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Ser Iglesia hoy exige más que rezar o compadecerse desde lejos. Significa reconocer que la fe, si no se traduce en justicia, es un ruido vacío
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
“Se te ha declarado, oh mortal, lo que es bueno: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios.”
— Miqueas 6:8
En los últimos tiempos, muchas personas trans vuelven a mirar las iglesias con temor. No porque hayan perdido la fe, sino porque han sentido que los altares se han transformado en tribunales. Sus vidas, sus cuerpos y sus nombres son cuestionados por quienes deberían ofrecer bendición y consuelo. Y no solo enfrentan rechazo desde un sector religioso extremista, sino también desde las políticas de una administración que parece olvidar que la dignidad humana no se negocia.
Viven con miedo. En sus trabajos, en las escuelas, en la mirada que las sigue por la calle. Y duele reconocer que incluso dentro de su propia comunidad LGBTQ+, algunas voces reproducen el juicio del mundo, burlándose de los procesos de transición o negando su autenticidad. A eso se suma, muchas veces, el racismo, la pobreza o la discriminación por un impedimento físico. En ese cúmulo de heridas, ¿quién tiene tiempo para seguir creyendo que Dios les ama?
La pregunta que surge entonces es profundamente eclesial: ¿cómo puede la Iglesia ser refugio cuando tantos sienten que es un campo minado?
Ser Iglesia hoy exige más que rezar o compadecerse desde lejos. Significa reconocer que la fe, si no se traduce en justicia, es un ruido vacío. Lutero nos enseñó que la fe viva se expresa en amor activo, en servicio, en acompañar al prójimo en su dolor. No hay justificación posible para el silencio cuando la vida de nuestros hermanos y hermanas trans está en peligro, cuando son despojados de su derecho a existir con libertad y respeto.
La fe no se demuestra con credos memorizados, sino con brazos abiertos.
La justicia no se proclama desde el púlpito, se construye desde el abrazo.
En medio de leyes injustas, discursos de odio y exclusiones disfrazadas de moral, las comunidades de fe tenemos la oportunidad —y la responsabilidad— de ser espacios seguros, casas de gracia y templos de dignidad. Donde una persona trans pueda respirar sin miedo, orar sin sentirse observada, y recibir la Santa Comunión sin ser examinada.
Porque el Evangelio no se escribió para los perfectos, sino para los heridos.
Y cuando abrazamos a quienes el mundo desprecia, tocamos el mismo rostro de Cristo.
No podemos seguir predicando un amor que no se atreve a mancharse las manos con la realidad. Las políticas actuales intentan dividirnos, pero el amor de Dios sigue convocando a la unidad en la diversidad. El Reino no se edifica con decretos ni discursos, sino con gestos sencillos: con la mesa compartida, con la escucha sin prejuicios, con la valentía de decir “aquí eres bienvenide, aquí tu vida es sagrada”.
Quizás este sea el momento en que las iglesias debemos dejar de preguntarnos quiénes caben y empezar a preguntarnos a quiénes estamos dejando fuera.
Y cuando entendamos que fe y justicia no son caminos distintos, sino uno solo, el Evangelio volverá a tener poder para sanar.
Hoy, más que nunca, necesitamos una fe que abrace y una justicia que salve.
Porque donde hay amor, allí está Dios.
Y donde hay justicia, allí comienza el Reino.

