Share This Article
Gay, lesbiana, bisexual, pansexual, queer… Las palabras nos dieron identidad, comunidad y poder político. Ahora, una propuesta provocadora plantea que también pueden ponerle fronteras al deseo. ¿Liberarnos de ellas nos haría más libres, o más vulnerables?
SAN JUAN, Puerto Rico
Redacción Pride Society Magazine
Durante décadas, encontrar la palabra correcta podía cambiarle la vida a alguien. Gay, lesbiana, bisexual, trans, queer, pansexual, asexual: términos que ayudaron a millones de personas a entender lo que sentían y, sobre todo, a descubrir que no estaban solas. Alrededor de esas palabras se construyeron comunidades, movimientos, organizaciones y luchas por derechos que transformaron sociedades enteras.
Pero las mismas palabras que nos liberaron también pueden quedarse cortas para describir algo tan complejo como el deseo. Esa es la premisa detrás de una propuesta provocadora del académico Brandon Andrew Robinson: imaginar un mundo sin identidades sexuales. No porque desaparezcan la sexualidad, el género o la atracción, sino porque dejemos de depender de categorías rígidas para organizarlos.
Robinson, profesor de Estudios de Género y Sexualidad en la Universidad de California en Riverside, desarrolla la idea en Trans Pleasure: On Gender Liberation and Sexual Freedom (University of California Press, febrero 2026). El libro estudia las experiencias sexuales, románticas y afectivas de mujeres trans y personas femme, y plantea que las categorías tradicionales de orientación sexual pueden limitar a quién deseamos y por qué.
Es un planteamiento que toca fibra dentro de la comunidad LGBTQ+. Si llevamos tanto tiempo luchando por el derecho a decir quiénes somos, ¿por qué querríamos dejar de hacerlo? La respuesta no es sencilla: las etiquetas pueden ser, al mismo tiempo, herramientas de liberación y fronteras que intentan ordenar algo demasiado complejo para caber en una palabra.
El problema de meter el deseo en una caja
El deseo casi nunca es tan preciso como un formulario. Un hombre gay puede haber sentido atracción por una mujer alguna vez; una persona bisexual puede sentir cosas distintas según el género de quien tiene enfrente; alguien heterosexual puede haber tenido una fantasía que no encaja del todo con esa palabra. Hay quienes tardan años en encontrar el término que finalmente los describe, y quienes simplemente no sienten la necesidad de explicarse.
La proliferación de palabras —bisexual, pansexual, queer, asexual y muchas más— responde a ese intento de nombrar una diversidad que las categorías tradicionales no siempre alcanzan a capturar. Para Robinson, sin embargo, que sigamos inventando términos es también la prueba de que ninguno logra contener toda la complejidad del deseo. Su argumento: las identidades sexuales suelen organizarse alrededor del género y los genitales, y al hacerlo, limitan lo que somos capaces de imaginar sobre la conexión, el amor y el placer.
Eso no significa que un hombre gay deba sentirse atraído por una mujer, ni que una lesbiana tenga que cuestionar su lesbianismo. El planteamiento es otro: cuánto de lo que consideramos posible está condicionado por las categorías con las que aprendimos a interpretar el deseo, y si una etiqueta que en algún momento nos ayudó a entendernos puede terminar imponiendo límites que nunca nos detuvimos a cuestionar.
El cuerpo que suponemos detrás de una palabra
La conversación se vuelve más compleja cuando entran las personas trans. Robinson basa su libro en entrevistas con 48 mujeres trans y personas femme en Estados Unidos, además de cientos de conversaciones analizadas en Reddit. De ahí surge el concepto de sexual cissexism: la manera en que nuestros deseos pueden reproducir la idea de que los cuerpos cis son la norma y, por extensión, los únicos naturalmente deseables.
Es un territorio que la conversación LGBTQ+ no siempre aborda cómodamente: la relación entre orientación sexual, identidad de género, anatomía y deseo. Decir “soy gay” o “soy lesbiana” comunica algo rápido sobre nosotros, pero también puede activar suposiciones sobre el cuerpo de quienes podemos desear. Robinson pregunta si esas asociaciones tienen que funcionar necesariamente así.

