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Elizabeth Torres utilizó imágenes de Antonella Martínez para cuestionar públicamente su identidad y alimentar un escrutinio que ninguna mujer debería enfrentar
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, pastor de la Iglesia Luterana en Puerto Rico
La joven modelo Antonella Martínez no tiene que mostrarle a Elizabeth Torres su certificado de nacimiento. Tampoco debe explicar su cuerpo, revelar su historial médico ni responder interrogatorios sobre el nombre con el que fue inscrita. No le corresponde demostrar públicamente que es mujer, porque ninguna persona necesita presentar evidencias de su identidad para ser tratada con dignidad.
La pregunta no es qué documentos posee Antonella, sino cómo una figura política se atribuyó el derecho de tomar sus fotografías, examinar su apariencia y anunciar ante miles de personas que había descubierto a “otro hombre”. ¿Qué sociedad construimos si, frente a una acusación tan invasiva, investigamos a la persona señalada en lugar de exigir responsabilidad a quien la formuló?
Elizabeth Torres escribió en sus redes sociales: “¡OTRO HOMBRE A LA VISTA! Te pasan gato por liebre y ni cuenta te das”. No fue una exposición de ideas, una crítica política ni una reflexión sobre asuntos públicos. Fue la utilización del cuerpo de una persona concreta como material para alimentar prejuicios. Antonella tiene nombre, familia, profesión, historia y una vida que continúa fuera de las redes sociales. Nada de eso pareció importarle a Torres antes de lanzarla al centro de una multitud digital.
Antonella y su madre, Zoraya Rodríguez, rechazaron públicamente el señalamiento. La modelo afirmó que es una mujer cisgénero y relató que la publicación provocó angustia y comentarios denigrantes. Ambas dijeron temer por su seguridad y reconocieron el impacto sobre la salud mental de la joven. También informaron que evaluaban acciones legales y solicitaron una disculpa pública.
Sería un error convertir esa aclaración en el argumento principal para defenderla. Antonella merece respeto porque es una persona, no porque haya declarado que nació mujer. Si hubiese sido una mujer trans, la publicación habría sido igualmente cruel e injustificable. Ninguna identidad convierte a alguien en mercancía engañosa. La frase “gato por liebre” la despoja de humanidad y la presenta como una trampa dispuesta para engañar.
El daño tampoco desapareció después de la aclaración. Torres no reconoció públicamente la ausencia de pruebas ni ofreció una disculpa inequívoca. Por el contrario, respondió a una mujer que defendió a Antonella preguntándole si le constaba que era una “mujer biológica”, cómo podía saberlo, cuál era su nombre completo y si coincidía con el que aparecía en su registro al nacer.
Quien había formulado una acusación sin demostrarla pretendía que la persona acusada abriera su vida privada para desmentirla. Torres publicó primero y exigió pruebas después, no para fundamentar sus palabras, sino para obligar a otros a refutarlas. Bajo esa lógica, cualquiera puede ser señalado y forzado a exhibir documentos o detalles íntimos para recuperar una dignidad que nunca debió ponerse en duda. Ese interrogatorio no busca la verdad; busca conservar el poder de juzgar.
Esa mirada se presenta como defensora de principios, aunque funciona como un juicio apocalíptico sobre la vida ajena. Observa los cuerpos, mide los rasgos y decide quién encaja en una idea estrecha de lo masculino o lo femenino. Después dicta sentencia desde una pantalla, sin conocer a la persona, su familia ni las consecuencias que puede desatar.
La obsesión por identificar quién es o no es trans somete a todas las mujeres a una vigilancia humillante. Bastará con ser alta, musculosa, tener determinados rasgos o no responder al modelo de feminidad de quien observa para despertar sospechas. El prejuicio que persigue a las personas trans acaba inspeccionando todos los cuerpos. La transfobia no protege a las mujeres; las obliga a demostrar que cumplen con una definición impuesta.

Torres ha dicho posteriormente que es ella quien teme por su seguridad. Toda amenaza debe tomarse con seriedad y ninguna diferencia política justifica la violencia contra una persona. Sin embargo, denunciar posibles amenazas no responde a las preguntas que ella misma provocó. ¿Qué evidencia tenía para hacer su publicación? ¿Por qué no verificó la información antes de exponer a Antonella? ¿Por qué, después de conocer su versión y la de su madre, insistió en reclamar datos relacionados con su nacimiento?
Puerto Rico atraviesa crisis que afectan el agua, la electricidad, la vivienda, la salud y la seguridad económica de miles de familias. Sobran asuntos urgentes que requieren vigilancia, denuncia y voluntad política. Resulta revelador que una figura que participó de la vida pública encuentre tiempo para escudriñar el cuerpo de una modelo y convertirlo en alimento para sus redes. Mientras el país reclama respuestas, algunos prefieren fabricar enemigos entre personas que únicamente intentan vivir.
Las palabras viajan, se multiplican y pueden transformarse en burlas, persecución o violencia. Quien posee una plataforma pública no controla todas las reacciones de su audiencia, pero debe considerar las consecuencias previsibles de aquello que difunde. La libertad de expresión permite sostener opiniones controvertidas; no concede inmunidad frente a la crítica ni borra la responsabilidad por divulgar afirmaciones sin verificarlas.
La respuesta a Elizabeth Torres no debe adoptar el mismo lenguaje que se denuncia. El antídoto contra su veneno no consiste en deshumanizarla, amenazarla ni convertir su vida privada en objeto de inspección. Consiste en rechazar el tribunal que pretende levantar sobre los cuerpos ajenos y recordar que la dignidad no se concede después de examinar un documento.
Antonella no tiene que demostrarle nada. Ninguna mujer cisgénero debe hacerlo. Ninguna persona trans debe hacerlo. Ningún ser humano debe comparecer ante los inquisidores de las redes para probar que merece existir sin ser señalado, ridiculizado o expuesto. Elizabeth Torres puede preguntar cuanto quiera, pero no tiene derecho a recibir respuestas sobre una intimidad que no le pertenece. La vida de Antonella no es un expediente público, su cuerpo no es una controversia y su identidad no está sometida a votación en Facebook.
