Share This Article
La obra de Solimar Torregrosa convierte el amor, el recuerdo y la pérdida en un delicado viaje
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Luis Daniel Estrada Santiago, para Pride Society Magazine
El 16 de enero, mientras miles se daban cita en las tradicionales Fiestas de la Calle San Sebastián, fui al estreno de la obra Contigo Aprendí de la autoría de Solimar Torregrosa. No recordaba que la había visto en Teatro en 15, su versión original. A las 8:03 p.m. dio comienzo la obra de aproximadamente una hora de duración. De fondo, el bolero Contigo aprendí nos ambientaba sobre ese pasado en el que pensábamos que el personaje de Agustina, interpretado por Georgina Borri nos llevaba a través de su recuerdo, del tiempo y su historia como si estuviéramos frente a un espejo para observar su vida. Y, aunque lo que veíamos, lo que pensábamos no era exactamente eso, presenciamos repetidamente una escena entre ella y su cuidadora Gaby (Syndia Noelis), quien inicialmente confundió a los presentes que comentaban no entender por qué se repitió por lo menos en cuatro ocasiones.
Agustina le narraba a Gaby una y otra vez cómo conoció a Rafael (único amor de su vida), la forma que se enamoraron, se casó y hasta vivieron fuera de Puerto Rico. Nos parecía que regresábamos al pasado una y otra vez al reproducirse la misma escena inicial. Los boleros nos acompañaban en ese cuento del pasado y lo que entendíamos que era el presente, que después descubrimos que no lo era realmente, o no tal vez, como lo concebimos en general.
La historia de Agustina y Rafael fue una hermosa, enmarcada en esos boleros románticos. Agustina de joven fue interpretada por la también autora Solimar Torregrosa, quien a su vez era su nieta María. Esas escenas entre la joven actriz y el joven actor José Enrique Segarra estaban llenas de una ternura que nos llegaba hasta nuestros asientos. Muy creíbles sus actuaciones y expresiones. Un lujo dentro de esta nueva generación que se abre paso en nuestra escena nacional.






Más adelante por medio de Agustina, quien le va narrando toda su historia a su cuidadora (a quien ella le cuestiona si es un ángel), sabemos que Rafael enferma y ella se convierte en su cuidadora. Aquí vemos a un aturdido Rafael que no reconoce siquiera a Agustina. Excelente transición de Segarra, del dulce joven enamorado al adulto enfermo.
El diseño de luces de Miguel Rosa fue hermoso. De hecho, logró un momento mágico al crear con un efecto de luces los sonidos de los latidos del corazón de Agustina. Fue sublime. La escenografía de Isabella Rebollo Colón fue atinada y muy bien cuidada. El vestuario por Clara Aponte y Solimar Torregrosa fue efectivo, sobre todo los modelos del baile de los enamorados en su juventud. La dirección de Edgardo Soto estuvo muy acertada. Jugó con todos los espacios escénicos entre el pasado y el “presente”. El que su cuidadora se sentara casi a oscuras cuando venía un recuerdo fue un recurso que nos hizo hasta olvidar que ella estaba presente cuando se ponía de pie al final. Solo un detalle: ambas escenas en la cama, no pudimos ver las expresiones de los actores en ningún momento. Y aunque en la Sala Experimental es conocido que en algún momento no veamos a uno de los actores en escena, no ver a ninguno cuando estábamos sumergidos ya en la historia fue un detalle que pesó.
La actuación de Georgina Borri fue exquisita. Nos llevó por la ternura y la angustia de su Agustina al descubrir su realidad. Estuvo impecable. Fue la experiencia que se ajustó al talento joven. Su timbre de voz nos llevaba por su ternura y su angustia. Excelente interpretación. Syndia Noelis se vio perfecta al lado de la veteranía de Borri. No desperdició un solo momento para estar a la altura de su compañera. Fue precisa; tierna y directa. Es su personaje quien nos trae a la realidad en la que se encuentra Agustina y quien se ve en la obligación, tras quince años lograr convencerla, para que en efecto haga lo que hace tiempo debió haber hecho. Felicitaciones.
Solimar Torregrosa logró ejecutar con destreza sus dos personajes: el de una Agustina ilusionada por su juventud y una nieta realista que vivía un momento de tristeza al tener que desmontar la casa de su abuela. Además de lo bonito de su dramaturgia, nos regaló una muy creíble y sincera actuación.
José Enrique Segarra como Rafael en su juventud y una escena en su adultez enfermo nos pudo llevar a extremos de su interpretación: uno jovial, enamorado, audaz, tierno hasta el otro aturdido, fuera de su espacio real. Sin duda es una promesa en las tablas de nuestro teatro.
La producción estuvo a cargo de Clara Aponte para Encanto Productions. LLC, una compañía emergente que está demostrando que esta nueva generación tiene mucho qué decir y aportar a nuestro teatro. Felicidades a todos los que fueron parte de esta producción tan bien lograda, que me hizo sentir al salir de la Sala Experimental que aún sobrevive el teatro bonito. ¡Qué sean muchas más obras por venir Encanto Producciones!
