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El problema comienza cuando bajo el lenguaje de ayuda se esconde la intención de modificar la identidad de una persona, partiendo de la premisa de que esa identidad es incorrecta. Eso no es terapia, es violencia
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
El tema ha vuelto a la discusión pública en Puerto Rico. No es nuevo. Tampoco es inocente.
Las expresiones recientes de figuras políticas, junto a la cobertura de medios como Metro Puerto Rico, El Nuevo Dia y Telemundo Puerto Rico solo por citar ejemplos, han colocado nuevamente sobre la mesa la posibilidad de revertir o debilitar protecciones contra las llamadas terapias de conversión. A esto se suman reacciones de organizaciones como la Federación LGBTQ+ de Puerto Rico, que han advertido sobre el peligro de retroceder en derechos ya establecidos.
Pero antes de hablar de política, hay una pregunta básica que no se puede evadir. ¿Qué es una terapia de conversión?
No es acompañamiento psicológico neutral, no es consejería espiritual respetuosa. Tampoco puede ser visto como libertad de expresión.
Las llamadas terapias de conversión son prácticas dirigidas a cambiar la orientación sexual o identidad de género de una persona. Incluyen desde intervenciones psicológicas coercitivas hasta dinámicas religiosas basadas en culpa, rechazo o negación de la identidad. En muchos casos documentados a nivel internacional, estas prácticas han implicado aislamiento, presión emocional intensa, humillación, y en contextos extremos, abuso físico.
Por eso no se trata de un debate abstracto, acá hablamos de salud, de derechos humanos. Se trata de evidencia.
Organismos como la American Psychological Association, la Organización Mundial de la Salud y múltiples asociaciones médicas han sido consistentes durante años. No existe evidencia científica que respalde la efectividad de estas prácticas. Sí existe evidencia clara de sus daños.
Ansiedad.
Depresión.
Ideación suicida.
Ruptura de vínculos familiares.
Ese es el saldo real.
En ese contexto, la reciente decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos de permitir que continúen desafíos legales contra prohibiciones estatales a estas terapias no crea una política uniforme, pero sí abre una puerta peligrosa. No establece que estas prácticas sean válidas, pero deja espacio para que se cuestionen leyes que las restringen, especialmente en nombre de la libertad de expresión.
Y ahí está el punto neurálgico del debate. Libertad de expresión no es libertad para causar daño.
El argumento de que prohibir estas prácticas limita la expresión profesional o religiosa omite algo esencial. El ejercicio de cualquier profesión está regulado precisamente para evitar daño. La medicina, la psicología, el derecho. Ninguna de estas disciplinas opera en un vacío absoluto de libertad. Tampoco la religión.
En Puerto Rico, la discusión adquiere un matiz particular cuando figuras públicas insisten en presentar el tema como una defensa de derechos individuales, mientras sus expresiones hacia la comunidad LGBTQ+ revelan una narrativa de desconfianza, deslegitimación o confrontación. Ese contraste no pasa desapercibido.
No se trata de opiniones personales, hablamos de política pública. Y la política pública no puede ignorar evidencia acumulada ni el impacto real sobre vidas humanas.
Aquí no se está criminalizando la fe ni el acompañamiento pastoral. Existen formas responsables, éticas y respetuosas de acompañar a cualquier persona desde lo espiritual o lo psicológico sin intentar cambiar quién es. La línea es clara.
Acompañar no es corregir, escuchar no es imponer. Tampoco podemos confundir el amor, porque amar no es transformar al otro a la fuerza.
El problema comienza cuando bajo el lenguaje de ayuda se esconde la intención de modificar la identidad de una persona, partiendo de la premisa de que esa identidad es incorrecta.
Eso no es terapia, es violencia. Puerto Rico no está discutiendo una teoría. Está decidiendo si protege o no a personas, muchas de ellas menores de edad, de prácticas que han demostrado causar daño.
Ese es el centro del debate. No estamos hablando de ideologías, tampoco de partidos o discursos muchas veces cargados de odio, hablamos de personas.
Y frente a eso, la pregunta es simple: ¿De qué lado se coloca el país?