Según su investigación, las mujeres trans y personas femme suelen quedar atrapadas entre dos extremos: la hipersexualización, que las convierte en fantasía, o el descarte total como posibles parejas. En ambos casos, las categorías que organizan el deseo alrededor de ciertos cuerpos terminan ocultando a la persona detrás de ellos.
Por eso Trans Pleasure intenta correr la conversación del sufrimiento hacia algo que ha recibido menos atención: el placer. Robinson quería ir más allá de los relatos centrados en discriminación y violencia, y explorar también las citas, los encuentros sexuales y las relaciones de estas mujeres. Ese giro —de la supervivencia al deseo— es el corazón de su argumento.
Las etiquetas también nos dieron comunidad
Aquí el planteamiento choca con una contradicción difícil de esquivar. Las etiquetas no solo levantan fronteras: también construyen pertenencia. Encontrar palabras como gay, lesbiana, bisexual o trans le permitió a muchísima gente entender experiencias que antes vivía en aislamiento, y encontrar comunidades donde no hacía falta explicarse constantemente.
Las categorías también convirtieron experiencias individuales en problemas colectivos. Gracias a ellas se pueden recopilar estadísticas, documentar discrimen, identificar desigualdades y exigirle respuestas al Estado. Para demostrar que una población está siendo atacada, primero hay que poder nombrarla.
Ese poder político explica buena parte de la incomodidad que genera la propuesta de Robinson. La comunidad LGBTQ+ se organizó justamente a partir de identidades compartidas, y convirtió palabras que antes eran insultos en símbolos de orgullo. Desprenderse de ellas no es solo cambiar de vocabulario: es tocar una de las bases sobre las que se construyó el movimiento.
La paradoja del momento
La discusión se complica todavía más por el momento político. Mientras Robinson propone cuestionar las categorías desde la liberación sexual, sectores conservadores en Estados Unidos intentan borrar las referencias institucionales a orientación sexual, identidad de género y diversidad LGBTQ+. Hablar de abandonar las etiquetas justo cuando esas mismas palabras están bajo ataque puede sonar, a primera vista, como una invitación a desarmarnos.
Robinson rechaza esa equivalencia. Según él, el ataque conservador contra las políticas de identidad no elimina las identidades: privilegia unas sobre otras. Detrás de esa supuesta neutralidad hay una apuesta clara por una identidad blanca, cisgénero, heterosexual y cristiana que sigue funcionando como la norma, mientras el resto se presenta como lo particular, lo problemático o lo prescindible.
La diferencia es de fondo. Abandonar una categoría por decisión propia, porque ya no describe tu sexualidad, no es lo mismo que un gobierno o una mayoría social elimine esa categoría para negarte reconocimiento. Una cosa amplía posibilidades; la otra reduce derechos. Aun así, queda la pregunta de cuánto podemos prescindir de las identidades mientras sigan existiendo desigualdades construidas alrededor de ellas.
De la identidad a las alianzas
Robinson va más allá del sexo y el deseo para cuestionar también la política construida exclusivamente alrededor de identidades. Plantea que una política más amplia podría organizarse alrededor de relaciones de poder e intereses compartidos, y así permitir coaliciones entre grupos que no usan las mismas etiquetas.
La autonomía corporal es un buen ejemplo. Los derechos reproductivos y los derechos trans suelen presentarse como asuntos de comunidades distintas, pero ambos giran en torno a la misma pregunta: quién decide sobre nuestros cuerpos. Robinson ve ahí una posible alianza entre quienes luchan por la autonomía corporal trans y quienes luchan por la justicia reproductiva.
La idea tiene raíces en el pensamiento queer. En 1997, la politóloga Cathy Cohen cuestionó en su ensayo Punks, Bulldaggers, and Welfare Queens una política queer construida sobre la simple oposición heterosexual/queer, que según ella dificultaba alianzas entre grupos marginados por razones distintas. Casi treinta años después, Robinson retoma esa discusión para preguntarse si las identidades que hicieron posible la organización LGBTQ+ también pueden estar limitando nuevas formas de acción política.
