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Un clásico cubano que sigue diciendo mucho hoy
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
El montaje de Manteca, del dramaturgo cubano Alberto Pedro, formó parte del 55.º Festival Internacional de Teatro del Instituto de Cultura Puertorriqueña, una edición dedicada a propuestas que dialogan con identidad, comunidad y memoria, y contó con la colaboración de Beatriz Valdés Studio y Gabriel McRobert para Bululú. La obra se presentó en el Teatro Francisco Arriví, en Santurce, en una temporada breve que ya cerró, pero que dejó claro por qué este texto sigue vivo después de más de treinta años.
Aunque fue escrita en los noventa, la historia se siente actual. La acción ocurre en la terraza de una casa, un espacio cargado de objetos, de rutinas y de la lucha diaria por resolver con lo que se tiene. Tres hermanos pasan la noche de Año Nuevo tratando de sostener la familia, el ánimo y la esperanza, mientras enfrentan carencias, recuerdos y decisiones difíciles. La obra mezcla humor, discusiones familiares y silencios que dicen más que las palabras.
Las actuaciones son el corazón de esta puesta. Los tres intérpretes, Beatriz Valdés, Gilberto Reyes y Emmanuel Galbán llevan la obra con una naturalidad que hace que uno sienta que está metido en esa terraza con ellos. Cada quien brilla a su manera, pero es imposible no destacar a Galbán como Pucho. Su personaje mantiene el ritmo, sostiene las tensiones y empuja la acción sin exageraciones. Es un trabajo honesto, cercano y lleno de matices. Un Bravo bien merecido para este elenco, que sostiene la obra con una fuerza emocional que conecta directamente con el público.
Aunque vemos solo a tres actores, hay un tema importante que surge una y otra vez en las conversaciones, algo que no se ve pero que afecta todo lo que deciden. Para los hermanos, ese elemento invisible representa necesidad, sacrificio y hasta esperanza. Para Dulce, añade además un vínculo afectivo que complica las cosas. Esa presencia ausente ayuda a mover la historia y añade humor, tensión y humanidad.
La dirección de Raúl Martín mantiene la obra activa desde antes de empezar. Durante la segunda llamada, los actores ya ocupan la terraza y crean la sensación de que estamos entrando a un mundo que no se detiene. El movimiento en escena es claro, funcional y siempre al servicio de la historia. Nada sobra. Nada distrae. La puesta confía en el elenco y deja que los personajes respiren y se desarrollen sin prisa.





El diseño también aporta mucho. La iluminación y escenografía de Jorge Noa y Pedro Balmaseda, junto con la realización de Radamés Burgos, crean un ambiente que uno reconoce al instante: una terraza cargada, útil, práctica, con objetos que cuentan historias de necesidad y resistencia. La luz marca los estados emocionales y ayuda a enfocar la mirada donde importa. Es un diseño que no solo apoya la obra, sino que la eleva, convirtiéndose en un pilar silencioso pero esencial de la experiencia.
Además, la función tuvo un momento especial que no pasó desapercibido: entre el público se encontraba la hermana del dramaturgo Alberto Pedro, quien falleció en 2005. Su presencia añadió una capa de emoción inesperada; era como si, de alguna forma, el legado del autor volviera a la sala para acompañar esta nueva lectura de su obra. Fue un detalle sencillo, pero profundamente conmovedor para todos los que lo notamos.
El público reaccionó con fuerza: rieron, se callaron cuando tocaba, y terminaron en una ovación de pie. Manteca invita a pensar en lo que sostenemos, en los sacrificios que hacemos para seguir adelante y en las decisiones difíciles que marcan a una familia. Es una obra que, aun después de tres décadas, sigue diciendo mucho. Esta producción dentro del festival del ICP devolvió el texto al escenario con respeto, claridad y actualidad. Una producción que no solo honra el texto original, sino que lo celebra con vida propia; un recordatorio vibrante de por qué Manteca sigue siendo una joya necesaria en nuestro teatro caribeño
