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No se trata de desviar la responsabilidad de lo dicho, sino de entender el contexto en el que se produjo
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
El artista colombiano José Medina, conocido artísticamente como José Miel, de 34 años y oriundo de Bogotá, atraviesa uno de los momentos más complejos de su carrera pública. Tras su salida de La casa de los famosos Colombia, su nombre ha quedado en el centro de una controversia que ha trascendido el ámbito del entretenimiento para instalarse en un terreno más amplio: el del debate sobre la libertad de expresión, la diversidad y los límites del disenso dentro de una sociedad que se define como inclusiva.
Miel no es una figura improvisada. Su trayectoria en la música, la actuación y la televisión responde a un proceso sostenido de formación, trabajo y exposición en distintos escenarios. Participó en Yo me llamo (2019) y La Descarga (2022), consolidando un perfil artístico versátil dentro de la industria colombiana. Su carrera se ha construido desde el esfuerzo, en una industria que no garantiza permanencia sin disciplina.
Sin embargo, el foco reciente no está en su trabajo artístico, sino en sus declaraciones.
El pasado 15 de marzo, el programa La Red de Caracol Televisión difundió en sus plataformas digitales una entrevista en la que el cantante habló abiertamente sobre el difícil momento que atraviesa, señalando que sus palabras, refiriéndose a unas declaraciones que ofreció al salir de La casa de los famosos, “le costaron un ojo de la cara”. Sus opiniones sobre el Pride, el lenguaje inclusivo y las siglas LGBTIQ+ generaron una reacción inmediata y polarizada.
A partir de ese momento, el debate dejó de centrarse únicamente en el contenido de sus palabras y abrió otro ángulo que no puede pasarse por alto.
Miel es reconocido por la precisión, la firmeza y la claridad con la que expresa sus ideas. No es un artista improvisado en el discurso ni en el escenario. Sin embargo, en medio de esta controversia, surge una pregunta que también merece ser considerada desde el ejercicio periodístico: ¿cuál fue la intención del periodista, comentarista o medio que formuló las preguntas que dieron origen a estas declaraciones?
No se trata de desviar la responsabilidad de lo dicho, sino de entender el contexto en el que se produjo. En un momento de su carrera marcado por múltiples propuestas y proyectos, las respuestas de Miel lo colocaron en el centro de una polémica que ha tenido consecuencias reales.

En ese sentido, cabe preguntarse si se trató de preguntas genuinas dentro de un diálogo abierto, o si, por el contrario, respondían a una línea más provocadora, orientada a generar un titular o a exponer al entrevistado en un terreno sensible.
El cuestionamiento no es menor.
Porque en escenarios mediáticos en donde cada palabra puede amplificarse, el rol de quien pregunta también forma parte de la construcción de la historia.
A partir de este contexto, este medio sostuvo una conversación telefónica con el artista este miércoles, con el objetivo de recoger su posición de forma directa.
A continuación, el artista respondió de manera directa a tres ejes centrales: las consecuencias de sus palabras, su identidad y su llamado al respeto.
Sobre el costo personal de haber expresado su opinión, Miel fue claro:
Hoy estás pagando un precio alto por decir lo que piensas.
¿Te arrepientes de haber hablado… o sigues creyendo que tu voz no se negocia?
Respuesta:
“Yo creo que como seres humanos todos sabemos que opinar sobre cualquier tema va a traer problemas. Ese es el problema de la sociedad: que no respeta la opinión del otro, porque muchos creen tener la razón de todo y no es así. Cada quien tiene sus razones, cada quien tiene su opinión, y eso se tiene que respetar, así no estés de acuerdo.
Lo mío fue una opinión sin discriminación, sin dañar a nadie y sin pisotear. Y es todo lo contrario que han hecho conmigo: pisotearme, dañarme, amenazarme, mandarme mensajes muy feos, acoso, hate por todos lados.
Yo sabía en lo que me estaba metiendo, sabía lo que podía pasar, pero estoy orgulloso de mí mismo. Me enorgullece tener la convicción que tengo y la voy a defender hasta el final, porque creo ciegamente en lo que dije. No me arrepiento.”
Al abordar su postura frente a las etiquetas, el Pride y la forma en que se define a sí mismo, el artista sostuvo:
Dices que no te identificas con ciertas expresiones del Pride ni con las siglas.
Entonces, ¿cómo defines quién eres tú, sin etiquetas y sin moldes?
