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La cantante regresó a Puerto Rico con el oficio de quien sabe contar la vida cantando y con la humildad de quien deja que la canción sea consuelo
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine.
La noche del sábado 30 de agosto de 2025, la Sala de Festivales Antonio Paoli del Centro de Bellas Artes de Santurce se convirtió en un abrazo colectivo. Lilly Goodman, voz dominicana que ha acompañado a generaciones, celebró sus 25 años de carrera y presentó su nuevo álbum Me Siento Libre, lanzado bajo el sello de Lilly Promesas Producciones. Desde el primer acorde quedó claro que no íbamos a presenciar un concierto cualquiera, sino una experiencia de fe y arte de principio a fin.
La puesta en escena fue un lujo bien pensado: una orquesta sinfónica que elevó cada tema, el virtuosismo del peruano Tony Succar poniendo pulso y color, y su propia banda sellando el ADN contemporáneo de Lilly. Todo sonó nítido, con una dirección artística impecable y un vestuario que acompañó cada momento con elegancia sobria cuando hacía falta y brillo contenido cuando la celebración lo pedía. La música respiró; las transiciones fueron fluidas; nada sobraba, nada faltaba.
El público fue parte del milagro. A sala llena, se corearon canciones, se alzaron manos, corrieron lágrimas y aparecieron abrazos que decían más que mil palabras. A pocos pasos, una mujer compartía, entre sollozos, que la música de Lilly le sostuvo durante su lucha contra el cáncer de mama. Ese testimonio —uno entre tantos— confirmó lo que vibraba en el ambiente: este repertorio no solo entretiene, esta música acompaña, cura y empuja a seguir.

El cierre llegó con un nudo dulce en la garganta. El equipo organizador subió al escenario para agradecer una noche tan cuidada y generosa; enseguida, los hijos de Lilly le entregaron rosas, y la sala se rindió a un aplauso largo, agradecido. Fue entonces cuando ella, visiblemente emocionada, compartió un recuerdo que selló el sentido del reencuentro: su primera visita a Puerto Rico fue cuando tenía apenas 22 años. Desde aquella juventud, dijo, nació un vínculo especial con la isla que hoy se renueva con más fuerza. Esa confesión final, enmarcada por la familia, la gratitud y la memoria, le dio a la velada su nota más íntima.
Lilly Goodman regresó a Puerto Rico con el oficio de quien sabe contar la vida cantando y con la humildad de quien deja que la canción sea consuelo. Entre lo sinfónico y lo popular, entre la excelencia técnica y la cercanía humana, ofreció una noche desbordada de talento y de gracia. No fue solo un espectáculo: fue una bendición compartida que el público se llevó consigo, como quien sale del teatro con el corazón más liviano y la esperanza de pie.
