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Desde mi lugar como espectador y periodista cultural, este año también fue de aprendizaje
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
Mirar hacia atrás y repasar un año entero de cultura y escena no es un ejercicio de memoria perfecta, sino de sensaciones. De salas pequeñas que aún conservan el calor del aplauso, de funciones que se quedan rondando en la cabeza días después, de otras que pasan sin dejar huella pero que igual formaron parte del camino. Este año, más que contar eventos, me descubrí contando experiencias: entradas compradas a última hora, funciones añadidas por la respuesta del público, festivales que ya no se sienten eventuales sino necesarios, y una audiencia que —contra todo pronóstico— sigue llegando.
Ir al teatro en 2025 fue también aceptar lo impredecible. No todo se pudo ver, no todo salió perfecto, pero hubo constancia. La sensación de que algo sigue moviéndose, de que hay una comunidad empeñada en contar historias, aunque el contexto no siempre sea favorable. En salas como el Centro de Bellas Artes de Santurce, el Teatro Victoria Espinosa, el Teatro Braulio Castillo o el Teatro Julia de Burgos, así como en espacios más íntimos del Viejo San Juan, el teatro volvió a sentirse como un acto casi artesanal: equipos pequeños, ideas claras, mucho compromiso y pocos adornos innecesarios.
Uno de los rasgos más evidentes del año fue la amplitud de miradas y tonos. Hubo teatro profundamente impactante, capaz de sacudir al espectador desde la memoria histórica y la herida colectiva, como Madres Plaza de Mayo, Masterclass, La casa de Ramón Iglesias, Moscas y Milagritos o Un coquí y un cucubano. También aparecieron propuestas más crudas y confrontacionales, como La Erre, Sátiro desnudo frente al sol, Nerium Park, Opera para idiotas y Marardiente, que no temieron incomodar ni tensar al público. La presencia de teatro del extranjero, como Manteca, aportó otro ritmo y otra mirada a ese diálogo escénico.
A ese panorama se sumaron propuestas dirigidas a públicos más jóvenes, como Ozana y sus emociones, recordándonos que el teatro también cumple una función formativa y de descubrimiento. Estos títulos vienen a mi memoria entre muchas otras buenas propuestas vistas a lo largo del 2025. Fueron muchas, muy diversas entre sí, y esta mención no pretende ser una lista cerrada ni exhaustiva, sino una muestra del amplio abanico de miradas, tonos y públicos que convivieron en escena durante el año.
A lo largo del año, esta butaca no se limitó únicamente al teatro. También hubo espacio para musicales y conciertos que permitió mirar más de cerca los procesos creativos detrás de escena. Esas experiencias ampliaron la conversación y recordaron que las artes escénicas y musicales dialogan entre sí, se cruzan y se nutren mutuamente, ofreciendo otras formas de encuentro con el público y otras maneras de contar quiénes somos.
El público, precisamente, fue una de las grandes confirmaciones del año. Salas llenas, funciones adicionales, risas oportunas y silencios atentos. Hay una audiencia que quiere verse reflejada, que agradece cuando no se le subestima y que responde cuando la historia está bien contada. Ese intercambio —esa energía compartida— fue quizá uno de los elementos más esperanzadores del año cultural.

Desde mi lugar como espectador y periodista cultural, este año también fue de aprendizaje. Aprender a mirar con más calma, a no esperar que todo me lo dé la primera escena, a entender que no todas las propuestas están hechas para gustarme, pero sí para decir algo. Hubo experiencias que me sorprendieron, otras que me confrontaron, y algunas que simplemente me acompañaron por un rato. Y todas, de alguna forma, sumaron.
Cierro el año con un agradecimiento sincero. A Pride Society Magazine, por confiarme una vez más este espacio para pensar y escribir; a los lectores, que han estado ahí función tras función, texto tras texto, acompañando esta mirada; y también a todas esas personas que, desde la producción, la gestión, la comunicación o la documentación visual, ayudaron con información, datos y fotografías para que estas coberturas pudieran concretarse. Ese trabajo, muchas veces fuera de foco, también sostiene lo que llega a publicarse.
El panorama cultural local sigue vivo no por inercia, sino por convicción. Porque hay gente dispuesta a seguir creando, actuando, produciendo, cantando y asistiendo. Mirando hacia el próximo año, más que pedir grandes gestos, deseo continuidad: que se siga contando, que se siga probando, que se siga llenando la sala, aunque sea con pocas filas. Al final, desde mi butaca, eso es lo que queda: la experiencia compartida de estar presentes, juntos, en el mismo espacio y el mismo tiempo.
