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Violencia, silencio y el precio humano del engaño y conveniencia política
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Mario Beltrán Pérez, para Pride Society Magazine
Si algo “positivo” puede atribuirse tanto a la administración de Donald Trump como a la actual administración bajo Jenniffer González en Puerto Rico, es que han logrado dejarnos ver el odio, la intolerancia, las fobias, los estereotipos, el racismo y el discrimen, incluso entre personas que hasta ayer considerábamos “buenas”. Tal parece que esta administración le concedió el permiso para atacar, hacer daño y hasta segar la vida de ciudadanos inocentes.
El tiempo nos ha dicho que no se trataba de deportar inmigrantes, mucho menos de acabar con carteles inexistentes, o terminar con el problema de entrada de drogas a los Estados Unidos, ya que todo esto continua intacto. Se trata de un plan opresión y violencia por la fuerza, asesinatos a mansalva, agresiones sin distinción de ciudadanos, formulación de casos, manipulación de datos, violación de derechos humanos, solo con la finalidad de obtener control total y continuar quebrantando la democracia según la conocíamos hasta ahora.
Hoy no estamos ante simples diferencias ideológicas. Estamos frente a una maquinaria política y organizada que normaliza la deshumanización, legitima la fuerza, la violencia y los asesinatos como método de entrada y convierte el silencio institucional en política pública. Y todo bajo orden presidencial.
Uso del asecho y violencia como estrategia
En Estados Unidos, la agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) se ha transformado en uno de los rostros más visibles de esta deriva autoritaria. Las redadas masivas, el uso desproporcionado de la fuerza y las muertes bajo custodia federal ya no son episodios aislados: son parte de un patrón.
El relato de Casa Blanca insiste en la “seguridad nacional”. Pero la realidad es otra: ciudadanos estadounidenses y residentes legales han muerto en operativos federales; otros han desaparecido, personas desarmadas han sido baleadas; comunidades enteras viven bajo un estado de terror permanente. Estamos presenciando como ante estas muertes, la administración del presidente continúa justificando la injusticia y elevando al contexto heroico a los perpetuadores. Sólo hacía falta una cosa para dar inicio a esta barbarie: otorgar un bono de inicio de $50,000.00 para contratar mercenarios.
Ya no se trata exclusivamente de deportar a personas indocumentadas
- Se trata de imponer obediencia mediante el miedo.
- Se trata de criminalizar al que documenta abusos con su celular.
- Se trata intimidar al que protesta.
- Se trata de enviar un mensaje claro: el Estado puede ejercer violencia y salir impune.
Cuando un gobierno justifica estas acciones incluso antes de que concluyan las investigaciones, deja de actuar como asegurador de derechos y pasa a comportarse como opresor y verdugo.
Puerto Rico: el silencio también mata
Y mientras todo esto ocurre, desde Puerto Rico la respuesta oficial ha sido el silencio.
Un silencio cuidadosamente calculado.
Nuestra administración local ha evitado condenas firmes, pronunciamientos claros o gestos de solidaridad con las víctimas. En cambio, ha optado por una postura tibia, casi invisible, protegida por afinidades partidistas y por el deseo de no incomodar a la administración republicana federal.
Sabemos que ese silencio no es un acto neutral, sino complicidad
Es aceptar que vidas humanas se pierdan mientras se preservan relaciones políticas.
Es mirar hacia otro lado mientras se normaliza el abuso, como si Puerto Rico estuviera exento de lo que en Estados Unidos está ocurriendo. Estas inacciones o silencios concebidos resultan particularmente dolorosos en un país donde tantas familias tienen vínculos migratorios, donde la historia del desplazamiento y la diáspora están tatuadas en nuestra memoria colectiva. Pero de esto no se habla y no se pregunta porque la prensa actual es inocua y compiten entre ellos, en lugar de trabajar por un mejor país.

Religión, poder y retrocesos
A esta ecuación se suma otro elemento inquietante: la alianza entre sectores políticos y la ultraderecha religiosa.
- A puerta cerrada se negocian derechos reproductivos.
- Se promueven leyes basadas en lecturas bíblicas selectivas e interpretadas a conveniencia.
- Se legisla desde el dogma y el púlpito para asegurar votos.
- Las mujeres ven amenazada su autonomía corporal.
- Las políticas públicas se redactan para complacer púlpitos.
- La democracia se subordina al fundamentalismo.
Esto no es fe, mucho menos es amar al prójimo como a sí mismo: es odio, control y sed de poder utilizando el nombre de Dios y la biblia como instrumentos para aprobar leyes que llevan a oídos sordos el derecho que las mujeres tienen de elegir sobre su cuerpo y su vida. Qué doloroso fue presenciar a miembros de “Pro Vida” expresar en televisión, ante una prensa muda, que la mujer deja de tener derechos desde el momento que queda embarazada, con elección o no.
La comunidad LGBTQ+: entre el miedo y el borrado
En este clima, la comunidad LGBTQ+ vive un proceso silencioso de erosión de derechos y desmoralización. No siempre con titulares escandalosos, sino mediante recortes administrativos, eliminación de programas clínicos, médicos, farmacológicos, y retrocesos disfrazados de “reorganización”, “austeridad”.
La inclusión se ha reducido a gestos simbólicos.
La protección legal se debilita sin debate público.
La incertidumbre se convierte en norma.
El resultado es una comunidad atemorizada, desorientada, viendo cómo conquistas históricas se diluyen mientras el gobierno guarda silencio.
No es inevitable
Nada de esto es casual. Es el producto de decisiones políticas concretas, de prioridades mal colocadas y de líderes que prefieren la conveniencia al coraje.
Pero tampoco es irreversible
Una sociedad democrática no se mide por cuán fuerte reprime, sino por cuán bien protege.
No por cuántas armas despliega, sino por cuántas vidas cuida.
No por cuántas personas callan, sino por cuántas se atreven a exigir justicia.
Hoy más que nunca necesitamos gobiernos que condenen la violencia estatal, que defiendan los derechos humanos sin condiciones y que entiendan que el silencio, también es una forma de violencia.
Cuando el poder se ejerce desde el miedo, las leyes se aprueban a puertas cerradas y la política se practica desde el odio, lo que está en juego no es una ideología, es nuestra humanidad.
Esto va a pasar
Se necesita voluntad y organización. No podemos pedir un cambio si no hacemos nada para que ocurra. Desde la inscripción temprana, hasta salir a votar en las próximas elecciones, en lugar de quedarse en la casa. Las mentiras, las manipulaciones y este régimen autoritario no puede continuar rigiendo nuestro día a día. Los autores lo pagarán en los próximos comicios electorales del 2028. No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista.
