Share This Article
Un retrato de cómo la desconfianza y la inseguridad marcan nuestra cotidianidad
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
Vivimos tiempos en los que el miedo se ha vuelto un compañero silencioso. No hablamos solo del temor que enfrentan inmigrantes, comunidades trans o grupos históricamente marginados. El miedo se ha instalado en la vida diaria de millones de personas en toda la nación americana, incluyendo Puerto Rico.
Es un miedo que se expresa en múltiples rostros. Está en quienes temen perder la ayuda alimentaria o los cupones que garantizan su sustento; en quienes miran con ansiedad el costo de las universidades y se preguntan si podrán sostener el futuro académico de sus hijos; en las personas que viven con VIH y dependen de medicamentos cuya estabilidad nunca parece asegurada; en los ancianos que sienten que cada recorte en los presupuestos de salud los deja más vulnerables y más solos.
El miedo también se manifiesta en el silencio: el miedo a opinar o a publicar en redes sociales, por temor a ser delatados y a que se emprenda contra ellos; el miedo a vivir bajo la amenaza constante de deportaciones, incluso en familias donde la ciudadanía nunca debería ponerse en duda; el miedo a profesar la fe de manera libre, o a educar y apoyar a los hijos sin sentir la sombra de la censura y la vigilancia.
Lo inquietante es que apenas comienza este ciclo. Faltan años para que la actual administración termine, y mientras tanto, hay quienes aprovechan este clima para imponer agendas de exclusión, odio y estigmatización. El miedo se convierte entonces en herramienta de control, en un disfraz de orden que en realidad oculta caos, desigualdad y violencia.
No se trata de un asunto partidista, ni de un análisis limitado a un grupo. El miedo hoy es transversal. Nos alcanza en los supermercados, en las farmacias, en las escuelas y en los templos; nos alcanza al encender la televisión y escuchar noticias de guerras, de políticas exteriores que parecen dictar el futuro de pueblos enteros, de discursos que polarizan más que unir.
Sin embargo, el miedo no puede ser la última palabra. La historia demuestra que los pueblos son más fuertes que sus temores. La resiliencia se convierte en acto de resistencia, y la solidaridad en respuesta concreta frente a la amenaza. No podemos permitir que el miedo nos divida ni que nos aísle, porque ese aislamiento es precisamente el terreno fértil de quienes buscan controlar.
Reconocer el miedo es necesario, pero más urgente aún es construir comunidad, defender derechos, hablar con valentía y acompañarnos unos a otros. La fuerza de un país no se mide en su capacidad de infundir temor, sino en su capacidad de sostener la esperanza en medio de la incertidumbre.
Porque si hay algo que se repite en cada esquina es esto: sí hay miedo, pero también hay vida, resistencia y dignidad. Y ahí, en esa suma de esperanzas, está la verdadera posibilidad de futuro.

