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Este pueblo ha cargado suficientes baldes como para tener derecho a algo más que instrucciones sobre cómo hervir el agua. El agua tiene que volver. Y con ella, la memoria…
SAN JUAN, Puerto Rico
Mañana viernes, a las seis de la mañana, cientos de miles de personas en San Juan, Trujillo Alto, Carolina, Juncos, Loíza, Canóvanas, Gurabo y otros posiblemente otros sectores abrirán una pluma que no dará nada. No será una sorpresa. Será, más bien, la confirmación de algo que este pueblo lleva demasiado tiempo sabiendo con el cuerpo antes de saberlo con la cabeza: que aquí el agua es un privilegio intermitente.
El plan de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados divide a los abonados del embalse Carraízo en dos zonas que alternarán el servicio en ciclos 48 horas. Dos días con agua, dos días sin ella. Al restablecerse el servicio, hay que hervirla tres minutos. Los camiones cisterna irán primero a hospitales y égidas. El DACO vigilará que nadie infle el precio de un galón. Todo eso está escrito, anunciado, calendarizado. Y aun así, la logística no alcanza a explicar lo que realmente ocurre.
Porque lo que ocurre no cabe en un comunicado.
Ocurre en la mujer de setenta y ocho años que vive sola en un tercer piso sin ascensor y tiene que decidir cuántos baldes puede subir sin caerse. Ocurre en la persona encamada cuyo cuidador ahora tiene que calcular el agua como quien raciona oxígeno. Ocurre en la familia que pierde un día de trabajo porque no hay manera de bañar a los nenes antes de la escuela. Ocurre en el negocio pequeño —la barbería, el colmado, la cocina de esquina— que simplemente cierra. Ocurre en quienes viven con VIH, con condiciones crónicas, con tratamientos que exigen higiene rigurosa, y que en una Isla en donde cerca del 40% de la población vive bajo el nivel de pobreza no tienen cómo comprar agua embotellada para cuatro días.
Esa es la parte que no aparece en las gráficas de metros y centímetros.
Hay que decirlo con claridad: no llueve, y eso es cierto. El Río Grande de Loíza entra a Carraízo como un hilito. El Monitor de Sequía coloca a más de la mitad del país bajo algún nivel de sequía. Los meteorólogos advierten lluvias muy por debajo del promedio hasta septiembre. Nadie manda en el cielo.
Pero la sequía no explica una tubería de los años cuarenta. La sequía no explica que embalses como Dos Bocas y Guayabal hayan perdido setenta y cincuenta por ciento de su capacidad por sedimentación acumulada durante décadas de dejadez. La sequía no explica que casi seis de cada diez galones de agua potable que la AAA produce se pierdan en el camino por salideros y tuberías rotas —dato que la propia Autoridad certifica en su informe de auditoría. La sequía no explica que en mayo, sin sequía de por medio, miles de abonados quedaran sin servicio y el alcalde de San Juan terminara demandando a la corporación pública.
La falta de lluvia es un fenómeno natural. La falta de mantenimiento es una decisión. Y las decisiones tienen nombres, presupuestos y firmas.
Esta semana el país escuchó primero un llamado a orar por lluvia y, veinticuatro horas después, el anuncio del racionamiento. No corresponde juzgar la fe de nadie; en este archipiélago la fe ha sostenido a la gente cuando ninguna otra cosa lo hizo. Pero la fe no sustituye la planificación. Un pueblo puede orar y exigir al mismo tiempo.
Lo que más preocupa no es el racionamiento en sí. Es la normalización. Es la facilidad con que ya sabemos qué hacer: llenar el zafacón del baño, comprar los galones, bajar el termo, apagar el calentador, avisar a los vecinos. Es el músculo de la resiliencia, sí, pero también la cicatriz de la costumbre. Sobrevivimos a María. Sobrevivimos a los terremotos. Sobrevivimos a los apagones que nunca terminaron de irse. Cada vez que sobrevivimos, alguien queda liberado de la obligación de arreglar lo que se rompió.
La resiliencia no puede seguir siendo el plan de infraestructura del país.
Este viernes tocará organizarse, como siempre. Chequear en qué zona queda uno. Guardar solo lo necesario, sin acaparar. Mirar de reojo al vecino mayor, a la muchacha del apartamento de al lado, a quien vive solo y no lo dice. Esa red informal —la que se activa sin conferencia de prensa— ha sido, una y otra vez, el sistema de emergencia más confiable que hemos tenido.
Pero que esa solidaridad no nos consuele demasiado. Que no nos anestesie. Cuidar al vecino es un acto de amor; no es una política pública. Y este pueblo ha cargado suficientes baldes como para tener derecho a algo más que instrucciones sobre cómo hervir el agua.
El agua tiene que volver. Y con ella, la memoria…
