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Bernarda y Poncia transforman una conversación íntima en un intenso encuentro teatral sostenido por actuaciones magistrales
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
Ocho años después de la muerte de Adela, la casa de Bernarda Alba sigue habitada por aquello que nunca se dijo. Solo quedan dos mujeres frente a los recuerdos y las heridas del pasado. Bernarda y Poncia: ¡Silencio, nadie diga nada!, presentada este pasado sábado en el Teatro Victoria Espinosa de Santurce, como parte del 56.º Festival de Teatro Internacional del Instituto de Cultura Puertorriqueña, imagina qué ocurrió después del drama de Federico García Lorca.
Pilar Ávila comenzó a escribir esta continuación en 2018, según su página oficial. Más adelante, el confinamiento de 2020 abrió una pausa en las representaciones de La casa de Bernarda Alba y le permitió profundizar en las preguntas que sus personajes le provocaban. Estrenada en España en 2021, bajo la dirección de Manuel Galiana, la propuesta ha seguido presentándose y ha recorrido distintos escenarios.
El libreto merece tanta atención como sus intérpretes. Ávila no se limita a prolongar una historia conocida: construye un enfrentamiento entre dos mujeres unidas por décadas de convivencia, pero separadas por su posición social y las cuentas pendientes. Sus diálogos alternan reproches, confidencias y revelaciones, y dejan al descubierto matices que la tragedia original apenas dejaba entrever. La autora consigue que la curiosidad sobre el destino de aquella familia se transforme en interés por lo que sienten quienes sobrevivieron. Lo admirable es cómo consigue mantenernos atentos a una conversación aparentemente cotidiana, en la que cada palabra puede esconder un significado mucho más profundo.
Esta puesta en escena tiene algo verdaderamente especial: está sostenida por dos pilares, literalmente. Pilar Ávila, como Bernarda, y Pilar Civera, en el papel de Poncia, ofrecen interpretaciones extraordinarias. Después de años interpretando a estos personajes de García Lorca, demuestran una complicidad que se refleja en sus miradas, gestos y pausas. Ninguna necesita imponerse sobre la otra para dominar el escenario. Se conocen tan bien que sus respuestas parecen surgir de manera natural, sin perder jamás la intensidad dramática que exige cada encuentro.

Ávila presenta a una Bernarda envejecida, enferma y físicamente debilitada, aunque todavía autoritaria. Civera da vida a una Poncia firme y sensible, capaz de cuidar a su señora sin renunciar a cuestionarla. Esa tensión entre obediencia y franqueza sostiene un intercambio que mantiene la atención sin depender de grandes movimientos.
La acción transcurre durante doce horas. Desde las primeras sombras hasta el final de la jornada, la luz y breves apagones marcan el avance del día. La recurrente pregunta por la hora y el sonido del reloj adquieren cada vez mayor peso: el transcurso de los minutos parece apremiar a ambas protagonistas. Es uno de los recursos más hermosos del montaje, porque logra que el público sienta el paso de las horas y la cercanía de un desenlace inevitable.
La escenografía, reducida a dos butacas, una mesa pequeña, un escritorio y una silla, deja espacio a la imaginación. Las entradas y salidas sugieren rincones de la vivienda que nunca vemos. Destaca la precisión de la regiduría: luces y efectos sonoros entraron exactamente cuando correspondía, haciendo fluidas unas transiciones esenciales para la narración.
Pese a la gravedad del argumento, surgen instantes de humor mediante expresiones que resultan especialmente graciosas para quienes conocen La casa de Bernarda Alba, de García Lorca. En una sala ocupada por más de la mitad de su capacidad, aquellas ocurrencias provocaron risas espontáneas entre espectadores atentos. Es un humor inteligente que no rompe la solemnidad del relato, sino que ofrece pequeños respiros en medio de tanta tensión.
El montaje de Galiana apuesta por la sobriedad y por dejar que palabra e interpretación conduzcan la experiencia. Su presentación en Puerto Rico fue gestionada por Florentino Rodríguez para Teatro Aragua.
Esta continuación no busca reemplazar el desenlace de Lorca, sino imaginar las consecuencias de un mandato que condenó a callar. Al devolver la voz a Bernarda y Poncia, descubre cuánto podía permanecer oculto tras una orden de silencio.
La última función en Puerto Rico será hoy domingo 25 de octubre en el Teatro Victoria Espinosa de Santurce. Una oportunidad para disfrutar de este encuentro teatral llegado de España.
