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A lo largo de la historia política, la relación entre religión y poder ha demostrado ser tan funcional como peligrosa. La fe, concebida en principio como una experiencia íntima de búsqueda, centro y espiritualidad, se ha convertido en un instrumento de manipulación colectiva.
Allí donde la espiritualidad debería elevar la conciencia, el poder encuentra la oportunidad para someterla. Proceso que llevan a cabo con cautela; la intención no es anular la conciencia, es controlarla, y si es posible a través del miedo, mucho mejor. Es importante dejar que los dominados crean que tienen conciencia. De esta manera se sienten autónomos y no hay rebelión.
En muchos contextos, los gobiernos han aprendido a administrar la fe como si fuera un recurso natural. No gobiernan desde la idea, sino desde la emoción; la emoción de los ciudadanos, claro está. El sistema tiene muy claras sus ideas y cómo ejecutarlas. Y dentro de esa amalgama emocional, la religión ocupa un lugar privilegiado: ofrece legitimidad moral, cohesión social y una forma de obediencia pocas veces cuestionada. De ahí que algunos gobiernos recurran a ella no para acercarse a lo divino, sino para perpetuarse en lo terrenal. Para ellos, el poder no está en el paraíso… está aquí; guardado bajo llave entre el miedo de algunos, la santidad de otros y la salvación de los demás.
Uno de los ejemplos más visibles y acomodaticios de esta instrumentalización es el uso político del tema de la homosexualidad. Lejos de representar una genuina preocupación ética, se ha transformado en un vehículo para obtener respaldo entre los sectores más conservadores, especialmente aquellos vinculados al fundamentalismo religioso. Estos grupos, que suelen tener una base económica sólida y una estructura organizativa disciplinada, constituyen un poder electoral en extremo valioso como para ser ignorado.
¿De verdad alguien cree que, a un gobernante amoral, le interesa la vida privada de los demás? A los gobiernos no les interesa la orientación sexual de sus ciudadanos. Les interesa su voto. Les interesa la cifra, la suma, el número que les garantiza continuidad en el poder. Si no fuera así, ¿por qué tanto interés en redistribuir los mapas electorales? ¿Una revelación del altísimo, quizás… o una estrategia de gerrymandering guiada por la mano de Dios?; yo solo pregunto. Las referencias a la “defensa de la familia tradicional” o a los “valores cristianos fundamentalistas” no son actos de fe para el Estado; son un elemental cálculo matemático. Bajo el subterfugio de la moral se esconde una transacción política: la fe se convierte en moneda de cambio, la obediencia religiosa, en recurso de campaña y la salvación en un cheque al portador.
De esa relación nace el doble discurso moral. Mientras los gobernantes se autoproclaman guardianes del orden divino, implementan políticas que perpetúan la pobreza, la corrupción y la desigualdad. Condenan la “desviación” sexual, pero normalizan la desviación ética; promueven la moral pública, pero descuidan la justicia social. En esa contradicción se revela la verdadera naturaleza del poder político que no busca redimir, solo quiere preservar su poder.
En los últimos meses hemos sufrido el ataque institucional más cruento jamás vivido en nuestro sistema de gobierno democrático. Lo más grave no es la hipocresía del discurso, sino la indiferencia que lo sostiene. Detrás de la retórica religiosa, la población continúa enfrentando carencias insostenibles: hambre, desempleo, falta de vivienda, exclusión educativa y una paupérrima estructura de salud pública, entre muchas otras atrocidades. Pero esos temas no movilizan las pasiones del electorado con la misma eficacia que una cruzada moral. Esta manipulación del credo no sólo degrada la política, también lo hace a la propia religión. Cuando la fe se usa como herramienta electoral, se le arrebata su dimensión espiritual. Lo sagrado se vuelve propaganda; el altar, tarima. La religión pierde su poder transformador y se convierte en cómplice del statu quo.
La verdadera inmoralidad, entonces, no está en las conductas que los gobiernos dicen censurar, sino en la instrumentalización de lo divino como mecanismo de control. Una sociedad que permite que la fe se convierta en estrategia, pierde la frontera entre lo ético y lo útil. Porque cuando la moral se usa para perpetuar privilegios, deja de ser moral y se convierte en represión.
Mientras el poder y la ética no logren reconciliarse; mientras validemos que imponer un credo es proteger la dignidad humana, estaremos frente a una cruzada disfrazada de virtud. Un Estado verdaderamente moral no determina a quién amar, ni cómo creer, ni qué cuerpo habitar. Un Estado verdaderamente moral no escoge aquellos pasajes de las escrituras que mejor le funcionan a su agenda descalificante y ku klux klanera. Un Estado moral es aquel que garantiza pan, techo, justicia y libertad para todos.
Cualquier otra cosa, no es fe… es pura prédica electoral dominguera.

