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Tal vez el futuro de la humanidad no dependa de cuántas religiones existen, sino de cuánta capacidad tenemos para escucharnos sin miedo
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
Vivimos en un mundo donde la fe suele ser motivo de división más que de encuentro. Un mundo donde se nos enseña a defender nuestras creencias como si fueran trincheras, cuando en realidad la fe debería ser un puente. La fe, esa energía invisible que tantas veces nos sostiene, no necesita uniformidad, sino respeto.
Hay quien encuentra a Dios en una iglesia los domingos, otros lo sienten en el viento, en el mar, en el fuego, en los tambores, en los árboles o en el silencio. Hay quienes lo invocan con los salmos y quienes lo buscan en un altar de tierra y agua. Y también hay quienes no creen en nada, pero aman, sirven y construyen un mundo mejor. ¿No es eso también una forma de fe?
El problema comienza cuando queremos imponerle al otro la manera en que debe creer, o cuando creemos que solo nuestro Dios es el verdadero. Pero ¿y si la fe fuera mucho más amplia que nuestras fronteras religiosas? ¿Y si Dios hablara en distintos idiomas y lenguajes espirituales, con acentos, colores y símbolos diversos? Quizás nos asusta esa diversidad porque nos han enseñado que el amor de Dios se mide con reglas, en vez de con respeto.
La fe puede cambiar vidas. Lo hemos visto en quienes enfrentan el dolor, en comunidades enteras que se levantan tras el desastre, en personas trans que encuentran fuerza para seguir viviendo, en quienes abrazan su identidad sin miedo, en familias que no se rinden ante la exclusión. La fe —sea en Dios, en la vida, o en la esperanza misma— tiene la capacidad de sostenernos.
Muchos de nosotros hemos buscado consuelo en diferentes lugares: en la casa de un pastor o una monja, en la sabiduría de una sacerdotisa, en el consejo de un babalawo, en el silencio de una sinagoga o en el humo de un sahumerio. En todas esas manos que bendicen hay un mismo anhelo: sanar, encontrar paz, seguir viviendo.
Y como bien cantaba el maestro Adalberto Álvarez —ese eterno sonero cubano que elevó a la música popular el alma de nuestra fe—:
“Hay muchos que dicen que no creen en nada, pero van a consultarse por la madrugada.
No tengas pena pide pa ti, no pidas cosas malas que te vas a arrepentir.”
Esa letra, es una radiografía del alma humana. Nos recuerda que incluso quienes niegan creer, muchas veces buscan en la noche una respuesta, una señal, una esperanza. Porque la fe, aunque la escondamos, sigue latiendo. Está en el tambor y en la oración, en el altar y en la lágrima, en la plegaria del creyente y en el silencio del escéptico.
Por eso, creer distinto no nos hace enemigos. Nos hace humanos. Y aprender a respetar la fe del otro es una lección que este mundo necesita urgentemente. No se trata de renunciar a lo que creemos, sino de reconocer que nadie tiene la verdad absoluta. Se trata de mirarnos con empatía, de aceptar que la espiritualidad del otro también es sagrada.
Tal vez el futuro de la humanidad no dependa de cuántas religiones existen, sino de cuánta capacidad tenemos para escucharnos sin miedo. Porque al final, todos —creyentes, agnósticos, ateos, místicos o racionalistas— estamos buscando lo mismo: un poco de sentido, un poco de luz, un poco de amor.

