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Lo que une estos tres casos es un arma silenciosa: el teléfono móvil
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
El 25 de junio, en pleno barrio de Sant Antoni, en Barcelona, una persona trans con discapacidad auditiva fue brutalmente golpeada por cinco conocidos. No solo la arrastraron, la patearon y le gritaron insultos. También la grabaron. Filmaban mientras golpeaban. Filmaban mientras humillaban. Filmaban para hacer daño más allá del cuerpo: para dejar una marca pública, para exponer su identidad y burlarse de ella ante el mundo.
Y esta vez —milagrosamente— no quedaron impunes. Los Mossos d’Esquadra activaron su Unidad de Delitos de Odio y Discriminación. Investigaron. Actuaron. Arrestaron. Tres mujeres y dos hombres, todos sordos, como la víctima, enfrentan ahora cargos por violación de derechos fundamentales. Una víctima viva. Una respuesta rápida. Un protocolo activado. Una muestra de que sí se puede.
Pero ese caso no se puede leer solo. Porque en Colombia, la historia de Sara Millerey, también mujer trans, también grabada mientras moría, terminó con su cuerpo arrojado a una quebrada. Golpes. Fracturas. Tortura. Risas de fondo en el video. Fue en abril. Hoy hay dos detenidos. Pero la justicia camina lenta, como si la vida de Sara no doliera igual.
Y en Puerto Rico, Aleisa fue asesinada y también grabada. Nadie ha sido arrestado. Nadie ha respondido por lo ocurrido. Nadie ha dicho su nombre en voz alta desde el poder. Porque aquí, la violencia sigue teniendo público… pero no consecuencias.
Lo que une estos tres casos es un arma silenciosa: el teléfono móvil. En lugar de ayudar, lo usaron para grabar. En lugar de frenar la violencia, la inmortalizaron. En Barcelona, ese video sirvió como prueba. En Colombia y Puerto Rico, como espectáculo. Una y otra vez, vemos cómo la cámara deja de ser testigo y se convierte en cómplice.
Y eso no puede seguir.
La violencia no necesita más espectadores.
Necesita interrupción. Justicia. Acción.
Este artículo no busca contar cada detalle. Busca trazar un hilo: el de la impunidad compartida, del odio amplificado, de las instituciones que a veces actúan y muchas veces no. Barcelona mostró lo que puede pasar cuando un sistema responde. Colombia y Puerto Rico muestran lo que pasa cuando no.
Grabar un crimen no es neutral. Compartirlo no es inocente. Permanecer callados no es opción.
Porque cuando el odio se convierte en contenido, y la justicia en silencio, todos nos volvemos parte del crimen.
