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“La Convivencia” sobresale en actuaciones y propuesta visual, pero la acumulación de recursos y discursos dificulta encontrar un hilo dramático sólido
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
Hay historias que encuentran en la brevedad su mejor forma de existir. La Convivencia parece confirmar esa idea al expandir un universo teatral nacido dentro del formato de Teatro en 15.
Su origen está en La Taza, cuya acogida llevó a sus creadores a retomar aquel universo en La Mudanza. Ahora, La Convivencia recupera esos personajes y situaciones e incorpora nuevos elementos a una historia que continúa creciendo, aunque no necesariamente fortaleciéndose.
Estrenada en única función en el Teatro Victoria Espinosa, ante una sala llena y con espectadores sentados a ambos lados del escenario, La Convivencia, producción de Fuera de Liga, con Gaby Girón como productora y escrita y dirigida por Pietro Alonso, parte de una idea atractiva: colocar frente a frente a Vida, Tiempo (Chronos) y Muerte, mientras Nano y Mika sirven de vínculo con el universo anterior.
La disposición del público plantea un reto que Alonso resuelve acertadamente durante buena parte del montaje, distribuyendo la acción para atender ambos lados. Precisamente por eso contrastan los segmentos en los que los actores permanecen prácticamente estáticos y la energía disminuye.
La obra recupera mediante una proyección buena parte de La Taza, incorpora elementos de La Mudanza y suma una dimensión filosófica sobre la vida, el tiempo y la muerte. Sin embargo, las piezas no siempre encuentran una transición orgánica. Quienes conocen los trabajos anteriores reconocerán las referencias; para quien llegue por primera vez, la acumulación puede resultar difícil de seguir.
La Convivencia reúne ideas interesantes y momentos de gran calidad, pero el intento de expandir una premisa que funcionó en el formato corto termina diluyendo su fuerza.






Esto se evidencia en su estructura de dos actos. El primero contiene material suficiente para construir un arco dramático con desenlace. El segundo comienza casi como otra obra: “El debate a muerte”, una especie de programa televisivo donde Rigo (la Muerte) modera una discusión entre Vida y Chronos.
La ocurrencia incorpora preguntas del público, algunas establecidas y otras seleccionadas entre las escritas por los espectadores. Sin embargo, aparece sin una transición que justifique el cambio de lenguaje y se prolonga con escaso movimiento escénico. Las intervenciones improvisadas tampoco alcanzan siempre la solidez necesaria; algunas respuestas, particularmente las de Chronos, parecen perder de vista la pregunta planteada.
Otros problemas de dirección aparecen en desplazamientos y gestos repetitivos que terminan llamando la atención sobre sí mismos. Que dramaturgia y dirección recaigan sobre Alonso hace visible una dificultad: algunas decisiones del texto llegan al escenario sin que otra mirada parezca cuestionar su efectividad dramática.
También aparecen referencias a la realidad política puertorriqueña. Los señalamientos sobre la falta de agua y energía eléctrica provocaron una respuesta inmediata del público, pero otras alusiones, incluido un intento humorístico alrededor de la invasión estadounidense de 1898, guardan poca relación con el eje principal y el efecto cómico buscado no se produjo.
La Convivencia encuentra algunas de sus mayores fortalezas fuera del libreto. La iluminación de Andrea Soto transforma el espacio y crea atmósferas con precisión. La escenografía de Pietro Alonso, dominada por el árbol central y concebida para ser observada desde ambos lados, construye con sencillez un espacio efectivo. Igualmente sobresaliente resulta el vestuario de Juan De Los Santos, hermoso y eficaz para trasladarnos entre épocas y dimensiones.
La música en vivo aporta riqueza y sensibilidad, aunque no siempre corresponde con lo que sucede dramáticamente. La aparición de sonoridades flamencas resulta curiosa dentro de una historia situada en Puerto Rico sin que la dramaturgia establezca una razón evidente para ese lenguaje musical.
El elenco defiende con entrega el material. Sobresale Yarimar Varona como Rigo, representación de la Muerte, con extraordinaria proyección vocal, presencia y dominio escénico. Varona suma un momento musical con su propia voz, trabajo para el que la producción contó con Omayra Martínez como coach vocal. También destaca el primer encuentro entre Vida, Chronos y Rigo, uno de los momentos más sólidos del texto, aunque su lenguaje excesivamente filosófico mantiene las ideas a cierta distancia del espectador.
La Convivencia no carece de buenas ideas ni de talento. Hay actuaciones comprometidas, una cuidada popuesta visual y un equipo técnico capaz. Lo que falta es el hilo que convierta esos elementos en una sola experiencia.
Quizás ahí reside su principal contradicción: al intentar darle más vida a una historia que funcionó desde la concisión, termina demostrando que no toda pieza concebida para quince minutos conserva su eficacia cuando se expande.

