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La vieja y desacreditada promesa de cambiar a las personas LGBTQ+ adopta un discurso más sutil, digital y dirigido a padres y jóvenes: aceptar la atracción, pero condenar vivirla
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Víctor H. Navas, para Pride Society Magazine
Durante décadas la promesa fue simple, y falsa: una persona gay o lesbiana podía dejar de serlo con la intervención religiosa, psicológica o conductual correcta. Todavía hay sectores que defienden eso abiertamente. Pero una parte de la derecha religiosa estadounidense encontró un discurso menos extremo en apariencia, aunque con consecuencias parecidas para las personas LGBTQ+, según informa LGBTQNation.com
Ya no hace falta prometer que alguien deje de ser homosexual. Basta con trazar una línea entre sentir y actuar: la atracción hacia alguien del mismo sexo puede no ser pecado, pero sostener una relación con esa persona sí lo es. Bajo esa lógica, alguien puede reconocer que le gustan las personas de su mismo género, siempre que renuncie a construir con ellas una vida afectiva y sexual.
Para las personas trans el margen es todavía más estrecho. Estos movimientos rechazan casi por completo la atención médica de afirmación de género, y en muchos casos también la transición social. Algunos analistas ya le pusieron nombre a esta reformulación: Purity Culture 2.0, una versión actualizada de la cultura de pureza evangélica que se cruza con las viejas ideas de los movimientos de conversión.
Lo que cambió no es tanto el contenido como el empaque. Ya no está, al menos no tan visible, la imagen del programa religioso que promete borrar la homosexualidad. Ahora el mensaje llega en videos, cursos en línea, podcasts, redes sociales y guías para padres, con una estética contemporánea pensada para hablarle a las generaciones jóvenes. La conversión no desapareció. Cambió de estrategia.
De cambiar la orientación a controlar la conducta
Figuras del cristianismo conservador como el apologista William Lane Craig llevan años defendiendo una idea puntual: sentir atracción por alguien del mismo sexo no obliga a nadie a actuar sobre ese deseo. Ese argumento se volvió central en un discurso que separa identidad, deseo y conducta para decidir qué expresiones de la sexualidad son moralmente aceptables y cuáles no.
Así que una persona LGBTQ+ ya no necesariamente escucha que puede dejar de ser gay. Escucha otra cosa: que sentir esa atracción es algo que tendrá que aprender a manejar, pero que convertirla en una relación amorosa o sexual va en contra de lo que su fe le exige. El resultado práctico termina siendo parecido, porque la heterosexualidad y la cisgeneridad siguen siendo, en ese esquema, los únicos modelos válidos para una vida afectiva, sexual y familiar plena.
Una nueva generación de líderes religiosos lleva estas ideas directo a los jóvenes, y sobre todo a sus padres. Entre las figuras que más visibilidad han ganado está Christopher Yuan, creador de The Holy Sexuality Project y autor de Out of a Far Country (2011).

Yuan ha contado públicamente su historia: salió del clóset joven, sus padres lo rechazaron, se metió en la vida nocturna, recibió un diagnóstico de VIH y pasó tiempo en prisión por delitos de drogas. En ese periodo tuvo una conversión religiosa y terminó adoptando una visión cristiana conservadora sobre la sexualidad. Hoy no se identifica ni como gay ni como ex gay.
Su propuesta, la «sexualidad santa», rechaza la identidad sexual como categoría válida y pone la identidad cristiana por encima de etiquetas como gay, lesbiana o bisexual. La atracción por el mismo sexo puede existir, dice, pero no debería convertirse en la base de una identidad ni traducirse en relaciones sexuales.
Yuan también cuestiona el concepto mismo de identidad sexual, lo vincula a Sigmund Freud, y sostiene que un hombre atraído exclusivamente por otros hombres podría —sin cambiar su orientación, pero a través de la religiosidad y la oración contemplativa— llegar a sentir atracción por una mujer en particular.
Vale la pena poner su autoridad en contexto. Yuan tiene un Doctorado en Ministerio (DMin), un grado profesional orientado a la práctica religiosa. No es un doctorado académico en sexualidad humana, psicología, psiquiatría o identidad de género, y Yuan tampoco cuenta con formación clínica en esas áreas.
La fe entra al algoritmo
The Holy Sexuality Project es solo una pieza de un ecosistema mucho más grande. Programas como Raising Sexually Faithful Kids y Parenting Boys and Girls in a Gender-Confused World (Harvest Ministries), A Parent’s Guide to LGBTQ+ and Your Teen y Kicking Off The Sex Talk (Axis Ministries), o Biblical Sexuality Curriculum (Rooted Ministry) forman parte de una oferta cada vez más amplia dirigida a familias cristianas.
Estas organizaciones no piensan igual en todo —hay diferencias teológicas y de método entre ellas— pero coinciden en lo esencial: cuestionan las identidades LGBTQ+, rechazan la afirmación de las identidades trans y promueven lecturas bíblicas de la sexualidad que chocan con lo que dicen las principales organizaciones científicas y médicas.