Respuesta:
“Bueno, no me identifico con la marcha del Pride porque no me representa en absolutamente nada. Me representaría si fuera una marcha respetuosa y limpia, porque ahí van muchas familias, van niños, abuelos, padres… va de todo.
Y es bastante irrespetuoso ver a muchas personas —no todas, recalco eso— mostrando su cuerpo, con poca ropa, tomando licor, borrachos, consumiendo drogas. Pienso que esa no es la forma en la que yo buscaría respeto e igualdad.
A mí no me gusta ese término de comunidad LGBTIQ+ ni todas las letras que se inventan, porque siento que ese tipo de siglas hacen que la gente discrimine más. Entiendo por qué lo hacen, porque sé que lo que no se nombra no existe, pero siento que no es la forma.
Para mí todos hacen parte de la sociedad. Somos seres humanos.
Yo no tengo etiquetas ni moldes. Yo soy un hombre, soy homosexual y ya. El hecho de que me maquille o que use vestuario más femenino es parte de mi trabajo artístico, del escenario. Mi vida cotidiana es otra cosa totalmente distinta.”
Finalmente, al referirse a las reacciones que ha recibido, Miel insistió en un punto que atraviesa toda su postura:
Hablas de respeto, pero has recibido ataques incluso desde la misma comunidad.
¿Qué le dices hoy a quienes piden inclusión… pero no respetan cuando alguien piensa distinto?
Respuesta:
“Entendí que la misma comunidad discrimina a su misma comunidad. Me han escrito muchas personas gays a darme su apoyo, diciéndome que qué valentía la mía, que ellos piensan igual pero no se atreven a hablar.
A esas personas que no están de acuerdo con mi opinión, les digo que respeten, así no les parezca. Usted puede opinar porque estamos en un país libre, pero opine con argumentos, con su perspectiva, sin pisotear a los demás.
Porque esa no es la forma.
Yo entiendo las luchas, entiendo lo que se busca, pero siento que si se escucharan otras formas de hacer esas luchas, se podrían lograr muchas cosas desde el respeto y la igualdad.
Cada quien es libre de pensar y de decir lo que quiera, pero siempre con respeto. Así de simple.”
Más allá de sus declaraciones, lo que hoy enfrenta el artista también quedó expuesto en la entrevista difundida el 15 de marzo por La Red. En ese espacio, Miel narró en primera persona un escenario que describe como un “rosario de problemas”: acoso constante en redes sociales, amenazas directas, mensajes de odio, cancelación de presentaciones, pérdida de contratos y la paralización de proyectos debido a presiones externas y advertencias de boicot.
Este cuadro no solo evidencia el impacto mediático de sus palabras, sino también las consecuencias materiales que puede tener el ejercicio de la opinión en el entorno digital actual.
Las declaraciones del artista también generaron reacciones desde el ámbito político. El congresista colombiano Mauricio Toro expresó en sus redes sociales:
“El odio y la discriminación son aprendidos. A veces están tan arraigados que se vuelven contra uno mismo.
José Miel, ni tú ni yo tenemos nada que esconder ni nada de qué avergonzarnos. Ser libres y amar sin miedo es lo más grande que puedes sentir como ser humano.”
Sin embargo, esta postura también fue objeto de críticas. Un sector significativo de usuarios, incluso sin coincidir con las declaraciones del artista, ha insistido en que su derecho a opinar debe ser respetado, señalando una tensión creciente entre discurso inclusivo y tolerancia al disenso.
El caso de José Miel no se limita a una polémica mediática. Refleja una realidad más amplia: la dificultad de sostener el respeto cuando las opiniones no coinciden, incluso dentro de espacios que promueven diversidad.
En un contexto donde las redes amplifican cada postura, la reacción frente a la diferencia se vuelve inmediata y, en muchos casos, desproporcionada.
Más allá de las posturas individuales, lo ocurrido plantea una pregunta de fondo: ¿es posible hablar de inclusión si no somos capaces de respetar la diferencia?
El filósofo Voltaire dejó una idea que sigue vigente: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo.”
Ahí está el punto.
Porque si una sociedad no es capaz de sostener el derecho del otro a expresarse, incluso cuando incomoda, entonces no está construyendo inclusión, está administrando coincidencias.
Y en ese escenario, el caso de José Miel deja de ser un episodio aislado.
Se convierte en una prueba.
Una prueba de hasta dónde estamos dispuestos a respetar al otro cuando no piensa como nosotros.
Apoyar no significa estar de acuerdo.
Apoyar, en este caso, significa algo más básico y más necesario: defender el derecho a existir, a pensar y a expresarse sin ser destruido por ello.
