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El costo de apoyar un movimiento que, en muchos casos, rechaza su existencia
NUEVA YORK, NY
Por Steve Murray, para Pride Society Magazine
En un bar de Midtown, Manhattan, una veintena de mujeres se reúne una tarde de domingo para conversar, socializar y quizás encontrar una chispa romántica. Desde lejos, parece un encuentro típico de lesbianas neoyorquinas. Pero hay un detalle que cambia por completo la escena: todas son republicanas.
La actividad, organizada por Log Cabin Republicans (LCR), uno de los grupos conservadores más antiguos dentro de la comunidad LGBTQ estadounidense, congrega a un pequeño —muy pequeño— sector de mujeres queer que se identifica con la derecha política en un país donde la mayoría de las lesbianas votan consistentemente por el Partido Demócrata.
Mientras algunas personas consideran imposible juntar las palabras “lesbiana” y “republicana”, un 13% de votantes LGBTQ apoyó al presidente Trump en las elecciones de 2024. Para estas mujeres, ese porcentaje se traduce en aislamiento, sospecha y, muchas veces, en miedo.
El costo de decir “soy lesbiana y soy conservadora”
Rachel Herman, de 40 años, recibe a las asistentes desde un taburete en la entrada del bar. Viste un blazer gris y un pin de LCR. Es una de las anfitrionas del evento, y también una de las muchas asistentes que ha pagado un precio personal por su afiliación política. Cuenta que fue expulsada de su liga de billar para mujeres queer cuando se enteraron de que era republicana.
Para Herman, quien es israelí, la inclinación hacia el conservadurismo comenzó con la candidatura de Donald Trump en 2016, impulsada por su postura sobre seguridad nacional, la lucha contra ISIS y el apoyo a Israel. La política exterior y su visión de orden pesaron más que los ataques del propio partido contra los derechos LGBTQ.
Esa tensión acompaña a muchas de las mujeres en el lugar. Varias hablan de haber sido doxeadas o atacadas en redes sociales. La mayoría pide no ser fotografiada. Muchas temen perder amistades o sus empleos si sus posturas se hacen públicas.
Más que la sexualidad: el peso de otras identidades
Para Geri Brodsky, una neoyorquina criada entre conversaciones sobre terrorismo, seguridad y trauma post 9/11, su orientación sexual nunca ha definido su visión política. Cuenta que, al volverse más crítica del manejo gubernamental de la pandemia y al identificarse como fiscalmente conservadora, su mundo fue virando a la derecha.
Asegura que no fue “convertida”, sino “validada”. Pero ese giro ha tenido consecuencias. En el terreno amoroso, especialmente. “Básicamente tengo que volver al clóset”, dice, refiriéndose no a ser lesbiana, sino a ser republicana. Para ella, la conversación política arruina las primeras citas antes de que lleguen al segundo café.
Encuestas recientes de Pew Research Center ayudan a explicar esta tensión: casi la mitad de demócratas dice que jamás saldría con alguien que votó por Trump. Entre republicanos, ese rechazo baja a 19%. En comunidades lésbicas, donde el activismo progresista ha sido columna vertebral durante décadas, ese filtro es aún más fuerte.
El punto más conflictivo: las identidades trans
Aunque la mayoría de las jóvenes lesbianas apoyan los derechos trans, la fricción aumenta dentro del sector conservador. Varios estados con legislaturas republicanas han impulsado restricciones severas al acceso de menores a terapias hormonales y han prohibido a mujeres trans competir en deportes femeninos.
Brodsky asegura que esto no la hace anti-trans, sino cautelosa. Otras mujeres en el evento expresan opiniones mucho más rígidas. Laura, de 54 años, dice que el movimiento LGBTQ “se volvió demasiado inclusivo” y que la evolución de la bandera del arcoíris la ofendió profundamente. Sus preocupaciones incluyen el uso de bloqueadores de pubertad para menores y una supuesta presión para que jóvenes que luego serían gays o lesbianas transicionen socialmente antes de tiempo.

Los datos contradicen parte de estas percepciones: estudios recientes muestran que jóvenes trans que reciben cuidado afirmativo experimentan menos depresión y menor riesgo de suicidio. También que los arrepentimientos tras una transición son extraordinariamente raros.
Aun así, Laura insiste. Para ella, lo que vive hoy la comunidad LGBTQ es un exceso de apertura. Y ese exceso la empujó hacia la derecha política, donde hoy se siente más cómoda.
Ser republicana, ser lesbiana… y ser juzgada
No todas las asistentes comparten la misma dureza. Nicole, pareja de Herman, se describe como conservadora moderada y asegura que entiende a las personas trans desde una empatía que nace de ser una mujer queer. Pero también confiesa estar cansada de que otras lesbianas asuman que votar por un republicano equivale a odiarse a sí misma.
Aun así, la contradicción está ahí: mientras mujeres como Nicole defienden la coexistencia, su partido impulsa políticas que borran la identidad de personas trans de encuestas federales, restringen su acceso al ejército y que, en algunos sectores, incluso han propuesto tratarlas como amenazas.
Sin miedo a perder derechos
Lo más sorprendente entre las asistentes es la aparente calma con la que enfrentan la posibilidad de retrocesos en derechos LGBTQ. Herman, por ejemplo, no teme un escenario en el que el matrimonio igualitario sea revocado.
“Si hay que pelearlo otra vez, lo pelearemos otra vez”, dice con firmeza. La paradoja es evidente: apoyan un movimiento político que ha llamado a las personas LGBTQ “inmundicia” o “degeneración”, mientras buscan aceptación en una comunidad queer que, en muchos casos, las rechaza por considerarlas aliadas del retroceso.
La incomodidad, el aislamiento y la soledad atraviesan sus palabras. Pero, para Herman, el conflicto no está en sus posturas sino en lo que entiende como intolerancia liberal.
“Es difícil ser una lesbiana republicana porque los liberales no escuchan”, dice. “Si fueras un pensador libre, podrías oírme. Pero no quieren hablar conmigo”.
En un país donde ambas orillas políticas parecen alejarse más cada año, estas mujeres caminan sobre una línea cada vez más delgada, intentando conciliar dos identidades que, para muchos, simplemente no pueden coexistir.
✨📌 En síntesis:
Las historias de estas mujeres revelan un choque profundo entre identidad y afiliación política.
Un recordatorio de que, incluso dentro de la diversidad, existen tensiones, contradicciones y heridas abiertas.
⚡👀 Puntos que levantan bandera:
• Rechazo dentro de su propia comunidad.
• Un partido que impulsa leyes anti-LGBTQ.
• Riesgos reales para derechos adquiridos.
• Una soledad política que pocas veces se cuenta.
🌈🗣️ La pregunta que queda:
¿Puede una comunidad avanzar unida cuando algunas de sus voces caminan hacia un movimiento que busca limitarla?
💬🤔 Invita a la reflexión… y a conversaciones que, aunque incómodas, siguen siendo necesarias.
