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La puesta propone un espacio casi vacío, habitado por instrumentos, objetos y figuras construidas en papel y cartón. Todo es movible, frágil y artesanal
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
La noche de estreno de Volveré inauguró el 63.º Festival de Teatro Puertorriqueño con una sala completamente llena en el Teatro Victoria Espinosa, en Santurce. El festival, que se extenderá hasta el mes de mayo con programación mensual, está dedicado este año a la actriz Ángela Meyer, y abre con una propuesta que se aparta del teatro narrativo tradicional para apostar por la imagen, el sonido y el gesto como ejes principales de la experiencia escénica.
La función se presenta en dos actos estrechamente conectados. Aunque Road of Useless Splendor fue escrita y estrenada primero, Volveré surge como parte de una residencia artística del Programa de Artes Escénicas del Instituto de Cultura Puertorriqueña (2024–2025) y, sin que su autora lo supiera en el momento de su creación, termina convirtiéndose en la raíz poética y emocional de la segunda pieza. Esta presentación marca la primera vez que ambas obras se exhiben juntas como una sola experiencia escénica, permitiendo al público recorrer, en una misma función, el arco completo del universo teatral que las conecta.
La propuesta es creada y dirigida por Deborah Hunt, artista de trayectoria internacional vinculada al teatro visual, las máscaras y el teatro de objetos. Nacida en Nueva Zelanda y establecida en Puerto Rico desde principios de la década de 1990, Hunt ha desarrollado un lenguaje escénico que privilegia la imagen, la materialidad y el gesto por encima del texto. Su trabajo, construido desde procesos largos de exploración y experimentación, encuentra en esta residencia artística del Instituto de Cultura Puertorriqueña un espacio natural para profundizar en una poética donde lo artesanal, lo simbólico y lo corporal se entrelazan.






Volveré propone un espacio casi vacío, habitado por instrumentos, objetos y figuras construidas en papel y cartón. Todo es movible, frágil y artesanal. No hay escenografía fija ni elementos realistas: la escena se arma y se transforma continuamente. En ese vacío intencional, la iluminación adquiere un papel fundamental. La luz dirige la mirada, organiza la información visual y señala qué debe observarse en cada momento. No acompaña la acción: la construye.
Del mismo modo, la música se convierte en la voz de la obra. Ante personajes que no hablan, el sonido da intención, emoción y sentido a las acciones. El hilo sonoro no funciona como fondo, sino como lenguaje narrativo que permite comprender lo que ocurre en escena. El trabajo musical de Aníbal S. Vidal Quintero da palabras a lo que no se dice, mientras la dirección escénica y el diseño de iluminación de Juan Fernando Morales resultan esenciales para que el minimalismo del espacio se perciba como una decisión estética consciente y no como ausencia. La coherencia del lenguaje escénico responde también a una dirección asumida por la propia Deborah Hunt, quien articula imagen, movimiento, luz y sonido desde una visión unificada.
Una parte esencial de la propuesta reside en la creación de títeres, figuras de papel, máscaras y mecanismos artesanales que sostienen la acción escénica. Los libros con estructuras pop-up se transforman en paisajes, caminos y situaciones, funcionando como escenografía viva y dramaturgia visual. Estos elementos no actúan como complemento, sino como protagonistas silenciosos del relato, activados por los intérpretes con precisión y sensibilidad. A ello se suma un vestuario sobrio y funcional, diseñado para permitir el tránsito entre cuerpo, objeto, figura y máscara, reforzando la idea de transformación constante que atraviesa toda la obra.
En Volveré, Hunt sostiene la escena desde una presencia solitaria y contenida, casi ritual. En el segundo acto, Road of Useless Splendor, su trabajo se transforma al entrar en diálogo físico y rítmico con su hija, Guie Beeu Guerrero Hunt, generando una dinámica más expansiva y lúdica. Aquí, además, se produce un gesto profundamente significativo: la convivencia de tres generaciones sobre el escenario, con la aparición del nieto, Kian Alamo Guerrero, durante el intermedio. Lejos de ser un recurso anecdótico, esta continuidad generacional refuerza los temas de tránsito, herencia y permanencia que atraviesan toda la propuesta.
El uso visible del artificio —mecanismos simples, estructuras plegables y materiales efímeros— sostiene una poética donde nada es definitivo y todo puede transformarse. La obra no busca ofrecer respuestas ni cerrar significados; invita a observar, a completar con la imaginación y a dejarse llevar por una experiencia que privilegia la intuición sobre la explicación.
Durante la función, la sala se mantuvo mayormente en silencio, con carcajadas puntuales en momentos de humor muy preciso, evidenciando un público atento, dispuesto a observar, interpretar y aprender desde la experiencia. La noche cerró con el público de pie, reconociendo con un aplauso prolongado el trabajo presentado en escena.
La puesta en escena contará con dos funciones adicionales, sábado a las 7:00 p.m. y domingo a las 3:00 p.m., en el Teatro Victoria Espinosa, en Santurce, como parte de la programación oficial del 63.º Festival de Teatro Puertorriqueño. Para boletos, Boletera.net
