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Es un texto que no presenta la miseria como destino inevitable
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
El Departamento de Drama y el Taller de Teatro Experimental de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, presentó en el Teatro Julia de Burgos la obra Moscas y Milagritos, del dramaturgo peruano Carlos Alcalde, bajo la dirección de Nicolás Luzzi Traficante. La pieza forma parte de la temporada 2025–2026 titulada Teatro y Violencia y propone una mirada profunda —a veces dolorosa, a veces luminosa— sobre la vida en un barrio marginado de cualquier ciudad latinoamericana.
Moscas y Milagritos arma un mosaico de vidas que conviven en un mismo patio: historias fragmentadas de Matilde, Sara, Piojo, vecinas, policías, comerciantes, borrachos y otros personajes que retratan un microcosmos de desigualdad y abandono. En ese espacio mínimo —un callejón o patio suburbano— se desarrollan conflictos de violencia doméstica, abuso infantil, corrupción, trata humana, pobreza y desesperanza, pero también actos mínimos de ternura. El texto no presenta la miseria como destino inevitable; el humor y la ironía aparecen como mecanismos de resistencia frente a la brutalidad del entorno. Las “moscas” simbolizan la persistencia de lo desagradable, mientras que los “milagritos” representan esos gestos que, sin cambiar el mundo, permiten seguir respirando.
El elenco estudiantil demuestra compromiso y una energía constante en escena. Siempre es grato ver estas producciones en las que el elenco joven lo da todo. Deyaniera Medina Colón, como Matilde, logra un trabajo lleno de sensibilidad y verdad; su presencia sostiene el corazón emocional de la obra con una mezcla de inocencia y coraje. Arneris D. Echevarría Pagán, en el papel de Piojo, aporta ritmo, humor y espontaneidad, convirtiéndose en un respiro dentro del drama sin perder profundidad. Por su parte, Michael Rivera Pérez asume con acierto varios roles —Policía 1, Marido, Viejo y Capataz— mostrando versatilidad y dominio escénico en cada aparición. El resto del reparto —Alejandro J. Roqué Vega, Camila S. Méndez Matos, Christopher “Christa” Romero Córdova, Jeirialis D. García Rodríguez, Juan J. Orla Meléndez, Quiarys Rivera González y William H. Laureano Meléndez— completa el cuadro coral con actuaciones sólidas, bien trabajadas y coherentes con la visión de conjunto que plantea el director.




La dirección de Nicolás Luzzi Traficante enfrenta una pieza compleja por la cantidad de personajes y situaciones. Esta obra tiene la dificultad de reunir muchas voces en un mismo espacio, y el director optó por asignar varios de esos papeles a cada actor. Esa decisión mantiene el ritmo y aprovecha al máximo el elenco, pero también puede hacer difícil seguir la historia cuando un personaje no está bien definido o diferenciado del anterior. Además, parte del libreto se mantuvo en su versión original peruana, con vocabulario y referencias locales —como el uso de su moneda— mientras que en otros momentos se adaptó al habla puertorriqueña. Ese contraste, junto con el hecho de que algunos intérpretes hablan en tono boricua y otros con acento sudamericano, provoca cierto desenfoque que rompe la unidad del montaje.
Sin embargo, Luzzi acierta al romper la cuarta pared e invitar al público a ser parte activa de la obra. En varios momentos, los actores conversan directamente con los espectadores y los incluyen en la acción, logrando que la experiencia se sienta más cercana, espontánea y totalmente experimental.
A nivel técnico, la producción demuestra el cuidado que caracteriza los proyectos del Departamento de Drama. El diseño de escenografía e iluminación, a cargo de Nicolás Luzzi Traficante y Adriana Desardén, crea atmósferas convincentes sin recurrir al exceso. Quiero darle una ovación de pie al diseño, montaje y manejo de las luces, que convierten el espacio en múltiples áreas de trabajo para los actores y realzan cada cambio de tono en la obra.
El vestuario de Miguel Vando define bien las condiciones sociales de los personajes y aporta textura visual a la puesta. La dirección técnica de Ariel Cuevas y la asesoría de Efraín Piñeiro se reflejan en la precisión de los cambios y el orden del montaje. La utilería y tramoya, a cargo de Laura Colón Trinidad, Hermione Díaz Piño, Gerardo Cintrón, Andrea Nieves y Sofía Rodríguez de la Cruz, proporcionan a los actores todo lo necesario para cada escena, con gran atención al detalle. El maquillaje de Nyah Ortiz y su asistente Víctor José García Pérez cumple una función práctica, aunque limitada: al tener actores que interpretan personajes jóvenes y ancianos, el resultado es más neutro y no siempre ayuda a diferenciarlos. En conjunto, el equipo técnico logra sostener el peso visual y rítmico de una obra tan exigente como esta.
Aun así, Moscas y Milagritos tiene algunos puntos débiles. A veces el ritmo se siente cortado y algunas escenas no fluyen con la misma fuerza que otras. Hay momentos en que la historia parece perder el hilo y ciertas transiciones se ven bruscas. Algunas escenas de violencia impresionan, pero no siempre logran conectar del todo con el público. El humor, aunque necesario, por ratos se siente forzado, como si se usara solo para aligerar lo que ocurre en escena. Además, algunos personajes secundarios caen en estereotipos conocidos —el borracho, la prostituta, el policía abusivo— y podrían haberse desarrollado un poco más para darles más verdad y profundidad.
Al finalizar, Moscas y Milagritos deja una sensación de desconsuelo, pero también una chispa de esperanza. En medio de tanto dolor, aparecen gestos mínimos de ternura: una mirada, una palabra, un sueño infantil que se niega a morir. La obra no ofrece soluciones, pero sí provoca reflexión. Nos recuerda que la miseria también tiene voz, y que escucharla, aunque duela, sigue siendo un acto de humanidad.
Esta producción continúa en cartelera hasta el 26 de octubre, con funciones de martes a sábado a las 8:00 p.m. y domingos a las 4:00 p.m. Como siempre, estas presentaciones son libres de costo, pero cuentan con un donativo sugerido de $10. Date la oportunidad de conocer a estos nuevos actores y actrices en una puesta que, desde su mirada latinoamericana, combina denuncia, emoción y riesgo escénico.
