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La Isla resiste porque su gente resiste, pero la verdad entre el espejismo y la realidad ya no puede seguir siendo silenciada
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
Puerto Rico vende un sueño a quienes lo miran desde afuera. Se promociona como un paraíso fiscal, como destino turístico de lujo y como tierra fértil para nuevas inversiones. En revistas y foros económicos se habla de oportunidades, de crecimiento y de un futuro brillante. Sin embargo, quienes viven en la isla saben que esa imagen es un espejismo que no se corresponde con la realidad diaria. Detrás de los anuncios y de las promesas, el trabajador y la trabajadora puertorriqueña enfrentan un presente donde el salario no alcanza, la salud se convierte en un privilegio, la energía eléctrica falla y la emigración se convierte en la única alternativa para muchos.
El gobierno ha repetido que el salario promedio ronda los dieciséis dólares por hora, pero esa cifra es un cálculo engañoso. Se trata de un promedio que incluye los sueldos altos de médicos, ingenieros o abogados, lo que eleva el número en los informes oficiales. La mayoría de la población trabajadora sobrevive con el mínimo de diez cincuenta la hora que pronto será diez sesenta y cinco, o con apenas un poco más. Supermercados, cadenas de comida rápida, trabajos de cuido, limpieza y seguridad se pagan en ese rango. Eso significa que una persona que trabaje a tiempo completo puede terminar el mes con poco más de mil seiscientos dólares mientras paga rentas de ochocientos a mil, factura de luz de más de doscientos y un carrito de compra que cada semana cuesta más. Esa es la contradicción entre la estadística y la vida real.
La crisis también se refleja en la salud. En la última década se ha perdido cerca de un cuarenta por ciento de la capacidad médica de la isla. Los hospitales alertan que operan con presupuestos insuficientes y que podrían cerrar si no se realizan cambios de fondo. Mientras tanto, conseguir una cita con un especialista puede tardar meses y los seguros médicos limitan cada vez más los servicios. Las familias con hijos que viven con síndrome de Down, autismo u otras condiciones severas han comenzado a emigrar no por deseo sino por obligación, convencidas de que en Puerto Rico no encontrarán la atención que necesitan.
La juventud enfrenta un escenario igual de desolador. Tras años de estudio, los recién graduados descubren que las oportunidades son escasas y los sueldos bajos. El resultado es la fuga constante de talentos hacia Estados Unidos. Allá, incluso en empleos por debajo de su preparación, logran un ingreso que en la isla les resulta inalcanzable. Este éxodo erosiona la economía y al mismo tiempo vacía a la sociedad de su energía más vital.
En este cuadro las mujeres sostienen gran parte de la economía doméstica en hogares monoparentales mientras cargan con salarios insuficientes y responsabilidades familiares multiplicadas. Los ancianos sobreviven con pensiones que apenas cubren medicamentos y alimentos, y muchas veces quedan solos porque sus hijos han tenido que emigrar.
La inversión extranjera suma otro contraste doloroso. Mientras los nuevos residentes disfrutan incentivos contributivos y desarrollan proyectos de lujo, los puertorriqueños ven cómo la vivienda se encarece y cómo el acceso a sus propios barrios se complica. El progreso se diseña para quienes llegan con capital mientras quienes han resistido en la isla toda la vida quedan desplazados.
El sistema eléctrico completa el panorama. Con tarifas de las más altas de Estados Unidos y con un servicio cada vez más frágil, la energía se ha vuelto un obstáculo en lugar de un motor de desarrollo. Los apagones son constantes y en diciembre de 2024 un apagón general dejó sin luz a casi toda la población, incluyendo hospitales y aeropuertos. Esa experiencia no fue aislada sino parte de un patrón que marca la vida diaria. Estudiar de noche, conservar alimentos o sostener un pequeño negocio dependen de un sistema que falla sin aviso.
No se trata de exagerar ni de oscurecer la situación. Es la descripción certera de una isla atrapada entre la imagen que proyecta hacia afuera y la realidad que sufren sus habitantes. Los datos oficiales y la publicidad intentan sostener un espejismo de crecimiento, pero las familias que se levantan cada mañana saben que el salario no rinde, que la salud no responde, que la energía se interrumpe y que el futuro se escapa en un avión. Puerto Rico resiste porque su gente resiste, pero la verdad entre el espejismo y la realidad ya no puede seguir siendo silenciada.
