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Historias como esta han sido silenciadas, minimizadas o apartadas de los relatos oficiales, como si nunca hubieran sucedido. Sin embargo, forman parte de lo que vivió nuestra comunidad LGBTQ+ en Cuba
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
La Habana, 11 de octubre de 1961. Habían transcurrido menos de tres años desde el triunfo de la mal llamada revolución cubana cuando las autoridades emprendieron una redada policial que pasaría a la historia como la Noche de las Tres P. El operativo se desarrolló en distintas zonas de la capital, particularmente en el barrio de Colón, y dejó una huella dolorosa en la historia de la comunidad homosexual cubana.
Las tres P correspondían a prostitutas, proxenetas y pederastas, según recogen diversas investigaciones. En el habla popular cubana, sin embargo, a los hombres homosexuales se les llamaba despectivamente pájaros. La diferencia merece atención. Mientras esta última expresión reflejaba prejuicios arraigados en la sociedad, el término pederastas aparecía asociado a una clasificación represiva que confundía la homosexualidad con el abuso sexual de menores. Aquella falsa equivalencia contribuía a presentar a estos hombres como individuos peligrosos y facilitaba que el rechazo social encontrara respaldo en las actuaciones policiales.
Cuba vivía entonces profundas transformaciones. El nuevo gobierno prometía justicia e igualdad, pero sus aspiraciones de construir una sociedad diferente convivían con una vigilancia cada vez mayor sobre la conducta individual. La sexualidad, las relaciones afectivas y las expresiones de masculinidad comenzaron a utilizarse para determinar quién respondía al modelo de ciudadano que las autoridades consideraban aceptable.
La discriminación contra los homosexuales no había comenzado en enero de 1959. El machismo y los prejuicios formaban parte de la sociedad cubana desde mucho antes. La diferencia fue que, durante aquellos primeros años, esas actitudes encontraron nuevas formas de legitimación institucional, hasta convertir el señalamiento social en motivo de intervención policial.
Entre los detenidos estuvo Virgilio Piñera, una de las figuras fundamentales de la literatura cubana del siglo XX. Su arresto ocurrió el 12 de octubre, al día siguiente de la redada. Permaneció brevemente bajo custodia y su experiencia quedó documentada gracias a las investigaciones sobre su vida y obra.
Pero ¿qué ocurrió con los demás? Piñera tenía un nombre conocido y una trayectoria intelectual que permitió conservar el recuerdo de su detención. Muchos otros carecían de esa visibilidad. Eran ciudadanos comunes, hombres y mujeres cuyas experiencias apenas aparecen en los relatos históricos. Desconocemos cuántos enfrentaron consecuencias familiares, laborales o sociales después de aquella operación.
La redada también revela cómo las autoridades reunieron bajo una misma clasificación moral situaciones completamente distintas. La prostitución, el proxenetismo y la homosexualidad fueron tratados como manifestaciones de una supuesta desviación social, sin establecer diferencias entre actividades que podían estar sujetas a sanciones legales y una orientación sexual que no constituía, por sí misma, un daño contra nadie.
Durante aquellos años, la persecución de personas homosexuales también ocurría en Estados Unidos y en otros países latinoamericanos. Reconocerlo permite comprender el contexto de una época marcada por la intolerancia, pero no disminuye la responsabilidad del gobierno cubano por sus decisiones ni por las consecuencias que tuvieron sobre quienes fueron detenidos.
Historias como esta han sido silenciadas, minimizadas o apartadas de los relatos oficiales, como si nunca hubieran sucedido. Sin embargo, forman parte de lo que vivió nuestra comunidad LGBTQ+ en Cuba. Muchas personas crecieron aprendiendo que debían esconder su orientación sexual, medir sus palabras y evitar cualquier comportamiento que pudiera despertar sospechas. Para ellas, el miedo no era una idea abstracta, sino una realidad cotidiana.
Sesenta y cinco años después, las víctimas de aquella redada siguen sin recibir una disculpa pública específica del Estado cubano. Otros episodios de persecución y discriminación tampoco han sido objeto de una reparación pública suficiente. Aunque existieron reconocimientos posteriores de responsabilidades por políticas homofóbicas, estos no sustituyen el reconocimiento particular de quienes sufrieron las consecuencias de aquellas decisiones.
La historia de nuestra comunidad no puede quedar reducida a unas pocas referencias en investigaciones académicas ni depender exclusivamente de los testimonios que consiguieron sobrevivir. También necesitamos conocer los nombres de quienes fueron detenidos, las circunstancias que rodearon sus arrestos y las consecuencias que marcaron sus vidas. Todavía quedan preguntas sin responder y experiencias que merecen ser investigadas.
Las nuevas generaciones cubanas tienen derecho a conocer esta parte de su pasado. No para heredar los enfrentamientos de quienes las precedieron, sino para comprender cómo los prejuicios pueden llegar a convertirse en decisiones institucionales capaces de destruir la tranquilidad y la dignidad de una persona.
La Noche de las Tres P ocurrió hace sesenta y cinco años, pero su significado no pertenece únicamente al pasado. Nos recuerda que una sociedad puede hablar de igualdad mientras excluye a quienes considera diferentes. También nos enseña que los derechos conquistados necesitan ser defendidos, porque ninguna generación está completamente a salvo de repetir los errores de otra.
La memoria histórica exige contar también aquello que incomoda. Si permitimos que estos hechos desaparezcan de nuestra historia, las generaciones futuras conocerán una Cuba incompleta, donde las vidas de quienes fueron perseguidos parecerán no haber existido. Recordar aquella noche es reconocerlos como parte de nuestro pueblo y procurar que nadie vuelva a sufrir semejante persecución por su manera de ser o de amar.
