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En la Isla, miles de adultos mayores LGBTQ+ enfrentan soledad, discriminación y falta de vivienda inclusiva
LOS ÁNGELES, California
Servicios Combinados | Redacción PSM
En Puerto Rico, cada vez más personas mayores LGBTQ+ enfrentan un dilema: cómo envejecer con seguridad, rodeadas de respeto y sin tener que volver al clóset. Aunque en la Isla todavía no existen comunidades de retiro diseñadas específicamente para esta población, experiencias en Estados Unidos muestran que sí es posible vivir la vejez con alegría y paz.
Historias como la de Jan Zivic, de 83 años, y Sylvester Campbell, de 69, ofrecen un retrato honesto de lo que significa encontrar un hogar afirmativo en la vejez. Sus testimonios, desde Palm Springs y San Francisco, resuenan con fuerza para quienes en Puerto Rico sueñan con espacios donde la diversidad sea un valor compartido y no una amenaza.
Jan Zivic: “Estoy feliz porque encontré comunidad”
Zivic pasó gran parte de su vida en San Francisco, donde desarrolló una carrera exitosa en reclutamiento empresarial y formó parte activa de la vida cultural de la ciudad. Tras una caída que la obligó a repensar su estilo de vida, decidió mudarse a Living Out, un complejo de lujo en Palm Springs abierto en 2023.
“Después de una semana y media de prueba, ya estaba convencida. Me dije: ‘Quiero quedarme aquí’. Es un lugar saludable, estimulante y divertido”, recordó.
Living Out ofrece desde piscina y gimnasio hasta un restaurante frecuentado por figuras como Lily Tomlin. Pero, más allá de los lujos, lo que más valora Zivic son las personas que la rodean. “Hay doctores, escritores, cineastas, gente brillante y compasiva. Claro, no todos buscan lo mismo, pero la mayoría queremos seguir viviendo activamente y en comunidad. Eso hace la diferencia”, dijo.

Sylvester Campbell: “Aquí puedo morir en paz”
La experiencia de Campbell fue muy distinta. Tras una vida marcada por mudanzas, empleos diversos y pérdidas dolorosas —incluido un compañero de diez años que murió por complicaciones del VIH—, buscó un lugar donde pudiera ser él mismo.
Su camino lo llevó a Openhouse, un complejo de vivienda subsidiada en el histórico barrio Castro de San Francisco. Conseguir un apartamento no fue fácil: el proceso burocrático tardó años y lo puso en lista de espera más de una vez. Pero al final logró entrar, y describe su hogar como un refugio.
“Estoy bendecido. Aquí tengo privacidad, silencio y, sobre todo, seguridad. No tengo que esconder quién soy. Si muriera mañana, lo haría en paz”, expresó.
Lujo o subsidio, la importancia es pertenecer
Living Out y Openhouse representan dos extremos económicos: mientras una residencia puede costar hasta 7,000 dólares mensuales, la otra se ajusta a los ingresos de quienes viven solo de Seguro Social. Sin embargo, ambas comparten la misma esencia: ofrecer un lugar donde envejecer con orgullo y sin miedo.
Campbell lo resume con franqueza: “No todos somos amigos, pero nos entendemos. Compartimos una historia común”.

Puerto Rico: entre la invisibilidad y la necesidad
En Puerto Rico, el panorama es más complejo. Según proyecciones del Instituto de Estadísticas, para 2050 una de cada tres personas tendrá más de 65 años. Esto incluye a miles de adultos mayores LGBTQ+ que, a diferencia de generaciones anteriores, en muchos casos no cuentan con hijos ni redes familiares tradicionales.
El problema es doble: por un lado, la falta de proyectos de vivienda inclusivos; por otro, la ausencia de protocolos en residencias de ancianos que atiendan la diversidad sexual y de género. Hoy día, los adultos mayores LGBTQ+ en la Isla suelen enfrentar tres escenarios:
- Residencias tradicionales donde vuelven al clóset. Muchos optan por ocultar su orientación o identidad para evitar comentarios hostiles o tratos diferenciados.
- Soledad en sus hogares. Ante el temor al discrimen, algunos prefieren permanecer aislados, lo que aumenta riesgos de depresión, ansiedad y desatención médica.
- Cuidado improvisado por amistades o conocidos. En ausencia de familiares, recurren a “familias escogidas”, que no siempre cuentan con recursos legales ni económicos para ofrecer apoyo estable.
Aunque el gobierno de Puerto Rico ha impulsado programas de vivienda asequible y proyectos de comunidades para personas mayores, ninguno se ha diseñado pensando en la población LGBTQ+. Esto significa que, en la práctica, la Isla va rezagada frente a modelos como Living Out o Openhouse.
El contraste es evidente: mientras en ciudades de Estados Unidos existen iniciativas privadas de lujo y complejos subsidiados, en Puerto Rico aún ni siquiera se ha discutido formalmente la posibilidad de crear espacios afirmativos para mayores queer.
Para una generación que luchó por visibilidad y derechos, el riesgo de envejecer en silencio y sin reconocimiento es una herida abierta. La reflexión que dejan Zivic y Campbell es clara: la felicidad en la vejez no depende de lujos, sino de tener la certeza de pertenecer, ser respetados y no volver nunca más al clóset.
