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El Oeste tiene su encanto: desde su historia en cada rincón, sus paisajes, colores y aromas, hasta su gente
SAN GERMÁN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
Lo que comenzó como un viaje sin mucho entusiasmo —simplemente para buscar una camisa para mi próximo viaje— terminó convirtiéndose en todo un acontecimiento. Dicen que al Oeste se va a desconectar, y yo comprobé que es cierto. Tres días en San Germán me regalaron historia, buena comida y hasta nuevos amigos. La excusa fue ir hasta San Germán a recoger la camisa personalmente, para no arriesgarme a que se dañara o se perdiera por correo. Aproveché para pedir recomendaciones de dónde quedarme; porque aunque ya había visitado el pueblo en otras ocasiones —principalmente la Iglesia Porta Coeli— nunca me había hospedado allí ni mucho menos pasado un fin de semana completo.
Salí el sábado después de las 2:00 p. m., tomando la ruta del Sur, e hice varias paradas para no quedarme dormido al volante, esas pausas que convierten el trayecto en parte de la experiencia. Al llegar, la sorpresa fue grata: mi hospedaje sería en un ¨Bed and Breakfast¨ llamado A 2 Tiempos, una casa antigua de madera con techos altos y ese aire que te hace sentir como dentro de un museo viviente. Para completar la experiencia, el dueño resultó ser un viejo amigo, el chef Tony, a quien conozco hace años. Y qué lujo tenerlo de anfitrión: cada desayuno era una experiencia distinta, preparado con esmero para sorprender. Entre almojábanas, frituritas de maíz y algún que otro bizcocho, las mañanas siempre arrancaban con sabor y buena conversación.
La casa quedaba justo detrás de la iglesia, en pleno corazón histórico de San Germán, con todo lo importante a un paso para recorrer caminando. Esa primera noche decidí salir a cenar y terminé en el Restaurante Pórticos 1606, en donde comí literalmente a cuerpo de rey. El local por dentro es pequeño pero acogedor, mientras que afuera tiene una terraza perfecta para disfrutar al aire libre. Como llovía, me quedé adentro, compartiendo el espacio con otros comensales en un ambiente cálido y agradable. La cena fue un deleite: un filete de dorado acompañado de mamposteado de gandules. ¡Exquisito! Al terminar, regresé caminando a la casa; la lluvia ya había cesado y el trayecto resultó tranquilo. Pero era sábado y todavía quedaba noche por delante, así que pedí recomendaciones en Facebook y mi amiga Simara Fierce’s me sugirió ir a verla, ya que esa noche tenía espectáculo en Aguada. Perfecta excusa para darme la vuelta por Rooftop 441, un lugar que hacía tiempo quería visitar y que ya es reconocido como la “casa Osuna” de la zona.
Esa noche el show estuvo a cargo de Nicole Chacón, acompañada por dos de sus “hijas”: Simara Fierce’s y Ninel Monroe. El lugar me encantó: de tamaño mediano, con una terraza exterior que incluye barra y música distinta además del área en el techo, tiene una vibra moderna y acogedora. La iluminación es agradable, la barra es amplia y estaba atendida por varios chicos, incluyendo nada menos que al dueño, Alejandro. El espacio también cuenta con una tarima y un área para el DJ, que esa noche estuvo en manos del tremendo Dj Xtasis, encargado de poner el toque perfecto para mantener la energía arriba. La pasé súper bien: saludé a viejos amigos, conocí gente nueva del área y disfruté un show ameno con música variada que incluyó hasta el clásico “New York, New York” de Liza Minnelli. Ya de regreso, 45 minutos de carretera me llevaron de vuelta a San Germán. Llegué a la casa a las 2:15 a. m., cansado, pero con la satisfacción de haber vivido una gran noche en el Oeste.
El domingo comenzó con un desayuno que servía de almuerzo gracias al chef Tony. Entonces llegó la pregunta: ¿qué hacer un domingo? Pues fácil: de museos. San Germán cuenta con varios que puedes recorrer caminando de uno al otro. Ya conocía algunos, así que, siguiendo recomendaciones, visité la Casa Museo Aurelio Tió, que guarda el legado de Lola Tió. ¡Qué buena sugerencia! La entrada es gratis y la guía, Carmen, hizo de la visita una experiencia ilustrada y entretenida. Pasé la mañana entre historia, arte y mucha cultura.





En la tarde me esperaba una gran sorpresa: desde hace 27 años, San Germán celebra una feria de antigüedades que siempre coincide con el fin de semana largo del Día del Trabajo, ¡y justo cayó durante mi visita! Hasta las facilidades de la Universidad Interamericana llegué para disfrutar de este evento. Tremendo trabajo reunir a tantos amantes de piezas antiguas y curiosidades. Allí me encontré con algunos de los comensales del restaurante de la noche anterior; entre risas comentamos la coincidencia y me contaron que esa noche irían a un restaurante italiano. Como era de esperarse, varios artículos me “hicieron ojitos” y terminé saliendo con mi paquetito bajo el brazo.
De regreso en la casa volvió el dilema: ¿qué hacer esa noche? Se me cruzó por la mente ir al cine, pero la idea de ir tan lejos para terminar en un cine me dio flojera. Así que cambié de planes y decidí ir a cenar a la Trattoria Di Nonna, el restaurante italiano, también accesible caminando. El lugar es precioso, con un horno de pizza a la vista que le da un toque acogedor y auténtico. Apenas entré, me reconocieron algunos de los que había visto en la feria de antigüedades y me invitaron a su mesa. Poco a poco se fueron sumando más personas hasta que ya éramos quince. ¡Qué tremenda noche pasé con ellos! Reímos, compartimos historias, escuché las suyas y conté las mías. La velada fluyó tan bien que ni pensé más en el cine. Terminé la noche con catorce nuevos amigos y amigas, una de esas sorpresas que solo se viven cuando viajas con el corazón abierto. Esa noche comí ravioli de queso con vegetales, todo exquisito.
El lunes llegó el momento de regresar. Se me quedaron pendientes algunas barras como Budha Bar 999 en Cabo Rojo y Sinners Bar en Mayagüez. Una excusa perfecta para volver pronto al Oeste. Esta vez tomé la ruta del Norte: más larga, pero mucho más entretenida. Hice varias paradas, incluyendo los outlets de Barceloneta, y llegué a casa poco después de las 5:00 p. m., listo para escribir esta crónica y prepararme para una semana intensa antes de mi próximo viaje.
El Oeste tiene su encanto: desde su historia en cada rincón, sus paisajes, colores y aromas, hasta su gente. Hay que darse esas escapadas y salir de la rutina. Al final, son esos pequeños momentos los que uno se lleva para siempre. Y ya sé dónde pasaré el próximo fin de semana del Día del Trabajo: en San Germán.
