Share This Article
Cuba no necesita ser defendida como mito. Necesita ser comprendida como nación. Y comprender implica abandonar la comodidad de los relatos absolutos
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
Cuba no es una postal ideológica. Es un país real, con ciudadanos reales, atravesando una crisis que se profundiza semana tras semana. Explicar lo que ocurre hoy en la isla con una sola frase —“es el embargo”— no es análisis; es simplificación.
El embargo de Estados Unidos existe y tiene impacto. Negarlo sería deshonesto. Pero convertirlo en explicación total se ha transformado, demasiadas veces, en una coartada política que evita examinar los problemas estructurales internos: la centralización extrema de la economía, la falta de transparencia, la ausencia de pluralismo político y un modelo productivo incapaz de generar confianza y crecimiento sostenido.
Cuba puede comprar productos en el mercado estadounidense bajo marcos legales específicos. Sin embargo, esas compras deben pagarse por adelantado. No se conceden créditos. No hay financiamiento tradicional. La razón no es solo política; también es financiera. Ningún proveedor serio otorga crédito a quien arrastra un historial prolongado de impagos.
Y aquí aparece el tema que raramente se discute con rigor: la deuda.
Cuba mantiene litigios activos por compromisos incumplidos. El caso más visible recientemente involucró al Banco Nacional de Cuba en tribunales británicos. El Tribunal Supremo del Reino Unido rechazó una nueva apelación en un proceso relacionado con préstamos impagos de la década de 1980, cuya reclamación supera los 70 millones de euros.
Ese monto es apenas una fracción de un problema mayor. Diversas estimaciones sitúan la deuda externa total de la isla en decenas de miles de millones de dólares. A lo largo de los años, acreedores estatales y privados han tenido que reestructurar, aplazar o condonar montos significativos.
Rusia perdonó alrededor del 90 % de una deuda heredada de la era soviética que superaba los 30 mil millones de dólares. El Club de Paris aceptó acuerdos extraordinarios tras largos periodos de incumplimiento. China también ha renegociado obligaciones y extendido alivios financieros para evitar un colapso mayor.
Una y otra vez, países aliados han extendido la mano.
Pero la pregunta esencial no es cuánto se ha perdonado, sino quién paga finalmente el costo político y social de esa acumulación de deuda.
Mientras se debate en foros internacionales sobre solidaridad, en la isla la vida cotidiana se mide en apagones prolongados, hospitales sin insumos, salarios que se diluyen ante la inflación y una migración que ha alcanzado cifras históricas. El talento cubano es indiscutible. Sus médicos, maestros, deportistas y artistas han demostrado excelencia. Pero una cosa es la calidad individual de sus profesionales y otra muy distinta es el estado de las instituciones donde trabajan.
Muchos en América Latina continúan mirando a Cuba como símbolo de justicia social y resistencia. Pero conviene preguntarse qué Cuba se está observando. ¿La que circula en discursos y consignas? ¿O la que hace filas bajo el sol para conseguir alimentos básicos?
La solidaridad auténtica no debería dirigirse a la retórica del poder, sino a la gente.
Y aquí surge la interrogante más incómoda, pero inevitable. Si durante décadas se han reestructurado y perdonado deudas; si se han firmado acuerdos especiales para evitar defaults formales; si el Estado ha acumulado obligaciones que superan su capacidad productiva, ¿qué ocurrirá el día que el modelo actual cambie o se transforme profundamente?
¿Quién heredará esa deuda?
¿La próxima administración?
¿La ciudadanía que nunca pudo auditar ni votar la arquitectura financiera del país?
¿Una generación que ya paga con precariedad, migración y silencio?
Las deudas soberanas no desaparecen con discursos. Se negocian, se trasladan o se heredan.
Cuba no necesita ser defendida como mito. Necesita ser comprendida como nación. Y comprender implica abandonar la comodidad de los relatos absolutos. Ni el embargo explica todo, ni la épica revolucionaria resuelve la vida cotidiana de quienes enfrentan la crisis en carne propia.
Cuba no es un símbolo. Es un pueblo que sobrevive. Y cualquier análisis serio debe comenzar por ahí.
