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Veo activistas, familias, personas LGBTQ+, mirando hacia Roma como si ahí estuviera la única respuesta posible. Como si no existieran comunidades donde ese reconocimiento ya es una realidad vivida. Y sí existen…
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
La reciente entrevista al papa León XIV, realizada por un medio acreditado en Roma y luego difundida ampliamente en distintas plataformas, vuelve a poner sobre la mesa una realidad que ya no admite evasivas.
Se habla de respeto. Se habla de acogida. Se habla de acompañamiento.
Pero no se habla de reconocimiento pleno.
Y ahí está el problema.
Porque mientras el lenguaje suaviza, la estructura se mantiene intacta. Las relaciones entre personas del mismo sexo siguen sin ser afirmadas dentro de la Iglesia Católica. El amor sigue siendo condicionado, observado, puesto a prueba.
Y frente a eso, la reacción de muchos sigue siendo la misma.
Esperar.
Esperar a que Roma cambie. Esperar a que la institución valide. Esperar a que alguien, desde arriba, diga finalmente que ese amor está bien.
Pero el amor no necesita permiso.
Y aquí es donde esta conversación se vuelve incómoda, porque no basta con señalar lo que la Iglesia no hace. También hay que mirar lo que nosotros seguimos haciendo.
Seguimos esperando en la puerta.
Veo activistas, familias, personas LGBTQ+, mirando hacia Roma como si ahí estuviera la única respuesta posible. Como si no existieran comunidades donde ese reconocimiento ya es una realidad vivida.
Y sí, existen.
Ahí está la Iglesia Evangélica Luterana en América. Ahí está la Iglesia Episcopal. Ahí están comunidades metodistas, presbiterianas, la Iglesia Unida de Cristo, entre muchas otras.
Iglesias que no están discutiendo si tu amor es válido, sino acompañando vidas reales, celebrando relaciones reales, reconociendo vocaciones reales.
Y sin embargo, muchas de esas iglesias están vacías.
Vacías mientras seguimos esperando por instituciones que todavía no dan ese paso. Vacías mientras insistimos en buscar validación donde históricamente se nos ha negado. Vacías mientras dejamos en pausa nuestra propia dignidad.
Esto no es un ataque a la fe. Es una confrontación necesaria.
Porque el problema no es solo lo que Roma dice o deja de decir. El problema es que seguimos midiendo el valor de nuestro amor según esa respuesta.
Y eso tiene consecuencias.
Cuando esperamos permiso para amar, terminamos creyendo que no lo tenemos.
La entrevista del papa vuelve a encender el debate. Pero la pregunta ya no puede quedarse en Roma.
La pregunta es más directa, más urgente, más nuestra.
¿Hasta cuándo vamos a seguir esperando?
