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Los derechos humanos no cambian según la ideología del gobierno que los viola. La libertad de expresión, el derecho a manifestarse y la participación política pertenecen a toda persona, sin excepciones
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
Hay fechas que no derriban un gobierno, pero cambian para siempre la memoria de un pueblo. El 11 de julio de 2021 fue una de ellas.
Cinco años después, aquella jornada continúa siendo una herida abierta para Cuba. También permanece como el recordatorio de que hasta los regímenes más cerrados descubren, tarde o temprano, que el miedo tiene un límite.
Durante más de seis décadas, los cubanos aprendieron a convivir con el silencio. Se volvió normal hablar en voz baja, mirar alrededor antes de expresar una opinión y desconfiar incluso de las conversaciones más cotidianas. El miedo dejó de ser una emoción para convertirse en una manera de sobrevivir.
Pero aquel domingo ocurrió lo impensable.
Miles de personas salieron a las calles de ciudades y pueblos de toda la isla. No respondían a un partido político ni seguían a un caudillo. Eran jóvenes, madres, padres, trabajadores, estudiantes, jubilados. Eran cubanos cansados.
Cansados de los interminables apagones. De la escasez de alimentos y medicamentos. De salarios incapaces de sostener una familia. Del deterioro de los hospitales. De la ausencia de oportunidades. Del exilio constante de hijos, hermanos y amigos. Cansados, sobre todo, de no poder decidir libremente el destino de su propio país.
El 11 de julio no fue solamente una protesta contra la crisis económica. Fue el desahogo de un pueblo que llevaba demasiado tiempo acumulando frustraciones.
Aquel día también cambió el lenguaje de Cuba. El viejo grito de “Patria o Muerte”, repetido durante décadas como consigna oficial y desgastado por el peso de la represión y del dolor, comenzó a ser desplazado por otro mucho más poderoso. Miles de voces hicieron suyo el “Patria y Vida”, nacido de la canción interpretada por artistas cubanos dentro y fuera de la isla. Lo que comenzó como una composición musical terminó convirtiéndose en el himno espontáneo de una generación que ya no estaba dispuesta a aceptar que amar a su patria significara renunciar a vivir en libertad.
Las imágenes recorrieron el mundo. Por primera vez en muchos años, Cuba dejaba de ocupar titulares por su pasado revolucionario para convertirse en noticia por la valentía de su gente.
La respuesta del poder no fue escuchar.
Miguel Díaz-Canel Bermúdez apareció públicamente convocando a los partidarios del gobierno a salir a las calles. Su frase, “la orden de combate está dada”, quedó grabada como uno de los episodios más oscuros de la historia reciente del país. A partir de ese momento comenzaron las golpizas, las detenciones masivas y una persecución que alcanzó a centenares de familias.
Muchos de los arrestados apenas comenzaban la vida adulta. También fueron detenidas mujeres, artistas, periodistas independientes y ciudadanos cuyo único acto había sido manifestarse pacíficamente. Para numerosos cubanos, aquella tarde terminó convirtiéndose en años de cárcel.
Cinco años después, muchas familias siguen esperando justicia.
Sin embargo, el 11 de julio también obliga a mirar más allá de Cuba.
Cada generación escucha promesas de quienes aseguran llegar al poder para construir una sociedad más justa y más igualitaria. La historia demuestra que ninguna promesa, por seductora que parezca, basta para garantizar la libertad. Cuando un gobierno concentra el poder, elimina los contrapesos democráticos, convierte la crítica en un delito y persigue el disenso, deja de servir a la ciudadanía para ponerse al servicio de sí mismo.
La tragedia cubana recuerda que ningún proyecto político merece un cheque en blanco. Ninguna ideología está por encima de la dignidad humana. Ningún gobernante puede proclamarse defensor de los pobres mientras necesita la fuerza para conservar el poder.
El 11 de julio también dejó al descubierto otro rostro: el del silencio.
Mientras cientos de cubanos eran golpeados, encarcelados o sometidos a procesos judiciales, no faltaron dirigentes y voces influyentes de América Latina que prefirieron mirar hacia otro lado. Algunos evitaron condenar la represión. Otros la justificaron. Resultó más cómodo proteger un relato político que escuchar el clamor de quienes pedían libertad desde las calles.
Ese silencio también forma parte de la historia.
Es fácil opinar sobre Cuba desde la distancia. Mucho más difícil es despertar cada mañana sabiendo que una opinión puede costar la libertad, que la prensa independiente vive bajo presión constante, que salir a manifestarse implica el riesgo de terminar en una celda y que quienes ejercen el poder no han sido sometidos durante décadas a una competencia electoral libre donde el pueblo pueda decidir su continuidad o su reemplazo.
Los derechos humanos no cambian según la ideología del gobierno que los viola. La libertad de expresión, el derecho a manifestarse y la participación política pertenecen a toda persona, sin excepciones.
Cinco años después, la crisis continúa. Los apagones siguen marcando la vida cotidiana. La escasez persiste. El éxodo de cubanos no se detiene. Pero hay algo que ya nadie pudo devolver al lugar donde estaba antes del 11 de julio.
Un pueblo descubrió que no estaba solo.
Y, por unas horas, perdió el miedo.
Todavía es demasiado pronto para medir el verdadero alcance de aquella jornada. Los cambios que tantos cubanos anhelan siguen siendo una tarea pendiente. Lo que nadie podrá borrar es que, ese domingo de julio, miles de ciudadanos decidieron recuperar la voz.
Las cárceles pueden llenarse. Los periódicos pueden ser censurados. Las manifestaciones pueden ser reprimidas. Ninguna de esas acciones alcanza para borrar el instante en que un pueblo descubre que el miedo ha dejado de gobernar su conciencia.
Ese es el legado más profundo del 11 de julio. No el de una revolución consumada ni el de una dictadura derrotada, sino el de un pueblo que comprendió que ningún poder es invencible cuando la libertad comienza a abrirse camino en el corazón de su gente.
