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Desde mi pedestal he escuchado de todo… y visto de todo. Ahora queremos hacer a América grande otra vez…
Consideren estas palabras una solicitud formal de retiro. Después de casi siglo y medio representando una libertad cada vez más difícil de encontrar, considero responsable denunciar que mi presencia en este puerto es una publicidad engañosa.
Sé que la petición ocasionará ciertos inconvenientes. Mido más de noventa metros, peso unas cuantas toneladas y aparezco en millones de postales, monedas, camisetas, películas, llaveros, campañas publicitarias… y algunas otras trivialidades.
Desmontarme sería costoso. Para mí, continuar fingiendo también lo es, aun cuando sean costos diferentes. Quizás, precisamente por eso, mi costo sea mayor. Llegué de Francia en cajas. Doscientas catorce, para ser exacta. Me ensamblaron aquí porque hasta los símbolos de unidad llegan divididos en piezas. Fui inaugurada en 1886 como una celebración de la libertad y de la abolición de la esclavitud. En aquellos días, las mujeres no podían votar y la segregación racial se organizaba con creciente entusiasmo entre algunas otras
contradicciones, no muy lejos de lo que vivimos hoy.
Comprendí muy pronto mi posición. Yo no representaba lo que Estados Unidos de América era.
Representaba lo que aseguraban querer ser; la diferencia es abismal, pero al menos existía una aspiración. Los países también se construyen con aquello que todavía les falta. El problema comienza cuando dejan de avergonzarse de sus carencias y deciden convertirlas en programa de gobierno… o en pantalla internacional.
En mi mano izquierda colocaron una tablilla con la fecha de la Declaración de Independencia; un paralelismo hermoso y “muy casual” entre los diez mandamientos de Moisés y el 4 de julio de 1776. Dios lo grabó en piedra… Frédéric lo hizo en cobre. Un documento transparente que declara que todos los hombres fueron creados iguales. Algunos de quienes lo firmaron eran propietarios de otros hombres, pero supongo que toda gran declaración necesita tiempo para familiarizarse con sus propios sustantivos.
He permanecido aquí mientras la nación intenta decidir qué significa exactamente la palabra todos. La discusión ha durado doscientos cincuenta años… y contando.
A mis pies, un grillete y una cadena rota. Casi nadie los fotografía. Quedan parcialmente ocultos bajo mi túnica y exigen mirar hacia abajo, algo que los imperios practican únicamente cuando hay alguien a quien pisar. Los visitantes prefieren mi corona. Lo comprendo. La libertad siempre resulta más atractiva de la cintura para arriba.
Las cadenas introducen preguntas poco decorativas: quién las colocó, quién se benefició de ellas, quién tuvo que romperlas y por qué aparecen nuevamente cada vez que una sociedad confunde autoridad con derecho. Una corona cabe muy bien en una fotografía. Un grillete obliga a mirar el álbum familiar.
Luego está mi antorcha.
Me dijeron en Francia que era para iluminar el camino hacia la libertad. Actualmente parece más útil para alumbrar redadas, centros de detención y documentos escrutados bajo la sospecha de que todo ser humano nacido en otra parte oculta algún propósito criminal. Postura contradictoria e improcedente si tomamos en cuenta que Friedrich Drumpf llegó a Nueva York procedente de Kallstadt, Alemania, en 1885 y que algunas modelos importantes han llegado a servir a la nación desde Italia, España, Francia o Eslovenia… ¿cierto…? A una de ellas, Melanija Knavs, la vi entrar en el 1996 y no volver a salir.
Quizás deberían girarme. Podría iluminar el océano y dejar a oscuras la entrada. Sería una representación más honesta de la política migratoria. En 1903 colocaron en mi pedestal El nuevo coloso de Emma Lazarus. Allí continúan los cansados, los pobres y las multitudes que anhelan respirar en libertad grabados en bronce, donde afortunadamente no necesitan solicitar asilo. No sugiero retirar el poema. Bastaría añadirle una nota aclaratoria: “Oferta sujeta a disponibilidad. Aplican restricciones de raza, procedencia, religión, solvencia económica, utilidad política y nivel de obediencia. Respirar en libertad no constituye garantía de permanencia”. Perdería cierta belleza, aunque ganaría precisión jurídica y actualidad.
Desde esta isla he visto llegar a millones de personas. Irlandeses, italianos, judíos, polacos, caribeños y seres humanos procedentes de lugares cuyos nombres algunos congresistas jamás aprenderían a pronunciar. Ese debe de ser el momento culminante de la asimilación: olvidar el barco en el que llegó el abuelo y comenzar a vigilar el barco del vecino que se acerca.
Desde mi pedestal he escuchado de todo… y visto de todo. Ahora queremos hacer a América grande otra vez. Pero la grandeza propuesta parece depender de cuántas personas logren dejar fuera: fuera de la frontera, fuera de los libros, fuera de las aulas, fuera de la conversación, fuera de la historia y, de ser posible, fuera del concepto mismo de humanidad.
Es una ambición geométricamente interesante y conceptualmente paradójica: hacer grande al país reduciendo el espacio disponible para su gente. Debe tratarse de una versión reciente de libertad que todavía no ha llegado a Liberty Island. La que conozco permite pensar, disentir, amar, leer, elegir, protestar y existir sin pedirle autorización a los complejos de otra persona… o de otras.
