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Con el paso de los días también encontré la respuesta a otra pregunta que me acompañaba desde que salí de aquel templo. Si la tragedia había golpeado con tanta fuerza a St. Mark’s, ¿por qué hoy la iglesia lleva el nombre de Zion–St. Mark’s?
NUEVA YORK, NY
Por Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
Viajé recientemente a la ciudad de Nueva York para acompañar a mi amigo y compañero, el Rev. Deivis de Jesús Ventura, en dos momentos decisivos de su ministerio. Tuve el privilegio de participar tanto en su ordenación al ministerio de Palabra y Sacramento como en su instalación como pastor de la Iglesia Luterana Zion–St. Mark’s.
La celebración fue profundamente emotiva. La liturgia estuvo acompañada por ritmos dominicanos que llenaron el templo de alegría y recordaron la riqueza cultural de una iglesia que continúa escribiendo nuevas páginas de su historia. El edificio, de extraordinaria belleza arquitectónica y reconocido entre los templos históricos de la ciudad, conserva la majestuosidad de otra época. Su antiguo altar permanece orientado según la tradición litúrgica, recordando una forma de celebrar en la que la congregación y el celebrante dirigían juntos su mirada hacia el oriente como signo de esperanza en Cristo.
Aquellas paredes también cuentan su propia historia. Durante muchos años fue una congregación de origen alemán que celebraba sus servicios en ese idioma y que, con el paso del tiempo, incorporó el inglés hasta convertirse en una comunidad bilingüe. Sin embargo, esa no fue la historia que más me conmovió durante mi visita.
Mientras recorríamos el templo, Deivis me hizo un comentario que despertó inmediatamente mi curiosidad. Me dijo que varias personas le habían contado que aquella iglesia estaba vinculada a una de las peores tragedias ocurridas en la historia de la ciudad de Nueva York. No entró en detalles. Bastó aquella breve conversación para que comenzara a hacerme preguntas.
Confieso que hasta ese momento nunca había escuchado hablar del General Slocum. Como periodista, esa conversación fue suficiente para despertar en mí el deseo de investigar. Quería saber qué había ocurrido, por qué aquella iglesia aparecía ligada a un episodio tan doloroso y cómo era posible que una historia de semejante magnitud resultara tan desconocida para muchos de nosotros.
Mientras más leía, más comprendía que no había llegado únicamente para participar en una ordenación. Sin haberlo planeado, también había entrado en el escenario de una de las tragedias más desgarradoras de la historia de Nueva York.
Así comenzó mi encuentro con la historia del General Slocum.
El 15 de junio de 1904, más de mil trescientos miembros de la Congregación Evangélica Luterana de St. Mark’s abordaron el vapor General Slocum para realizar su tradicional excursión de verano. La mayoría eran familias de inmigrantes alemanes que habían encontrado en aquella iglesia un lugar donde conservar su idioma, su fe y sus costumbres. Había madres con sus hijos pequeños, abuelos, jóvenes y niños que esperaban disfrutar de un día de descanso lejos del bullicio de Manhattan.
La excursión había sido organizada para un día laborable. Muchos de los hombres permanecieron en sus trabajos, por lo que fueron principalmente mujeres, niños y personas mayores quienes abordaron el barco aquella mañana. Nadie podía imaginar que ese viaje terminaría convirtiéndose en una de las mayores tragedias civiles de la historia de los Estados Unidos.

Poco después de iniciar la travesía por el East River, un incendio comenzó a propagarse a bordo. Al principio se pensó que sería controlado con rapidez. No ocurrió así. Las llamas avanzaron con una velocidad devastadora mientras el capitán continuaba navegando en busca de un lugar donde atracar. Cada minuto permitió que el fuego se extendiera con mayor fuerza.
Entonces quedó al descubierto una cadena de negligencias que resultó tan letal como el propio incendio. Las mangueras contra incendios estaban deterioradas y se rompían al intentar utilizarlas. Muchos de los salvavidas llevaban años sin mantenimiento y habían sido rellenados con materiales que ya no flotaban. Los botes salvavidas no pudieron ponerse en servicio porque permanecían inmovilizados después de años sin ser utilizados. Quienes buscaban una oportunidad para sobrevivir descubrieron, demasiado tarde, que los equipos destinados a proteger sus vidas eran prácticamente inútiles.
Muchas madres abrazaron a sus hijos y saltaron al agua intentando escapar del fuego. Muchas no sabían nadar. Los pesados vestidos de la época absorbían agua rápidamente y hacían casi imposible mantenerse a flote. Otros quedaron atrapados entre el humo y las llamas. En pocos minutos el río se convirtió en escenario de una tragedia que conmocionó a toda la ciudad.
Murieron más de mil personas. La inmensa mayoría pertenecía a una misma congregación luterana. Barrios enteros quedaron de luto. Hubo calles donde casi todas las familias perdieron a un ser querido. La tragedia marcó para siempre a la comunidad alemana de Nueva York y, durante décadas, fue considerada el peor desastre civil de la ciudad, una dolorosa marca que solo sería superada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
La historia conserva cifras, nombres y testimonios. Sin embargo, hay un dolor que ningún documento puede medir. Resulta inevitable imaginar el domingo siguiente, cuando las puertas de St. Mark’s volvieron a abrirse para la celebración del culto. Bancos vacíos. Familias incompletas. Niños que nunca volverían a recorrer aquellos pasillos. Es difícil pensar que una congregación pudiera recuperar la misma alegría después de una pérdida de semejante magnitud.
Con el paso de los días también encontré la respuesta a otra pregunta que me acompañaba desde que salí de aquel templo. Si la tragedia había golpeado con tanta fuerza a St. Mark’s, ¿por qué hoy la iglesia lleva el nombre de Zion–St. Mark’s?
La respuesta no habla del olvido, sino de la resiliencia. Después del desastre del General Slocum, la comunidad alemana comenzó a desplazarse hacia otros barrios de Nueva York. Con el paso de los años, la congregación de St. Mark’s terminó uniéndose a Zion Lutheran Church y de esa unión nació la actual Zion–St. Mark’s Evangelical Lutheran Church. El nombre no sustituyó a St. Mark’s; la conservó. Es el testimonio de dos congregaciones que decidieron caminar juntas y de una comunidad que, aun después de sufrir una de las tragedias más grandes de la historia de la ciudad, se negó a desaparecer.
Hoy, cuando vuelvo a pensar en aquel recorrido por Zion–St. Mark’s, ya no veo únicamente un hermoso templo luterano en el corazón de Nueva York. Veo un lugar donde la fe, la esperanza, el dolor y la memoria aprendieron a convivir. Pienso en las paredes que toqué, en el antiguo altar, en los objetos que durante más de un siglo han permanecido allí, en el sótano, en el ático, en el órgano y en cada rincón que recorrí sin saber que estaba caminando sobre una historia que merecía ser contada.
Quizás ese sea el verdadero sentido de esta crónica. No rescatar una tragedia del pasado, sino impedir que el olvido termine haciendo lo que el fuego no pudo hacer: borrar la memoria de toda una comunidad. Porque mientras alguien siga contando esta historia, las mujeres, los hombres y los niños que partieron aquel 15 de junio de 1904 nunca desaparecerán del todo.
