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Una mirada externa adicional habría podido afinar algunos momentos de la obra
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
Ganadora del Certamen de Dramaturgia 2025 del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), La Cacería, escrita y dirigida por Jorge González, tuvo su estreno mundial este fin de semana en el Teatro Victoria Espinosa como parte del 63er Festival de Teatro Puertorriqueño del ICP. El premio confirma la solidez del texto, y en escena González asume el doble rol con coherencia, aunque una mirada externa adicional habría podido afinar algunos momentos.
La última función, celebrada el domingo a las 6:00 p.m., tuvo energía de cierre. El formato experimental del teatro acercó al público al escenario, eliminando toda distancia cómoda y haciendo que cada silencio se sintiera compartido.
La obra comienza con humor, especialmente en la interacción entre Pablo (Yuseff Soto) y su hija Isla (Wilmylied López), quienes regresan de una protesta. Ese inicio ligero provoca risas naturales, pero el tono evoluciona hacia una tensión más marcada, donde las posturas ideológicas y los conflictos personales comienzan a pesar.
Ahí es donde La Cacería conecta con el Puerto Rico actual. Desarrollo turístico, luchas ambientales y diferencias generacionales atraviesan la historia. Aunque podría sentirse situada en un futuro cercano, su conflicto está claramente anclado en el presente.
La obra aborda múltiples conflictos —familiares, legales e ideológicos— y no todos se desarrollan con la misma profundidad. Algunos quedan apenas insinuados, lo que aporta dinamismo, pero también deja la impresión de que una mayor concentración temática habría fortalecido el impacto.




En el plano actoral, el elenco sostiene la propuesta con compromiso. Yuseff Soto construye un Pablo humano y contradictorio, un padre recién divorciado que intenta sostener su discurso ideológico mientras enfrenta sus propias fragilidades. Su trabajo evita que el conflicto se quede solo en debate y lo convierte en experiencia íntima.
Wilmylied López, quien interpreta a Isla, la hija, aporta firmeza y vulnerabilidad. Su personaje queda en el centro de un conflicto ético importante, y la actriz sostiene esa tensión con equilibrio. La química entre padre e hija se convierte en uno de los motores dramáticos más efectivos del montaje.
Jacqueline Duprey (Gloria) y Mario Roche (Miguel), actores consagrados, ofrecen interpretaciones sólidas y bien medidas. Aris Mejías, como Olivia, impulsa decisiones que alteran el rumbo de la historia y activa uno de los ejes más controversiales del texto. Eunice Jiménez, como Laura, aporta el balance necesario, permitiendo que la tensión respire en momentos clave.
El área técnica cumple con sobriedad. El diseño de luces de Pamela López acompaña sin imponerse, el maquillaje de Enrique Marley refuerza el realismo y la utilería de Guiseppe Vázquez sostiene con naturalidad el entorno doméstico.
La escenografía de José L. Gutiérrez fue uno de los aciertos del montaje. La sala, delimitada por marcos azules y una biblioteca central, construye un espacio creíble y simbólico donde las ideas chocan en un entorno doméstico reconocible.
El silencio se mantuvo hasta el final, cuando el aplauso llegó como acumulación de todo lo vivido en escena. La Cacería no ofrece respuestas fáciles; expone cómo las luchas colectivas penetran lo íntimo y cómo, en medio del discurso político, siguen latiendo contradicciones humanas.
