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Un activista de Texas dice que el movimiento LGBTQ+ está roto. Desde la Isla, el diagnóstico incomoda, y con razón
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Víctor H. Navas, para Pride Society Magazine
El domingo de la parada, la tarima retumba, las banderas se venden a cinco pesos y hasta el político que nunca devuelve una llamada se toma la foto. El lunes, todo vuelve a su sitio. El muchacho que lleva tres meses durmiendo en el sofá de una amiga sigue sin trabajo. La señora que salió del clóset a los sesenta sigue almorzando sola.
Esa distancia entre la fiesta y el lunes es, en el fondo, el tema de una columna que el activista Clayton Gibson publicó en The Advocate. Gibson dirige la QWELL Community Foundation, en Austin, Texas, y su diagnóstico llega sin anestesia: el movimiento LGBTQ+, dice, está roto.
Lo escribe pensando en Estados Unidos. Pero mirado desde la Isla, el espejo incomoda.
Gibson enumera lo que todos vemos: derechos que se ganan y luego se pierden, el matrimonio igualitario otra vez bajo amenaza, ataques contra jóvenes y personas trans, tiroteos en barras. Según él, el péndulo va y viene porque la comunidad nunca ha jugado para ganar.
Su primer reclamo es contra la idea de que todo se resuelve en la política. Elegir a un candidato aliado, sostiene, rara vez trae cambios rápidos o permanentes. Y lo poco que se logra hace muy poco por quien no consigue un empleo que pague las cuentas, una vivienda segura o un médico que lo atienda sin mirarlo raro.
No pide abandonar la política. Pide que sea un brazo, no el cuerpo entero.
Aquí conocemos ese baile. Lo que se gana en un cuatrienio se defiende con uñas en el próximo, y mientras tanto la vida diaria de mucha gente sigue igual.
El segundo golpe es el dinero. Gibson cuenta que las fundaciones y las empresas que antes donaban se echaron para atrás bajo la presión contra los programas de diversidad, y que los donativos individuales bajaron con la economía. El problema, explica, es que las organizaciones LGBTQ+ no se prepararon para aguantar ese golpe. Cada una montó su propia casita, con sus propios gastos, y todas terminaron cortando hojas cuando, juntas, podrían llegar a la raíz.
En una isla de cien por treinta, eso suena familiar.
Luego Gibson se atreve con algo que pica. Dice que la comunidad aprendió a organizarse desde la escasez y el trauma, casi como un modo de vida, esperando que otros le den lo que le toca.

Se le puede discutir. Las heridas no son inventadas, y nadie llegó al trauma por gusto. Pero la pregunta queda en el aire: ¿cuánto tiempo más vamos a organizar la casa desde la herida?
Y remata con la idea más polémica de todas: que la visibilidad nunca fue la medida correcta. Para él, que nos vean es la forma en que nos sentimos validados, y las redes sociales lo han multiplicado. Pero ser vistos no es lo mismo que vivir mejor. La visibilidad y el peso político, escribe, deberían ser el resultado, no el camino.
Cuesta leer eso en una comunidad a la que tanto le costó salir a la luz. Salir del clóset salvó vidas, y eso no se negocia. Pero también es verdad que una foto con mil likes no le paga la renta a nadie.
Gibson tiene números de su lado. Según las cifras que cita, siete de cada diez adultos en Estados Unidos apoyan las protecciones contra el discrimen hacia la comunidad LGBTQ+, y el poder de compra de esa comunidad ronda los 1.7 billones de dólares. Su conclusión es sencilla: no faltan aliados ni dinero. Lo que falta es saber usar ese peso. El activismo, dice, se parece más al judo que al boxeo.
Para explicarlo, trae a la poeta Audre Lorde y su frase más citada: las herramientas del amo nunca van a desmontar la casa del amo. Gibson le añade su parte: entonces hay que construir otra casa.
Esa casa, según él, se levanta con cosas muy concretas. Gente conectada de verdad, jóvenes y viejos en la misma mesa. Salud que entienda a la comunidad. Ayuda rápida para quien cae en crisis. Negocios aliados que no se escondan cuando sopla el viento en contra. Dinero que no dependa de la gala de cada año.
Su fundación prepara una aplicación para 2027 con ese propósito. Eso es asunto de Texas.
Lo que sí cruza el mar es la idea. Aquí la red ya existe, aunque sea en pedazos: la amiga que presta el cuarto, la barra que da trabajo, el médico que atiende sin preguntas incómodas, el negocio que pone la bandera en junio y también en noviembre. Gibson lo dice a su manera: el dinero solo se convierte en poder cuando uno decide dónde lo gasta.
La parada sigue haciendo falta. La foto también. Pero la tarima se desmonta en una tarde. Una comunidad, no.
EN RESUMEN
🌈 Clayton Gibson, director de la QWELL Community Foundation, sostiene en The Advocate que el movimiento LGBTQ+ está roto.
🗳️ Según Gibson, la política sola no resuelve el empleo, la vivienda ni la salud de la comunidad.
💸 La caída en donativos dejó al descubierto organizaciones que trabajan cada una por su lado.
👀 Gibson plantea que la visibilidad debió ser un resultado y no la meta.
🤝 Su propuesta: red comunitaria, negocios aliados firmes y gastar el dinero donde respetan a la comunidad.
🏝️ En Puerto Rico, esa red ya existe en pedazos y falta coserla.