Una palabra no puede explicarlo todo
Dentro de la propia comunidad LGBTQ+ nunca ha habido consenso sobre las palabras. Algunas personas llevan su identidad con orgullo, otras usan varias a la vez, otras cambian de término según van entendiéndose mejor. Y hay quienes prefieren queer precisamente porque ninguna categoría más específica les queda bien.
Cada nueva etiqueta se puede leer de dos maneras: como prueba de que cada vez reconocemos experiencias que antes eran invisibles, o como respaldo a la pregunta de Robinson sobre si alguna clasificación podrá contener todas las variaciones del deseo humano. Un término nuevo puede ser justo la palabra que alguien necesitaba, sin que eso signifique que esa palabra explica todo lo que esa persona es.
Ahí puede estar la reconciliación entre posturas que parecen incompatibles. Una etiqueta puede servir para identificarnos social y políticamente sin tener que describir cada matiz de nuestro deseo; puede ayudarnos a encontrar comunidad sin volverse una frontera; puede importarnos en una etapa de la vida y dejar de importarnos en otra. El problema no está en usar etiquetas, sino en pedirle a una sola palabra que explique a una persona completa.

¿Un mundo sin gay ni straight?
Robinson imagina que soltar las categorías sexuales nos permitiría vivir el cuerpo y el deseo con más libertad y menos vergüenza. En ese mundo hipotético, la atracción no empezaría verificando si alguien encaja en la identidad que elegimos para nosotros mismos. Las conexiones nacerían del interés entre dos personas, sin que una categoría decidiera de antemano quién puede ser una posibilidad afectiva o sexual.
Es una visión atractiva, pero también implica pérdidas reales. Gay nunca ha significado solamente con quién se acuesta un hombre, y lesbiana nunca ha descrito únicamente a qué mujeres desea otra mujer. Esas palabras cargan historia: movimientos, espacios de encuentro, familias escogidas, literatura, música, códigos, persecución, humor, pérdidas, generaciones enteras que tuvieron que inventarse maneras de encontrarse cuando eso podía costarles el trabajo, la familia o la vida.
Por eso borrar una palabra del vocabulario del deseo sería mucho más fácil que borrar todo lo que esa palabra llegó a representar. Las mismas etiquetas que pueden limitarnos son las que convirtieron experiencias privadas en identidades colectivas capaces de exigir espacio, reconocimiento y derechos.
Quizás la pregunta más útil no sea si hay que abolir las etiquetas, sino cuánto poder queremos darles. Podemos ser gays, lesbianas, bisexuales, trans, pansexuales, queer o cualquier otra cosa, y a la vez saber que ninguna palabra nos contiene por completo. Que nos ayuden a decir quiénes somos, sin que se conviertan en instrucciones sobre todo lo que podemos sentir.
Después de décadas peleando por el derecho a nombrarnos, el próximo reto no sería borrar esas palabras, sino evitar que se vuelvan nuevas fronteras. Que podamos elegirlas, reivindicarlas, cambiarlas o prescindir de ellas — sin olvidar que las etiquetas deberían ser nuestras, y no al revés.
EN RESUMEN
📘 Brandon Andrew Robinson propone en Trans Pleasure (UC Press, 2026) imaginar un mundo sin identidades sexuales fijas: no eliminar el deseo, sino dejar de organizarlo alrededor de categorías rígidas.
🏳️⚧️ Su investigación con 48 mujeres trans y personas femme plantea el concepto de sexual cissexism: cómo el deseo puede asumir el cuerpo cis como norma.
🏷️ El planteamiento genera tensión porque las etiquetas también han dado comunidad, visibilidad y poder político a las personas LGBTQ+.
⚖️ Robinson distingue su propuesta del ataque conservador contra las políticas de identidad: abandonar una categoría por elección propia no equivale a que el poder la borre para negar derechos.
🤝 Propone una política basada en relaciones de poder e intereses compartidos, capaz de crear alianzas más allá de las etiquetas.
💡 La idea final: que las etiquetas nos pertenezcan a nosotros, y no nosotros a ellas.

