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Y pido perdón a Dios porque hay quienes opinan sobre Cuba sin haber sentido nunca el miedo real de vivir bajo un sistema donde protestar puede convertir a un adolescente en preso político…
SAN JUAN, Puerto Rico
En Puerto Rico hemos visto estudiantes ocupar universidades, cerrar portones, marchar bajo la lluvia y levantar la voz contra quienes gobiernan. Hemos visto generaciones enteras salir a las calles convencidas de que protestar también es una forma de defender la dignidad humana. Hace apenas algunos años miles de jóvenes puertorriqueños provocaron la salida de Ricardo Rosselló después de semanas intensas de manifestaciones que estremecieron al país. Y aunque hubo tensión, confrontación y momentos difíciles, la mayoría de esos jóvenes regresó a sus hogares, abrazó a sus familias y continuó con sus vidas dentro de un marco democrático donde la protesta sigue siendo reconocida como un derecho.
Por eso el caso de Jonathan David Muir Burgos debería sacudir profundamente la conciencia de Puerto Rico.
Jonathan tiene 16 años. Y detenerse en esa edad no es un detalle menor dentro de esta historia porque no estamos hablando de un hombre adulto ni de un delincuente peligroso. Estamos hablando de un adolescente. Un menor de edad que todavía atraviesa esa etapa compleja de la vida en la que una persona continúa desarrollándose emocional, física y psicológicamente mientras intenta descubrir quién es y cuál será su lugar en el mundo. La Organización Mundial de la Salud sitúa la adolescencia aproximadamente entre los 10 y los 19 años precisamente porque se trata de un período de crecimiento, vulnerabilidad y formación humana.
Sin embargo, hoy Jonathan lleva más de un mes encarcelado en Cuba después de ejercer algo tan básico como el derecho a protestar.
Y algo que no puede pasarse por alto es el contexto que rodea su arresto. Jonathan fue detenido después de las protestas recientes ocurridas en Morón, provincia de Ciego de Ávila, manifestaciones que nacieron en medio del agotamiento social que atraviesa hoy la nación cubana. La falta de electricidad, la escasez de alimentos, la ausencia de agua potable y el cansancio acumulado de vivir entre apagones interminables y necesidades básicas sin resolver terminaron empujando a muchas personas a las calles. No se trató de protestas nacidas desde el privilegio ni desde la comodidad política. Fueron manifestaciones surgidas desde el agotamiento humano de un pueblo que lleva demasiado tiempo sobreviviendo entre carencias.
Ahí es donde muchas veces en Puerto Rico no terminamos de comprender la dimensión real de lo que ocurre dentro de Cuba. Aquí se protesta. Aquí se cuestiona públicamente al poder político. Aquí estudiantes universitarios pueden enfrentarse al gobierno, ocupar espacios públicos y regresar a casa sin terminar encerrados en una prisión de adultos por pensar diferente. Podemos tener desacuerdos políticos intensos, desigualdades profundas y crisis institucionales, pero todavía existe un marco de derechos que mucha gente da por sentado porque nunca ha tenido que vivir bajo otra realidad.
Jonathan no tuvo esa protección.
Jonathan fue enviado a una prisión de mayor rigor siendo apenas un adolescente. Y decirlo así, sin adornos, debería producir escalofríos. Porque una cárcel no es solamente un edificio con barrotes. Una cárcel también es miedo constante, presión psicológica, intimidación, humillación y supervivencia emocional. Mucho más cuando quien entra allí tiene 16 años y debe convivir con adultos dentro de un sistema penitenciario señalado durante años por denuncias de abusos y violaciones de derechos humanos.
La situación se vuelve todavía más preocupante porque Jonathan también enfrenta condiciones médicas delicadas. Según denuncias realizadas por su familia y reportes publicados recientemente, el adolescente padece deshidrosis severa y ha sufrido infecciones bacterianas que anteriormente comprometieron seriamente su salud. Su condición requiere tratamiento adecuado, higiene y atención médica constante, precisamente lo contrario de lo que suele encontrarse dentro del sistema penitenciario cubano.
Hay cosas que incomodan decir públicamente, pero precisamente por eso hay que decirlas. Un menor de edad dentro de una prisión de adultos queda expuesto a riesgos físicos, emocionales y psicológicos enormes. Los conteos diarios, las amenazas, la manipulación y el miedo no desaparecen porque el preso sea adolescente. Y mientras muchas personas discuten ideologías desde la comodidad de otros países, hay una familia cubana imaginando cada noche cómo duerme su hijo dentro de una cárcel.
Porque detrás de Jonathan también hay unos padres.
Jonathan es hijo de un pastor evangélico cubano y resulta imposible no pensar en el dolor de esa familia viendo al más pequeño de la casa encerrado lejos de su protección. La fe no convierte el sufrimiento en algo menos doloroso. La fe no evita que las piernas tiemblen cuando un hijo está preso. Hay una madre que probablemente no duerme tranquila desde hace semanas y un padre intentando sostenerse emocionalmente mientras imagina todo lo que puede enfrentar un adolescente dentro de una prisión de adultos.
Y justamente ahí aparece una de las contradicciones más dolorosas de este tiempo.
Mientras un pastor cubano sufre viendo a su hijo encarcelado, todavía existen líderes religiosos fuera de Cuba que continúan romantizando al régimen cubano desde discursos cómodos y profundamente desconectados de la realidad del pueblo. Hay sectores religiosos que hablan constantemente de justicia social y dignidad humana mientras guardan silencio frente a adolescentes encarcelados, frente a familias destruidas por la represión y frente a generaciones enteras obligadas a sobrevivir entre miedo, escasez y censura.
Lo digo con profundo dolor como cubano.
Muchos no saben lo que hablan.
Y pido perdón a Dios porque hay quienes opinan sobre Cuba sin haber sentido nunca el miedo real de vivir bajo un sistema donde protestar puede convertir a un adolescente en preso político.
Cuba no necesita lástima. Cuba no necesita discursos románticos ni turistas ideológicos fascinados con una revolución que hace años dejó de parecerse a la vida cotidiana del pueblo cubano. Cuba necesita dignidad humana. Necesita derechos. Necesita libertad para sus hijos. Necesita que sus adolescentes puedan crecer sin miedo a terminar encarcelados por levantar la voz.
Porque ningún sistema político tiene derecho a destruir emocionalmente a un menor de edad. Ninguna ideología puede estar por encima de la vida humana. Y ninguna iglesia que hable de verdad, justicia y amor al prójimo debería permanecer en silencio mientras un muchacho de 16 años duerme cada noche dentro de una prisión cubana.
