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Recordar estos hitos no es un ejercicio de celebración ingenua. Es un acto de memoria responsable en tiempos donde resurgen discursos de exclusión
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
Ningún camino nace terminado. Todo sendero se abre cuando alguien se atreve a caminar primero, aun sin saber cuánto costará. La historia de los primeros obispos abiertamente gay en los Estados Unidos no es solo una sucesión de fechas ni una lista de nombres. Es una historia de valentía, de fe encarnada y de amor vivido sin permiso.
Hablar de estos tres hitos es reconocer a tres hombres que, desde tiempos y tradiciones distintas, abrieron una puerta que ya no pudo cerrarse. Un camino que hoy recorremos no por nostalgia, sino por gratitud y responsabilidad. Gracias a esos pasos iniciales, hoy la comunidad LGBTQ+, una sola comunidad diversa y plural, aunque todavía no plenamente acogida en todos los espacios de fe, puede comenzar a encontrar lugares donde vivir su espiritualidad sin esconderse, sin fragmentarse y sin pedir disculpas por existir. No ocurre en todas las denominaciones ni en todos los contextos, pero cada día son más las iglesias que proclaman el amor, el respeto y la dignidad humana, reconociendo que cada persona es creación perfecta de Dios.
El primer hito nace en los márgenes, allí donde la exclusión parecía definitiva. En 1968, en Los Ángeles, Troy Perry fundó las Metropolitan Community Churches, una denominación cristiana creada como respuesta directa a la expulsión sistemática de personas LGBTQ+ de sus iglesias de origen. Perry no esperó reconocimiento institucional porque no lo había. Cuando las puertas se cierran, la fe auténtica no se apaga: aprende a abrir ventanas.
Su episcopado nació de la urgencia pastoral y del amor sin miedo. Mientras otros debatían si las personas LGBTQ+ podían tener lugar en la Iglesia, Perry celebraba cultos en espacios improvisados, acompañaba funerales en plena crisis del VIH y sostenía comunidades heridas por el rechazo religioso. Este primer hito nos deja una lección fundamental: el amor cristiano no espera a que las instituciones estén listas; responde cuando la vida lo exige.
Décadas más tarde, ese camino abierto desde los márgenes llegó al centro. En 2003, la elección y consagración de V. Gene Robinson como obispo de la diócesis de New Hampshire en la Iglesia Episcopal marcó un quiebre histórico. Robinson se convirtió en el primer obispo abiertamente gay en una denominación cristiana histórica y mayoritaria en los Estados Unidos.
Este segundo hito ocurrió dentro de la estructura institucional, y por eso el impacto fue profundo. Su consagración generó tensiones globales, rupturas, protestas y amenazas personales. Pero también obligó a la Iglesia a mirarse con honestidad. La vocación dejó de ser un concepto abstracto y se volvió rostro, historia y biografía concreta. Robinson encarnó una verdad evangélica difícil de esquivar: no se puede predicar amor mientras se niega humanidad.
El tercer hito representa la continuidad y la afirmación de un camino ya recorrido. En 2013, R. Guy Erwin fue electo obispo de la Iglesia Evangélica Luterana en América. Su elección no fue casual ni aislada, sino fruto de procesos largos, debates honestos y decisiones valientes dentro de una tradición histórica.
Erwin se convirtió en el primer obispo abiertamente gay de la ELCA en un momento en que la pregunta ya no era si existía vocación, sino si la Iglesia estaba dispuesta a sostenerla con coherencia. Este hito no eliminó las tensiones, pero consolidó el camino. Demostró que la inclusión podía dejar de ser excepcional para convertirse en parte de la vida cotidiana de la Iglesia.
Estos tres hombres no compiten entre sí. Se necesitan. Representan etapas distintas de una misma historia: la fe que resiste desde la exclusión, la fe que confronta a las instituciones y la fe que persevera hasta transformar estructuras. Su legado no es solo haber ocupado un cargo episcopal, sino haber enseñado a amar sin miedo, a creer sin negarse y a servir sin esconderse.
Gracias a ellos, hoy son cada vez más las iglesias que se atreven a proclamar el amor como eje del Evangelio, el respeto a la diversidad como valor cristiano y la dignidad humana como principio irrenunciable. No porque todo esté resuelto, sino porque el camino ya fue abierto.
Recordar estos hitos no es un ejercicio de celebración ingenua. Es un acto de memoria responsable en tiempos donde resurgen discursos de exclusión.
