach.
🇨🇺 La historia sigue a Jesús, un joven habanero que busca abrirse espacio en el mundo del transformismo.
🏳️🌈 La película aborda identidad, familia, precariedad, rechazo y comunidad LGBTQ+.
🎭 Héctor Medina, Jorge Perugorría y Luis Alberto García encabezan el reparto.