Quizás ambas versiones compartan el nombre por razones de mercadeo. La palabra libertad vende muy bien. Puede colocarse junto a casi cualquier cosa: una guerra, un muro, un fusil, una deportación, una censura. Basta pronunciarla varias veces mientras ondea una bandera. La bandera cumple una función extraordinaria. No solo distrae la mirada mientras alguien reduce los derechos que afirma defender. También juega al orgullo patrio de aquellos que la miran con emoción mientras pagan el doble por lo que necesitan para vivir.
Algo similar ocurre con la palabra orden. El orden es la cortesía verbal de la violencia. Permite expulsar sin odiar, censurar sin temer y someter sin abandonar los buenos modales. Toda barbaridad parece respetable cuando aparece escrita en papel timbrado con un sello oficial y ejecutada por personas uniformadas… o desnudas en un hotel caro pero igual de podrido que un motel barato.
Orden para cerrar, para borrar, para callar. Orden para decidir qué familia merece acceso a los recursos, qué identidad será tolerada, qué libro resulta peligroso y qué versión de la historia debe enseñarse para que los descendientes de quienes causaron el daño puedan dormir en paz… esa misma paz que le niegan a los demás.
El país que nació de una rebelión contra el poder absoluto parece sentir una renovada fascinación por los hombres que desean ejercerlo. La democracia se ha vuelto demasiado lenta para algunos temperamentos patológicos. Exige contrapesos, discusiones, leyes, jueces, prensa, elecciones y la desagradable posibilidad de no prevalecer. La dictadura resulta más práctica. Solo necesita un hombre convencido de que su voluntad posee rango constitucional y una multitud dispuesta a confundir obediencia con patriotismo.
Hemos pasado mucho tiempo temiéndole al poder… quizás deberíamos comenzar a temerle a la obediencia.
Desde mi pedestal veo cómo invocan a Dios para justificarlo todo. Hablan en su nombre con una familiaridad que haría pensar que comparten el mismo abogado… o los mismos jueces en el Supremo. Supremo… que palabra tan dual. Lo citan para excluir, lo utilizan para perseguir. El mandato de amar al prójimo, aparentemente, quedó derogado en una vista fundamentalista en la que la defensa de los valores de la “familia tradicional” está biunívocamente correspondida por los ingresos de las donaciones que vienen de “la santidad”.
Se exhibe la Constitución. La levantan frente a las cámaras con la reverencia reservada a los libros sagrados. Como esas biblias doradas que se venden ahora a mayor precio porque tienen la firma de “Dios” escrita con Sharpie negro. Pero solo leen la enmienda que protege las armas; las demás continúan aguardando su turno.
Es una solución eficiente. Si la realidad contradice los principios, siempre resulta más fácil deshacerse de los principios. En ese escenario, los que durante décadas se adjudicaron la defensa de la democracia comienzan a imitar los gestos que condenaban: culto al líder, desprecio por la prensa, sospecha del extranjero, persecución del disidente y obediencia convertida en virtud nacional.
Aun así, yo permanezco aquí. Antorcha en alto. Corona de siete puntas. Tablilla en mano.
Cadenas rotas a los pies. Una escenografía impecable. Pero ha llegado el momento de reconocer que mi función se ha vuelto ornamental. Soy la enorme empleada decorativa de una libertad reducida a marca registrada. Mi silueta continúa garantizando prestigio histórico mientras, a mis espaldas, el significado es desmontado pieza por pieza. Por eso solicito que me bajen. No como castigo. Como corrección de contenido.
Colóquenme frente a la Casa Blanca para que cada gobernante tenga que mirarme antes de firmar una crueldad. Trasládenme a la frontera. Déjenme junto a los centros de detención.
Instálenme frente a una biblioteca de la que retiren libros o ante una escuela obligada a enseñar una historia sin culpables… allí volvería a significar algo.
También pueden devolverme a Francia. Después de todo, ellos me enviaron. Quizás conserven la factura, el arrepentimiento… o la vergüenza ajena.
O manténganme aquí y modifiquen mi nombre. “Estatua de la Libertad” comienza a crear expectativas difíciles de satisfacer. “Monumento Conmemorativo a una Antigua Aspiración” podría ser un mejor nombre; un poco largo, quizás, para un llavero o una tacita insípida… pero históricamente más exacto.
No estoy triste. Las estatuas carecemos de ese privilegio. Tampoco estoy resentida. El resentimiento pertenece a quien esperaba más. Quizás mi permanencia en este pedestal no haga diferencia. Los símbolos no desaparecen cuando una nación deja de merecerlos. Permanecen en pie para demostrar la magnitud de la distancia entre aquello que el país proclama y aquello en lo que decidió convertirse.
Pueden seguir encendiendo mi antorcha todas las noches en un espectáculo de luces para las gradas… la electricidad jamás ha sido prueba de iluminación. Eso lo saben todos los que viven en la obscuridad.
Pero si van a continuar llamándome Libertad mientras fabrican nuevos grilletes, tengan al menos la decencia de cubrirme el rostro o, más coherente aún… bájenme de aquí.
