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La coherencia es negarte a vivir roto para encajar en un molde que te somete
A muchos les enseñaron que eran incorrectos antes siquiera de entender quiénes eran.
Les dijeron que su forma de amar era desorden.
Que sus preguntas eran rebeldía.
Que su duda era pecado.
Que su identidad necesitaba corrección.
Y lo dijeron desde un altar.
Hay heridas que no sangran por fuera. Sangran por dentro cuando te convencen de que Dios te desaprueba, de que tu existencia necesita enmienda, de que tu naturaleza es una falla moral.
Lo más cruel no es el dogma.
Es la culpa implantada.
A muchos los educaron para vivir en guerra consigo mismos. Para pedir perdón por respirar distinto. Para esconder lo que son mientras sonríen en el banco de la iglesia. Y después llaman a eso formación espiritual.
Entonces la coherencia, en ese contexto, se vuelve un acto de transformación. Porque ser coherente implica dejar de traicionarte para encajar en una santidad ajena.
Te dijeron que ser útil a la sociedad era obedecer.
Que el bien tenía un solo molde.
Que fuera del templo solo había extravío.
Pero algunos de los que más daño han hecho estaban y están, perfectamente congregados. Cantaban y cantan fuerte. Citaban y citan versículos. Defendían y defienden la moral pública mientras destruían y destruyen vidas, no solo ajenas; privadas.
Eso es historia y es también presente; aunque moleste.
La opresión religiosa no siempre grita. A veces susurra: Dios te ama… pero aborrece tu pecado. Y ese susurro perfora aún al más ferreo de los espírtus. La palabra aborrece, dentro de un contexto de amor, es una contradicción enferma que lacera el contexto mismo.
Hay quienes abandonaron la fe, no por rebeldía, sino por supervivencia. No porque odiaran a Dios, sino porque odiaban la versión de Dios que los odiaba a ellos… y eso, nunca fue culpa de Dios; el que sea que este sea.
Y aún así, muchos de ellos viven con una ética impecable. Pagan lo que deben. Cuidan a sus padres. Aman con lealtad. No engañan para trepar. No humillan para dominar. No señalan para limitar… ni mienten para justificar misiles en alta mar. Me pregunto qué pensara ese mismo Dios sobre esto último; ¿lo aborrecerá tambien…?
La coherencia no necesita absolución institucional. Necesita integridad personal.
No; los valores no dependen de una congregación. Dependen de la valentía de mirarte al espejo y no escupirte encima porque alguien te enseñó a despreciarte y sentirte menos valioso en nombre de la santidad.
La coherencia no es someterte a un molde que te rompe. Es negarte a vivir roto para encajar en un molde que te somete.
Ser útil a la sociedad no es repetir dogmas. Es no convertirte en verdugo. Es no hacer con otros lo que hicieron contigo. Es no usar la moral como látigo.
Algunos necesitan templos para comportarse.
Otros solo necesitan conciencia.
Si lograste reconstruirte fuera del juicio que te aplastó, si aprendiste a vivir con dignidad sin pedir permiso, no es rebeldía; es coherencia. Porque muchos no florecieron después de salir. Florecieron en medio del rechazo. Se reconstruyeron dentro del señalamiento y aprendieron a existir en el mismo espacio donde les dijeron que no cabían.
Porque al final no se trataba de si cabíamos o no, sino de entender que el espacio nunca fue un permiso, sino una presencia. Y ahí estuvimos, y estamos: en la historia que no nos nombraba, en las mesas donde no había asiento asignado, en las instituciones que no nos esperaban, en los escenarios que no nos abrieron la puerta.
No entramos porque nos dejaron entrar, tampoco porque llegamos; entramos porque siempre estuvimos. Porque cuando uno aprende a sostenerse y logra su propio equilibrio, descubre que no hay lugar prohibido para quien decide habitarse por completo; no por concesión, sino porque siempre entendimos que el espacio, como la dignidad, no se pide… se habita.
