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Este texto es uno que confronta la memoria colonial desde el cuerpo y la escena
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Ilia Ballester, para Pride Society Magazine
No es secreto que durante muchos años hemos sido el conejillo de indias de la nación americana y que el teatro sirve como instrumento educativo para persuadir, convencer y conmover. En ese espíritu temático, el pasado fin de semana se presentó en el Teatro Francisco Arriví la obra Las Borinqueñas. Escrita por el dramaturgo Nelson Díaz Marcano y dirigida por la actriz Yamaris Latorre, esta fue una propuesta de la compañía Boundless Theatre Company, bajo la dirección ejecutiva de María Cristina Fusté.
Es una pieza basada en hechos reales, enmarcada desde los años 1948-1960, que narra la historia de las pruebas de experimentación previas a la aprobación de los anticonceptivos. Presenta un contexto histórico-político desde la eliminación de los arrabales, la guerra de Corea, la Ley de la Mordaza, la revuelta nacionalista, la emigración del campo a la ciudad auspiciada por el entonces gobernador Luis Muñoz Marín y el establecimiento en residenciales públicos. Coincidió también con la emigración de los boricuas a los Estados Unidos, en la era de la industrialización; la invención del televisor y enseres eléctricos que supuestamente le facilitarían la vida a las mujeres; las estrategias de planificación familiar, el modelo de familia nuclear, los procesos antiéticos en el sistema de salud, el famoso Proyecto de Control de Natalidad y sus efectos en las mujeres puertorriqueñas. El texto está fundamentado en investigaciones y pietajes reales de dicha época.
La obra contó con la participación de estudiosas teatristas, como Anoushka Medina (Fernanda), quien hizo un papel sumamente creíble, sublime y hermoso. Demostró disciplina y talento para hacer que el público empatizara con su trasfondo. Caracterizó a una mujer lesbiana que tuvo que ser todo lo que la sociedad y su hermana le exigían con tal de mantenerse viva. Fue madre, esposa de un hombre machista, ama de casa. Siendo una de las mentes más brillantes de todo el “caserío”, no tuvo el privilegio de estudiar en la universidad. Ella es la soñadora, la amorosa, la madre ejemplar y el chivo expiatorio.











Mariana Monclova (María) demostró disciplina, una dicción y proyección impecables. Logró transmitir la indignación, desolación, el amor y la pasión que cargaba su personaje. Representó a un personaje con dramatizaciones creíbles y parlamentos que provocaban piel de gallina a cualquier espectador. Representa a toda mujer que ha decidido trazar su camino, la que no deja que la sociedad la controle. Le dio vida a un personaje con ideologías nacionalistas bien claras, valiente y de sexualidad lésbica.
Camila Monclova (Rosa) fue la chispa de la obra, la seductora, que ama ser mujer, madre y coqueta. Llevó el ritmo de la obra con la jovialidad que la caracteriza y mucho talento para el baile y su expresión corporal.
Yadilyz Barbosa Nieves (Chavela) fue la “bochinchera”, la mujer que ama a su hombre, la que no se puede resistir, la que ha parido en repetidas ocasiones, la multifacética, la emprendedora y la fajona. Es una actriz con un dominio para los acentos, con buen ritmo, cadenciosa y sabe adentrarse en cada uno de sus personajes.
Eunice Jiménez Emmanueli (Yolanda) fue la hermana que pudo estudiar y terminar su carrera de enfermería, la que le tocó continuar criando a sus hermanas. Su personaje es matriarcal, machista y feminista, algo contradictorio. Demostró cualidades histriónicas y mucha fuerza en su carácter. José Eugenio Hernández (Locutor/Pablo) demostró excelente oratoria y dominio de su proyección escénica. Nancy Millán (Edris Rice-Wray) personificó a la primera mujer encargada de una clínica de planificación familiar en la Isla. Tuvo una dicción de excelencia y pudo llevar bastante bien la transición entre ambos idiomas.
La escenografía, por Gerardo Díaz Sánchez, fue realista e inspirada en la vida en los residenciales de esa época. El diseño de vestuario, a cargo de Abigail Vargas, evidenció el trabajo investigativo con un vestuario bastante alineado a cada una de las épocas del Puerto Rico de antaño. El diseño de luces, por Pamela López Maldonado, muy bien logrado. La música y el sonido, a cargo de José Chenan Martínez, recrearon los hits radiales de esa época en voz de Rafael Hernández, Tito Rodríguez, Sylvia Rexach y Mirta Silva. El diseño de proyección de Milton Cordero fue un trabajo excepcional en cuanto a pietajes, atmósferas reales de sangre, etc. La utilería, de Gregorio Barreto, y la diseñadora asistente Kassandra Rodríguez fueron los encargados de transportarnos al ambiente de la obra, mientras el maquillaje y peinados, por Ybelka Hurtado y asistente Ricky Diadoné (maquillador), definieron la época y clase social con un trabajo realista. La coreógrafa fue Karen Camacho, encargada de enmarcar todos los movimientos en escena, fue un trabajo seductor.
Puerto Rico hace buen teatro, de igual o mayor calidad que el internacional. Les insto a que sigan el trabajo de esta compañía. Este fue un trabajo de altura que nos dejó con ganas de más y tiene el potencial para convertirse en una serie histórica.
