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La mayoría de quienes sostienen una bandera arcoíris en la actualidad probablemente nunca escucharon hablar de él. Aun así, su legado sigue presente cada vez que esos colores aparecen en una calle, una plaza o un espacio comunitario
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
Cada vez que llega junio, la bandera arcoíris vuelve a ocupar espacios visibles. Aparece en una ventana del Viejo San Juan, en una universidad, en una marcha multitudinaria o en la puerta de una pequeña organización comunitaria. La vemos tanto que resulta fácil olvidar que hubo un momento en que no existía.
Hubo un tiempo en que aquellos colores no representaban nada porque todavía no habían sido unidos en una misma tela.
La historia nos ha acostumbrado a recordar los grandes acontecimientos y a olvidar a quienes construyeron los símbolos que terminaron sobreviviendo a esos mismos acontecimientos. Gilbert Baker pertenece a esa categoría de personas.
Cuando comenzó a trabajar en el diseño de la primera bandera arcoíris, el movimiento por los derechos de las personas LGBTQ+ ya llevaba años abriéndose paso en medio de prejuicios, exclusiones y una profunda resistencia social. Existían organizaciones, líderes y activistas. Existía una lucha que había costado empleos, familias, seguridad personal y, en demasiados casos, la propia vida.
Lo que no existía era una imagen capaz de reunir toda aquella experiencia humana.
Baker entendió algo que muchas veces pasa inadvertido. Las personas necesitan verse reflejadas. Necesitan reconocerse. Necesitan encontrar señales que les recuerden que forman parte de una historia compartida.
Por eso la bandera que presentó en 1978 fue mucho más que una propuesta gráfica. Aquella pieza de tela nació para ocupar el espacio público y decir algo que durante demasiado tiempo había sido negado: estamos aquí.
Casi cinco décadas después, sigue resultando impresionante pensar que uno de los símbolos más reconocibles del mundo contemporáneo surgió del trabajo artesanal de un artista y un grupo de voluntarios que pasaron horas cortando, tiñendo y cosiendo telas en San Francisco.
Ninguno de ellos podía saber lo que vendría después.
No podían anticipar que aquellos colores cruzarían fronteras, idiomas, culturas y generaciones. Tampoco que llegarían a países donde las personas LGBTQ+ continuaban enfrentando persecución, criminalización o violencia.
Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió.
Con el paso de los años la bandera cruzó las calles de San Francisco y comenzó a aparecer en ciudades donde muchas personas enfrentaban desafíos muy distintos, pero compartían una experiencia similar: la necesidad de ser reconocidas con dignidad. Terminó formando parte de marchas, organizaciones comunitarias, espacios culturales, universidades y movimientos sociales en distintas partes del mundo. Para muchos se convirtió en una manera de reconocerse dentro de una historia común cuando todavía resultaba difícil encontrar esa representación en otros lugares.
Con el paso de los años aparecieron nuevas versiones. Algunos colores fueron modificados. Otros se incorporaron para reflejar realidades que reclamaban visibilidad dentro de la propia diversidad humana. Las transformaciones llegaron porque las sociedades cambian y porque las comunidades también aprenden a mirarse a sí mismas de manera más amplia.

Sin embargo, permanece la idea que dio origen a aquel primer diseño: ofrecer visibilidad a una comunidad que durante demasiado tiempo había sido empujada hacia los márgenes.
Quizás por eso la bandera provoca reacciones tan distintas incluso hoy. Para algunas personas representa una celebración. Para otras, una reivindicación. Hay quienes la observan y recuerdan amistades, familiares o etapas de su propia historia. También existen quienes continúan sintiéndose incómodos ante lo que simboliza.
Las discusiones cambian según la época. Lo que permanece es la capacidad de ese símbolo para generar conversación sobre la dignidad humana y sobre el derecho de cada persona a ocupar un lugar dentro de la sociedad sin tener que renunciar a quien es.
Gilbert Baker murió en 2017.
La mayoría de quienes sostienen una bandera arcoíris en la actualidad probablemente nunca escucharon hablar de él. Aun así, su legado sigue presente cada vez que esos colores aparecen en una calle, una plaza o un espacio comunitario.
Aquella bandera que ayudó a crear junto a un grupo de voluntarios nació entre telas teñidas a mano, horas de trabajo artesanal y máquinas de coser funcionando sin imaginar el alcance que tendría aquel proyecto. Décadas después, sigue siendo uno de los símbolos más reconocidos del mundo contemporáneo.
En tiempos donde abundan las figuras públicas que buscan dejar su nombre grabado en la historia, la trayectoria de Baker recuerda algo diferente. Los cambios duraderos no siempre nacen en los lugares donde se concentra el poder. A veces comienzan en espacios modestos, impulsados por personas capaces de identificar una necesidad colectiva y darle una forma visible.
Y quizás esa sea la razón por la cual aquellos colores continúan acompañando a millones de seres humanos alrededor del mundo.
Porque antes de convertirse en una bandera, fueron una respuesta a la invisibilidad.
