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El dúo convirtió su “Escenas Tour” en una celebración colectiva de canciones que siguen intactas en la memoria
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Julio V. Núñez, Pride Society Magazine
Sin explosiones, grandes efectos ni artificios para distraer la atención, Sin Bandera regresó anoche al Coliseo de Puerto Rico con una apuesta mucho más sencilla: poner sus canciones al frente y confiar en que más de dos décadas de éxitos fueran suficientes para sostener el encuentro. La fórmula funcionó porque, desde muy temprano, quedó claro que el público no había llegado buscando sorpresas, sino precisamente aquello que Noel Schajris y Leonel García llevan años haciendo juntos.
El dúo llegó a San Juan con su Escenas Tour y encontró una audiencia dispuesta a completar cada verso. El repertorio, compuesto por 23 canciones, comenzó con De viaje y recorrió buena parte de los temas que han convertido a Sin Bandera en uno de los referentes del pop romántico latino de las últimas dos décadas.
El montaje fue funcional y sin mayores pretensiones. El sonido llegó limpio y bien balanceado, sin la sobreproducción que suele opacar a los dúos vocales en recintos grandes, y eso permitió que la voz fuera, literalmente, el centro de la noche. La producción entendió que aquí el verdadero espectáculo estaba en otro lugar: en un repertorio que el público esperaba, conocía y, sobre todo, se sabía. Esa familiaridad convirtió buena parte de la noche en un enorme coro colectivo y confirmó que las canciones de Sin Bandera han envejecido con una ventaja importante: continúan provocando una respuesta inmediata. ¡Y qué respuesta!
En ese escenario, Noel Schajris terminó convirtiéndose en el alma de la puesta. Simpático, ocurrente y extrovertido, asumió buena parte de la conexión directa con el público y añadió al romanticismo del repertorio una dosis de picardía. Coqueto y consciente de que su fanaticada lo adora, jugó con esa sensualidad sin demasiado esfuerzo y aportó una energía que evitó que la sucesión de baladas cayera en la monotonía.
Leonel García ocupó un espacio escénico más contenido, creando con su presencia y su voz un contraste que funciona dentro de la dinámica del dúo. Entre ambos permanece la complicidad musical que ha definido a Sin Bandera y que permite que canciones escuchadas innumerables veces conserven efectividad cuando vuelven a encontrarse con el público de frente.
Esa complicidad, sin embargo, no habría sostenido el concierto sin la banda que los acompañó. Muy bien puesta, sostuvo musicalmente un espectáculo en el que las canciones necesitaban respirar sin quedar sepultadas bajo una producción excesiva. En un show construido fundamentalmente alrededor de voces, melodías y letras conocidas, la solidez de los músicos resultó indispensable para mantener el justo balance.






La selección continuó con temas como Suelta mi mano, Dime que sí, ABC, Amor real, Ahora sé, Y llegaste tú, A ti y Nunca, un tramo inicial que funcionó como calentamiento sentimental antes de entrar en una segunda mitad en la que comenzaron a acumularse varias de las canciones más esperadas. Esa estructura permitió que el concierto fuera creciendo apoyado no en cambios de escenografía o golpes de efecto, sino en el reconocimiento de las primeras notas de cada canción.
Y fue precisamente hacia el tramo final cuando el repertorio prácticamente dejó de conceder tregua a las emociones. Sirena le dio paso a Kilómetros, Que lloro y Mientes tan bien, seguidas por En esta no, Que me alcance la vida y Te vi venir. El cierre le tocó a Entra en mi vida, una elección casi inevitable para un concierto construido alrededor de la memoria sentimental de quienes han acompañado al dúo durante más de dos décadas.
Escenas Tour no pretende reinventar a Sin Bandera ni necesita hacerlo. Su mayor fortaleza está precisamente en reconocer qué vino a buscar la gente y entregárselo. El viernes en el Choliseo bastaron dos voces reconocibles, una banda sólida, un Noel Schajris convertido en irresistible anfitrión y 23 canciones que el público parecía haber llevado aprendidas de casa. El mejor efecto especial sigue siendo escuchar miles de voces cantando la misma canción. Siempre.
