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El acoso digital agrava la persecución. Campañas de odio, amenazas a familias y difamaciones sistemáticas se han vuelto rutina
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
El periodismo vive hoy uno de sus momentos más oscuros. Informar se ha convertido en un riesgo real que en muchos países significa persecución, cárcel o muerte. La libertad de prensa, base de la democracia, se erosiona a golpes de violencia, censura y precariedad.
En América Latina, las cifras estremecen. Entre enero y julio de 2025 fueron asesinados trece periodistas: ocho en México, dos en Perú, uno en Colombia, uno en Guatemala y uno en Ecuador. En la última década, Brasil, Colombia, México y Honduras acumularon 139 asesinatos. La mayoría ocurrió en ciudades pequeñas, donde denunciar corrupción o crimen organizado equivale a una sentencia de muerte. México sigue siendo el lugar más peligroso: periodistas que exponen nexos entre autoridades y carteles son asesinados mientras sus familias esperan una justicia que nunca llega. En Colombia, las amenazas persisten contra quienes investigan conflictos ambientales y sociales. La impunidad es regla, y ese silencio forzado deja a la sociedad sin información vital.
Allí donde no hay balas, se usa la ley como arma. Gobiernos manipulan normas de difamación o “fake news” para encarcelar periodistas y cerrar medios. En Azerbaiyán, siete comunicadores enfrentan juicios por delitos fabricados. En Turquía, reporteros fueron detenidos y deportados por cubrir protestas. En Cuba, la censura es política oficial: informar sin aprobación estatal implica amenazas, expulsión de la vida pública o prisión. Muchos periodistas viven en el exilio, otros resisten dentro de la isla pagando un precio personal altísimo.
El acoso digital agrava la persecución. Campañas de odio, amenazas a familias y difamaciones sistemáticas se han vuelto rutina. Las mujeres periodistas son las más atacadas, víctimas de insultos y campañas misóginas que buscan destruir su credibilidad.
El periodismo libre también se asfixia económicamente. Según el Índice Mundial de Libertad de Prensa 2025, la fragilidad financiera es hoy una de las mayores amenazas. La concentración de medios en pocas manos, la dependencia de la publicidad oficial y la presión de grandes anunciantes obligan a la autocensura y limitan la investigación profunda.
No se trata solo de un problema regional. Organismos internacionales advierten que la libertad de prensa atraviesa su peor crisis en cincuenta años. Gobiernos con tendencias autoritarias desacreditan al periodismo, lo llaman “enemigo del pueblo” y buscan controlar la narrativa. Si la prensa pierde credibilidad, la ciudadanía pierde orientación. Sin periodismo libre, el poder actúa sin frenos ni contrapesos.
Puerto Rico no vive el nivel de violencia que sufren México o Colombia, pero no es inmune. La publicidad gubernamental condiciona medios, las presiones políticas existen y los proyectos independientes luchan por sobrevivir en un terreno desigual. El riesgo no es menor: una prensa debilitada abre la puerta a una democracia frágil.
La libertad de prensa no se pierde de golpe: se desgasta en silencio, con asesinatos impunes, juicios inventados, censura digital y precariedad económica. Cada periodista silenciado es una sociedad menos informada. Defender el periodismo no es un favor a un gremio: es defender el derecho de todos a la verdad.
Hoy informar se ha convertido en sentencia. Y la única manera de romper esa condena es sostener y proteger a quienes todavía se atreven a contar lo que otros quieren ocultar.

