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El tiempo todo lo cura. No quiere decir que vamos a regresar, porque de algo deben servir las lecciones de vida
Dicen los sabios populares que donde hubo fuego, cenizas quedan; sí, porque en este mundo moderno y pre apocalíptico, donde puedes tomar un tutorial por YouTube a diario, todos son, desde psicólogos clínicos hasta analistas ambientales. Aunque hay que darle cierto crédito a la frase, yo añadiría que donde hubo fuego… también quedan humaredas tóxicas y alguno que otro bombero traumado… y no necesariamente por el siniestro.
También hay que tomar en cuenta que a las cenizas se las lleva el viento. Y es que cuando amainan las corrientes ya se han volado todas las cenizas; solo queda la mancha obscura en el suelo… ¡bendiciones a Juracán…! Por eso, ser amigo de un ex es casi tan factible como que un vegano vaya contigo a Siga la Vaca en Puerto Madero o a un rodizio brasileño… o al especial de alitas de Sizzler, por aquello de que haya para todos los presupuestos.
La frase «quedamos como amigos» suena hasta bonita, sobre todo cuando se dice con cara de madurez emocional, como si nos acabáramos de graduar Suma Cum Laude de la Facultad de Ciencias Sociales de Harvard. Pero la práctica es otra cosa. ¿Cómo vas a invitar a tu ex a tomarse un café y hablar de la vida, cuando sabes exactamente cómo ronca o qué cara pone cuando va al baño? Y si todavía está usando tu contraseña de Amazon Prime y Netflix, eso ya es un asunto irreconciliable.
El problema con la amistad postmorten, perdón, quise decir post-ruptura, es que no es terreno neutral. Es como jugar ajedrez con guantes de boxeo: falta delicadeza, falta concentración, faltan estrategias… llegarán, pero tardarán un poco. Y vamos, seamos honestos, no importa ni el Suma Cum Laude de Harvard, ni las bofetás que te dio tu mejor amiga para que reaccionaras, ni toda esa mierda del Ho’oponopono hawaiano: la primera vez que veas a tu ex con otra persona, la amistad, el amor, el perdón y la sanación se te van a atragantar como espina de chillo frito. Al final, la supuesta amistad con el ex funciona como los muebles de Ikea: el diseño es genial, se ven lindos en la tienda, pero montarlos es una jodienda… y se rompen de mirarlos.
Se puede intentar, pero ser amigo de un ex requiere un nivel de iluminación espiritual que ni Buda alcanzó nunca. Para la mayoría de los mortales, la amistad con el ex no es un puente directo al Nirvana, es una trampa mortal disfrazada de madurez, casi tan profunda como la Fosa de las Marianas. Algunos capítulos no están hechos para releerse. Si ya lo leíste y pasaste el examen, ese libro no se lee más. Lo llevas a la Calle Loíza y lo pones allí en los cajones de leche de Libros Libres para que otro lo lea.
Posiblemente hasta estés haciéndole un favor a alguien que tenga algún Karma que pagar… ¿ves…? eso es iluminación. Ya vamos llegando al Nirvana; poco a poco… pasito a pasito.
El tiempo todo lo cura. No quiere decir que vamos a regresar, porque de algo deben servir las lecciones de vida. Pero si debemos aspirar a mirar a la otra persona sin resentimiento; no por ellos… sino por nosotros.
Y si algún día te cruzas en su camino y te dice: Dame una oportunidad; no vas a encontrar a nadie como yo. Haces una pausa; le dedicas la mejor de tus miradas, te sonríes de medio ladito, como la Monalisa, y le respondes: esa es la idea, cariño… esa es la idea.
Das media vuelta y te vas. Cuando ya no te esté mirando, tomas el celular y llamas de nuevo a tu mejor amiga para que te dé las tres bofetás que te faltaron…

