Share This Article
Quizás lo más sensato hubiese sido acercarse a nuestra mesa, invitarnos a una copa de vino y decirme: ¿Podemos hablar…?
Hace algún tiempo, cuando todavía vivíamos en el estado de la Florida, fuimos a un evento al que nos invitaron. No sabíamos de qué se trataba, pero era un pana con el que la pasábamos brutal, así que fuimos. Al llegar, nos percatamos de que era un espectáculo (un poco casero él) de un imitador que iba a doblar las canciones de algunas artistas. Personalmente, no me gusta este tipo de espectáculo. Si voy a ver un show de imitaciones, lo menos que puedo esperar es que el intérprete se parezca a la interpretada; de lo contrario, es un drag show; vamos… que también tiene su encanto.
Vengo de un país de importantes artistas de la transformación: Alex Soto, Antonio Pantojas, Rudys Martínez y, entre otros, Félix Chevremont (para mí, el mejor de todos en cuanto a transformaciones se refiere). Cuando imitaba a Yolandita Monge, no sabías quién era la original. Su interpretación era poderosa e impecable aun a cinco pies de distancia.
Con Félix tuve la bendición de trabajar en dos ocasiones. Una de esas veces lo contraté para una producción en la que debía interpretar a la primera actriz Ángela Meyer. El reto era que iban a estar las dos Ángelas juntas en escena: la Meyer y el Chevremont. Fue sobrecogedor. Ese es mi marco de referencia. La vara estaba bien alta.
Volvamos al evento. Tan pronto entramos, pasamos por la mesa de taquillas. La última vez que pagué una taquilla en una mesa fue en los talent shows de la escuela superior donde estudié en Barrio Obrero; 1 a 0… pero bueno, ya estábamos ahí; hagamos la fila.
En la mesa de las taquillas, cobrando las entradas, estaba mi ex; 2 a 0… pero bueno, ya estábamos ahí; paguemos la taquilla.
Nos sentamos en el lugar más discreto que encontramos; bien atrás. Tan atrás que casi llegamos a un letrero que decía: Welcome to Niagara Falls, cerca de la frontera con Canadá.
En un momento pensé que era mejor irnos, pero se podía ver mal o, peor aún, malinterpretar como un acto de provocación o quizás de cobardía. Y, por supuesto, ni una cosa… y mucho menos la otra.
Comenzó el espectáculo: Ednita Nazario con pelo negro; Lucecita con leotardo; Charytín Goyco con pelo rojo; Yolandita talla 18; Lourdes Robles de seis pies de estatura, etc. De verdad me la estaba pasando bien en aquel show que bien podría haberse llamado Antítesis o Adivinando la artista o El que adivine la artista se gana un Porsche… algo así.
Pero lo más divertido de la noche fue la parte de las peticiones. Para los que no saben, se hacen peticiones de canciones específicas y, al momento de hacerlas, debes darle una propina al artista que está doblando las canciones. Allí puede pasar de todo, pues la similitud entre el artista interpretado y quien hace la imitación no es algo que importe mucho. Puedes ver desde La Lupe con pelo rubio hasta El Gallito de Manatí con traje, tacos y lentejuelas… no estoy jodiendo; puede pasar.
Comienzan las peticiones y el muchacho de la taquilla empieza a sacar billetes de $20.00 dólares por cada petición. Allí tuve que escuchar Qué tal te va sin mí, de Lucecita; Rata inmunda, de Paquita la del Barrio; Es un gran necio, de Rocío Jurado; Estúpido, de Lolita Flores; y, por supuesto, El amor, de Yolandita Monge… las canté todas.
Como saben (ya lo he dicho antes), analizo todo lo que sucede a mi alrededor y trato de buscarle o una simbología o una manera de sacar provecho de las experiencias y adaptarlas para ampliar mi visión de vida; esta no fue la excepción.
Él debe haber gastado mucho dinero esa noche enviándome mensajes poco subliminales con canciones de temas conflictivos y revanchistas que, para mí, solo fueron un deleite; amo a todas esas divas.
Quizás lo más sensato hubiese sido acercarse a nuestra mesa, invitarnos a una copa de vino y decirme: ¿Podemos hablar…?
Hubiese sido más racional y mucho menos costoso. Quizás hasta habría logrado recuperar esa parte de las relaciones humanas que $20.00 dólares jamás podrán comprar: la amistad y la maravillosa experiencia de validar lo vivido.
Es cierto que algunas cosas tienen caducidad y que no todo se puede retomar, pero no perdemos nada con intentar que el tiempo invertido en una relación haya valido la pena.
Quizás hubiese sido más inteligente que me pusiera Perdóname, de Camilo Sesto…
Y tal vez se hubiese dado cuenta de que yo ya lo había hecho.
¡Salud…!
