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El arcoíris, la memoria y las nuevas generaciones queer
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Mario Beltrán Pérez, para Pride Society Magazine
Recientemente escuché a un joven queer y no binarie decir que no cree en el símbolo del arcoíris porque, a su entender, se ha convertido en una marca comercial (pinkwashing). Este comentario me dejó reflexionando. Entiendo la crítica: vivimos en un tiempo donde el mercado se ha apoderado de casi todo, cuando las grandes marcas pintan sus logos de colores durante junio sin necesariamente comprometerse con la causa LGBTQ+. Lo vemos todos los años: camisetas arcoíris en las vitrinas, anuncios publicitarios oportunos, pero poco compromiso cuando los derechos están realmente en juego.
Sin embargo, reducir el arcoíris a una simple estrategia de mercadeo ignora su peso histórico y político. La bandera del arcoíris fue creada en 1978 por Gilbert Baker, no como un logo, sino como un símbolo de libertad, diversidad y esperanza para una comunidad que estaba, y que sigue estando, bajo ataque. En esos años, ondear esa bandera era un acto de valentía. No era decorativa, era una declaración de existencia. Durante la crisis del VIH/SIDA, cuando nuestros cuerpos fueron criminalizados, abandonados y estigmatizados, fue la bandera la que encabezó las marchas, las vigilias, las protestas. Era mucho más que colores; era la representación visible de una comunidad que se negaba a desaparecer.
La historia no es desechable. Los símbolos que nos han acompañado en las luchas no pierden su valor solo porque han sido adaptados por la industria. Más bien, lo que debemos cuestionar es quién se los está apropiando, cómo y para qué, y si en efecto son aliados de nosotros.
Abandonar estos símbolos porque algunas corporaciones los han trivializado es permitir que nos roben también la memoria.
Es cierto que las nuevas generaciones queer y no binarias buscan ampliar las discusiones y desafiar las estructuras del pasado. Y eso es sano. Cuestionar es vital. Pero al igual que a nosotros que somos de otras generaciones nos preocupa que los símbolos tradicionales no siempre reflejan las luchas actuales: la descolonización, las luchas trans, las demandas anticapitalistas, la visibilidad no binaria y las intersecciones con raza, clase y migración. Este empuje es legítimo, necesario y no es exclusivo de estas generaciones. Venimos por décadas trabajando y atendiendo estos asuntos sociales. Pero una cosa es transformar, diversificar, expandir; otra es desechar.
El arcoíris no tiene que ser el único símbolo. Como hemos sido testigos, la bandera se ha ido transformando con el paso de los años para cobijar a más personas, según surgen nuevas preferencias con las nuevas generaciones. Hoy coexistimos con las banderas trans, no binarias, de género fluido, intersex y muchas más. Cada una de estas banderas representa una conquista narrativa, un espacio que antes no existía. Pero el arcoíris sigue siendo el punto de partida. Es la raíz que permitió que otras ramas crecieran.
Rechazar el arcoíris como símbolo por su comercialización es como abandonar una casa familiar porque alguien pintó grafitis en la fachada. La casa sigue siendo nuestra. Podemos limpiarla, restaurarla, habitarla de nuevas maneras. Pero no debemos entregarla.
Cuestionar es esencial. Pero borrar la memoria es peligroso. El arcoíris no es una mercancía: es la huella de quienes abrieron camino para que hoy podamos cuestionar, existir y seguir luchando.
El día que jóvenes como al que me refiero realicen una marcha para que se les garantice sus derechos, estoy seguro que estarán cobijados bajo la bandera que ha representado nuestras comunidades desde hace décadas hasta el día de hoy.
Nuestra democracia, como se encuentra hoy, pende de un hilo. El gobierno actual está cometiendo atrocidades en contra del colectivo LGBTQ+, indistintamente, cual sea la generación a la que pertenecemos. No necesitamos comentarios como este porque ahora más que antes debemos enfocarnos a en la solidaridad y no en la segregación ni el protagonismo individual
