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España acaba de reconocer el arte drag como patrimonio cultural. Puerto Rico, que le dio a la televisión mundial algunas de sus reinas más queridas, todavía espera su turno
SAN JUAN, Puerto Rico
Redacción PSM
Durante décadas, a las drag queens se les aplaudía de madrugada y se les olvidaba al amanecer. Eran el número fuerte de la barra, el show que justificaba el cover, pero rara vez se les llamaba artistas y casi nunca se hablaba de su oficio como un trabajo. En España, eso acaba de cambiar desde el lugar menos pensado: el propio Gobierno.
Según reseñó el diario madrileño El País, el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, encabezó en el Teatro María Guerrero de Madrid el acto Drag: cultura orgullosa, organizado junto a la Federación Estatal LGTBI+ (Felgtbi+). Allí, el ministerio y la federación se comprometieron a impulsar la cultura drag y a valorarla como patrimonio artístico, cultural y social del país. Urtasun la describió como mucho más que un espectáculo: un vehículo de diversidad y libertad que, a su juicio, la cultura y la democracia necesitan. Y añadió una advertencia: poner en duda el valor de un patrimonio cultural es, dijo, una de las formas más comunes de discriminar.

La presidenta de la Felgtbi+, Paula Iglesias, habló del drag como una manera de contar la historia propia y de crear refugio cuando todo lo demás se vuelve hostil. Lo resumió en una frase que cualquiera que haya pasado por un camerino reconocerá: “Lo drag no es sólo una escuela artística, también salva vidas”.
Una historia más vieja que la televisión
El reportaje de El País recuerda que el travestismo escénico llegó a España a finales del siglo XIX, de la mano del llamado arte frívolo de la Belle Époque: cuplé, variedades, revista musical y espectáculos picantes. De ese momento nacen dos escuelas que siguen vivas: la del italiano Leopoldo Fregoli, basada en el cambio vertiginoso de vestuario, y la de Monsieur Bertin, más dedicada a construir personajes. La dictadura franquista arrasó con todo; la democracia lo trajo de vuelta, y en los noventa el drag se instaló en la discoteca y la fiesta.
Después llegó RuPaul. El programa que la estadounidense estrenó en 2009, RuPaul’s Drag Race, tiene hoy versiones en 14 países —España, desde 2020— y, según recoge el diario español, The New York Times lo colocó en el puesto 61 de su lista de los cien mejores programas de televisión del siglo XXI.

La cantera boricua
Para Puerto Rico, esa parte de la historia tiene acento propio. Entre las nueve concursantes de la primera temporada de Drag Race estaba Nina Flowers, de Bayamón, que llegó a la final y se llevó el título de Miss Simpatía. Detrás vinieron Jessica Wild, Yara Sofía y otras reinas que hicieron de la Isla una de las canteras más reconocibles de la franquicia. Buena parte de ese talento se curtió en las tarimas y barras locales mucho antes de que una cámara se interesara por él.
El paralelo con España es casi calcado. Alberto Zimmer, de 44 años, el artista detrás de Pupi Poisson, también fue Miss Simpatía, en la primera edición española. A El País le contó que el programa marcó un antes y un después: cuando el drag vivía solo en bares y discotecas, el público lo veía como algo improvisado, casual, y ni siquiera lo consideraba un trabajo. Hoy Pupi hace teatro, pisa alfombras rojas y sale de gira. “La sociedad ha descubierto la cultura drag”, resume.

Francisco José Sánchez, de 40 años, conocido como Samantha Ballentines, pasó por la segunda temporada y ahora conduce su propio programa. Insiste en lo que el público no siempre ve: hay drags que cantan, que bailan, que actúan, y un enorme trabajo detrás de cada número. También repite un rumor que circula en el ambiente: que a RuPaul se le habría ocurrido el formato tras asistir como invitada a la gala drag del Carnaval de Gran Canaria, que se celebra desde 1998.

Visibilidad no es lo mismo que seguridad
El reportaje no se queda en los focos. Álvaro Muñoz, de 31 años, que ganó la cuarta temporada española con Le Cocó, explica que montarse fue para él un espacio seguro en momentos personales muy duros, y que ser travesti le salvó la vida. Pero advierte que el drag sigue siendo bastante de nicho y que llegar a más gente también atrae odio: en ciertos lugares, salir montada a la calle da miedo. Para él, lo que hacen es también activismo, y los derechos que tanto costó conquistar no pueden darse por sentados.
Hugo Díaz, de 30 años, creador de Hugáceo Crujiente, relata que las miradas más despectivas le llegan de adolescentes de 15 o 16 años, hasta el punto de cambiarse de acera. Lo atribuye a un discurso que, según él, nace en algunas formaciones políticas y se multiplica en las pantallas de la mano de ciertos influencers. Su conclusión es clara: la visibilidad ganada no es para relajarse, sino para usarla.

El diagnóstico suena familiar de este lado del Atlántico. En Estados Unidos, cuyo debate político y mediático llega a la Isla sin escalas, varios estados han intentado en los últimos años restringir los espectáculos drag, y esa conversación aterriza aquí por las mismas redes que describe Díaz. La comunidad boricua tampoco ha olvidado el asesinato de Alexa Negrón Luciano en Toa Baja en 2020, ni la ola de violencia contra personas trans que vino después. La fama televisiva de nuestras reinas no ha borrado el riesgo de caminar de noche por ciertas calles.
Lo que deja el caso español es una pregunta incómoda para Puerto Rico. La Isla ha exportado algunas de las figuras más queridas del género, pero ninguna instancia pública local ha hecho un gesto equivalente al de Madrid. Allá, un ministerio decidió poner su firma detrás de un oficio que durante más de un siglo se ejerció a medianoche. Aquí, las tarimas siguen encendidas. Falta que alguien, además del público, las tome en serio.
Fuente: El País (España), reportaje sobre el reconocimiento institucional de la cultura drag y testimonios de artistas de Drag Race España.

