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El caso de Daniel debería ser una advertencia. No solo sobre el abuso policial, sino sobre una sociedad que sigue confundiendo identidad con peligro, y diversidad con delito
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Víctor H. Navas, para Pride Society Magazine
Anoche soñé y confiero que desperté agitado… fue un sueño que no se desarrolló en el presente, sino en un futuro cercano. El caso es que lo quiero contar por aquello de que si lo digo o comento no se hará realidad. Sin embargo, tal parecería que a esto nos enfrentaremos próximamente…
Daniel, el protagonista de mi sueño, nunca pensó que una noche de cumpleaños pudiera transformarse en una pesadilla. Celebraba con su pareja y un grupo de amistades en un bar de Santurce, cuando agentes de la Policía de Puerto Rico entraron al local y comenzaron a registrar a varios clientes. “Me preguntaron si era de los que van a esos jangueos de locas donde se meten cosas raras”, recuerda. En cuestión de minutos, lo esposaron y lo trasladaron a la comandancia por posesión de una sustancia líquida que los agentes confundieron con una droga controlada. “Era para mí. No estaba vendiendo nada. Pero me trataron como si fuera un criminal”.
El caso de Daniel no es aislado. En los últimos años, organizaciones que trabajan en temas de salud sexual y derechos humanos han recibido múltiples denuncias sobre intervenciones policiales arbitrarias en espacios frecuentados por personas LGBTQ+. Las redadas en locales nocturnos, los registros por apariencia o vestimenta y la revisión sin orden de teléfonos móviles son prácticas que, según activistas, se justifican bajo la “lucha contra las drogas”, pero esconden prejuicios de fondo. En muchos casos, las sustancias ocupadas —como el G o éxtasis líquido— no están clasificadas como estupefacientes bajo las leyes locales, pero se tratan judicialmente como tales.
El patrón se repite: hombres gays o personas trans son detenidas por cantidades mínimas, enfrentando acusaciones desproporcionadas, daños psicológicos y costos legales imposibles de asumir. Mientras tanto, el discurso oficial insiste en que se trata de “acciones preventivas”. Sin embargo, lo que ocurre en la práctica es una criminalización selectiva que refuerza estigmas sobre el cuerpo, el placer y la disidencia sexual.
La doble moral también está presente. “Yo tengo panas heterosexuales que beben, usan cocaína o pastillas y nadie los acusa de narcotráfico”, comenta Daniel. “A nosotros nos ven salir de un local queer y enseguida asumen lo peor”. La diferencia no está en la sustancia, sino en quién la porta y en qué contexto. Es la misma lógica que históricamente ha marcado la relación entre el Estado y las comunidades marginadas: castigar el comportamiento que se sale de la norma, no necesariamente el delito.
Desde el campo de la salud pública, profesionales insisten en que el consumo problemático no se resuelve con arrestos, sino con educación, acompañamiento y políticas basadas en evidencia científica. Pero en lugar de un enfoque de reducción de daños, lo que se ve es represión y vergüenza. Las drogas se convierten en una excusa para ejercer control moral, y los cuerpos queer vuelven a ser los primeros en pagar las consecuencias.
Detrás de cada intervención hay una historia que rara vez llega a los tribunales o a los medios: personas que pierden su empleo, su estabilidad emocional o su sentido de seguridad. “Después de aquello, no puedo ver una patrulla sin ponerme nervioso”, dice Daniel. “A veces pienso dos veces cómo vestirme antes de salir. Es como si nos quisieran invisibles”.
La criminalización del placer, la vigilancia del cuerpo y la persecución del deseo no son políticas de seguridad; son formas modernas de control. En un país en el que la justicia todavía mira con sospecha a quienes aman distinto, defender la dignidad humana también implica cuestionar cómo se usa la ley para castigar estilos de vida que no encajan en la moral dominante.
El caso de Daniel debería ser una advertencia. No solo sobre el abuso policial, sino sobre una sociedad que sigue confundiendo identidad con peligro, y diversidad con delito. Hasta que eso cambie, la libertad seguirá siendo, para muchos, una sustancia prohibida.