Y comparten algo más, quizás lo que mejor explica su alcance: hablan el idioma de la cultura digital. Videos, plataformas educativas, contenido para redes, historias personales, materiales pensados para padres y para adolescentes. En algunos casos aparecen incluso jóvenes cuya estética podría leerse como LGBTQ+, lo que ayuda a que el mensaje se presente con códigos visuales que las nuevas generaciones reconocen.
Ese cambio estético le permite a estos planteamientos alejarse de la imagen extrema que la palabra “conversión” arrastra. Ya no es necesario prometer un cambio de orientación. Basta con enseñar a suprimir la conducta que expresa esa orientación y a rechazar la identidad LGBTQ+ como parte central de quién es la persona.
¿Rechazo convertido en amor?
Uno de los giros más importantes de este discurso es cómo redefine el rechazo. A los padres se les dice que negarse a afirmar la orientación sexual o identidad de género de un hijo no es rechazo: es amor, misericordia, fidelidad religiosa.
De ese modo, aceptar al hijo y rechazar una parte fundamental de la vida que ese hijo podría construir terminan pareciendo cosas compatibles. Un adolescente puede seguir viviendo en casa, participar de la vida familiar, recibir apoyo económico, y aun así cargar con algo permanente: hay partes de quién es, de a quién ama, de cómo se presenta ante el mundo, que nunca van a ser aceptadas.
Eso se nota todavía más en la adultez. Mientras otros hermanos presentan parejas, las incluyen en las celebraciones, se casan y forman hogares que sus padres reconocen, una persona LGBTQ+ criada bajo estas expectativas puede tener que elegir entre construir su propia vida afectiva o conservar por completo su lugar en la familia.
Y tendrá que atravesar, sin la red familiar que otros dan por sentada, las mismas cosas que atraviesa cualquier adulto: una ruptura, la pérdida de amistades, discriminación, acoso. El problema va más allá de la sexualidad. Toca la posibilidad misma de compartir con la familia buena parte de lo que significa hacerse adulto.
El costo de vivir en secreto
Las principales organizaciones médicas y de salud mental ya rechazaron los esfuerzos por cambiar la orientación sexual o la identidad de género. La homosexualidad y la bisexualidad no son enfermedades que haya que tratar. Ser trans tampoco es, por sí mismo, un trastorno mental.
Lo preocupante de esta nueva generación de discursos es que puede evitar el vocabulario tradicional de la conversión y aun así conservar buena parte de su mecánica: la persona aprende que ciertos deseos hay que reprimirlos, que una relación con alguien de su mismo género es una falta moral, y que vivir su identidad abiertamente pone en riesgo su relación con Dios, con su familia, con su comunidad.
La exigencia de celibato agrega otro problema. Una educación sexual construida sobre la abstinencia y la condena de las relaciones LGBTQ+ deja a muchos jóvenes sin información sobre consentimiento, prácticas más seguras, prevención de infecciones de transmisión sexual o cómo construir relaciones saludables.
Esa falta de información no elimina el deseo. Lo empuja hacia la clandestinidad, a espacios donde las relaciones se ocultan y donde pedir orientación, protección o ayuda se vuelve mucho más difícil. A la culpa religiosa por no cumplir con la abstinencia se le suma, entonces, la falta de herramientas para tomar decisiones informadas sobre la propia salud sexual.
La misma batalla, otro lenguaje
Las terapias de conversión tradicionales hoy enfrentan un rechazo social, médico y político mucho mayor que hace unas décadas. Pero fijar la mirada solo en los programas que prometen abiertamente convertir a homosexuales en heterosexuales puede hacer que se pierda de vista cómo evolucionaron sus ideas de fondo.
El discurso actual habla menos de “curar” y más de santidad. Menos de cambiar la orientación y más de abstinencia. Menos de eliminar la homosexualidad y más de rechazar la identidad LGBTQ+. Y le enseña a los padres que negar ciertas partes de la identidad de sus hijos no es rechazo, mientras sigan diciendo que los aman.
Ahí está, precisamente, la eficacia de Purity Culture 2.0: no necesita repetir literalmente las terapias de conversión del pasado para sostener la misma idea de fondo, que existe una forma correcta y otra incorrecta de ser LGBTQ+. Tampoco necesita garantizar que un adolescente gay termine siendo heterosexual. Le basta con convencerlo de que una vida sentimental, sexual y familiar coherente con su orientación es incompatible con la fe que profesa.
El lenguaje cambió. Las plataformas cambiaron. La estrategia también. Pero detrás de esa modernización sigue la misma pregunta que han cargado durante décadas las personas LGBTQ+ criadas en entornos religiosos conservadores: cuánto de sí mismas van a tener que negar para seguir perteneciendo.
LA NUEVA CONVERSIÓN
✝️ Ya no siempre promete cambiar la orientación sexual.
🚫 El nuevo mensaje: puedes sentirlo, pero no vivirlo.
📱 Cursos, videos y redes llevan el discurso directamente a jóvenes y padres.
🏳️🌈 Menos «cura», más abstinencia y rechazo de la identidad LGBTQ+.
⚠️ Cambió el lenguaje. No necesariamente la intención.
Basado en un informe del portal LGBTQNation.
