Lo peor que le puede pasar a un ser humano es que su cerebro se convierta en un payaso, cuya única función sea hacer reír
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Carlos Barreto, Neurólogo | Brain Profesional Health
Escritor
La Gobernadora, en una entrevista reciente, afirmó que los casos de violencia publicados en las redes -en los que vemos los ciudadanos se insultan y se pelean en público– no representan un aumento en la violencia respecto a décadas anteriores. Según dijo, ahora se conocen más casos de agresividad porque las redes sociales los hacen visibles.
Eso es una nefasta mentira de parte de la incumbente. La realidad es que sí han aumentado, y el descalabro social se ha hecho más notable durante estos tres meses de un gobierno inanimado. Pero es más fácil culpar al otro desde tu propio púlpito, recitando la literatura bíblica de los Diez Mandamientos y tus poemas de moral, por miedo a enfrentar tus propios demonios. Ni Calígula se atrevió a tanto.
Esta fragmentación social, ya evidente y que sobrepasa el punto de ebullición, puede deberse a muchos factores como los valores, la educación y la salud mental, entre otros. Pero la mayor realidad es que llevamos años viviendo bajo estructuras económicas y de seguridad nacional débiles, atados a una estructura de gobierno inexistente, encabezada por los mismos políticos que se han convertido en payasos de un gran circo llamado Puerto Rico.
Un país con un descalabro económico como el que vivimos actualmente se genera desesperación, insomnio, ansiedad y depresión. Un país que no duerme, que constantemente se expone a estímulos (o “triggers”) como los que estamos viviendo, no funciona de manera normal. Lo que se ha creado es una “pseudo-guerra civil” que aumenta cada día. Y lo que está sucediendo es que las personas imitan modelos que distorsionan su forma de proceder. Ante tanta corrupción por parte del gobierno y las burlas constantes al pueblo, los mismos habitantes han comenzado, poco a poco, a imitar a estos grandes “profesores” políticos, replicando de la misma manera.
Además, el aparato de seguridad y la ley y el orden no funcionan, y ya se perciben como estructuras desmanteladas y débiles. Esto permite al individuo hacer lo que quiera y establecer sus propias reglas, a sabiendas de que no existe una coherencia gubernamental ni jurídica que resulte amenazante. Lo que han creado los políticos es una especie de circo romano en el que senadores, representantes y ejecutivos se sientan a observar un espectáculo apocalíptico que solo les provoca carcajadas. Lo peor que le puede pasar a un ser humano es que su cerebro se convierta en un payaso, cuya única función sea hacer reír.
Así, el juego se ha convertido en una lucha de poder entre quienes mandan más. Esto, a la postre, crea miedo, lo mismo que ha hecho el gobierno con el pueblo. Por así decirlo, el pueblo ha optado por demostrar la opresión gubernamental con más opresión, hasta el punto de no respetar ni a la misma Gobernadora. Recordemos los insultos públicos proferidos el día de su juramentación. De ahí se origina una enfermedad que no responde a ningún tratamiento, ya que se torna tolerante.
Desde un punto de vista literario, se ha generado un cinismo en torno a lo que acontece en ambas partes: el líder y el rebaño. Llámenlo “muerte lenta”; la Fuenteovejuna de Lope de Vega se hace cada vez más real en el escenario puertorriqueño. Las luchas sociales existentes han de desaparecer y se convertirán en fenómenos de autodestrucción y suicidio colectivo que terminarán encantando a los políticos, otorgándoles y, a la vez, despojándoles de poder.
Un desbalance crítico entre lo que es normal y lo que no lo es ya permea la jurisdicción isleña. La falta de iniciativa, orden y credibilidad del Gobierno pone en riesgo muchas cosas, como el aumento del desánimo, la ansiedad, la depresión, el insomnio y más enfermedades mentales.
Ante este panorama crítico, no queda más remedio que rendirse al desánimo y aprovechar la oportunidad para aislarse o salir corriendo del país.
Y mientras eso ocurre en el gobierno y en la sociedad “Charcástica” de Zeno Gandía, nosotros pasamos a ser Los fantoches de Carlos Solórzano, destinados únicamente a cuestionar…
